contador de visitas

viernes, 11 de noviembre de 2011

CAMINO DEL AZCOLLAR



Quienes viven en ciudades como Madrid, Lisboa o Barcelona, por citar algunas de la querida Iberia, tienen a su disposición grandes avenidas, museos, cascos históricos y otras tantas cosas de las que carecen las pequeñas ciudades como ésta en la que vivo; mas, como lamentarse por lo que no se tiene apenas ayuda a vivir, conviene saber valorar y disfrutar de aquello que está a nuestro alcance y que no solemos apreciar por esa tendencia a idealizar aquello de lo que carecemos.

Una de las grandes aficiones de don Antonio Machado era la de pasear por los parajes del Duero a su paso por Soria o por los campos de Baeza durante los años que impartió docencia en la vieja ciudad moruna. Esto no es posible para una persona que viva en una ciudad como Londres o Moscú aunque haya en ellas grandes parques, pero sí para quien vive en una pequeña como Ciudad Real donde, desde cualquiera de sus cuatro puntos cardinales, se puede pasar en un abrir y cerrar de ojos a paisajes rurales que parecen salidos de una película del realismo mágico.

Saliendo por la parte oeste de la ciudad, después de cruzar el barrio de Los Rosales, nos adentramos en una zona de casas donde viven familias de clase pudiente a juzgar por el aspecto de las construcciones. Lo característico de estas mansiones es que no hay ninguna igual a otra, a diferencia de los adosados de Los Rosales que se parecen unos a otros como gotas de agua.

Mientras andamos por esta urbanización hemos de prestar atención, pues son frecuentes las cacas caninas que aparecen en las aceras... Esto nos obliga a ir salvando las deposiciones si no queremos plantar nuestras zapatillas en ellas con el consiguiente resultado que no es necesario detallar.

Nada más dejar atrás las últimas casas tomamos el camino de las Huertas, recién asfaltado gracias a los fondos del Plan “E”. A la derecha se encuentra un almendral convertido en carrizal y en el que ya empiezan a verse escombros, residuos de electrodomésticos y otros desechos dejados por desaprensivos que abandonaron la escuela antes de cursar la asignatura de educación para la ciudadanía. No hace muchos años, estos almendros eran cuidados con mimo y, al llegar la primavera, se abrían en flor llenando el aire con el intenso perfume de sus pétalos. Luego se cundió que los habían comprado para construir viviendas de lujo, pero el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, que ha despertado esa hidra con forma de crisis que nos amenaza por todas partes, ha dejado el almendral abandonado a su suerte y hoy aparece inundado por una espesa masa de hierbajos y cardos. Siguiendo por este camino de las Huertas llegamos hasta el que llaman de la Torrecilla, aquí tomamos el del Campillo donde, y ahora sí, empiezan a aparecer las primeras huertas que evocan en la nostalgia del caminante lo que un día lejano fuera un vergel en el que los viejos moriscos cultivaban hortalizas y frutas para los habitantes de Ciudad Real.

Muchas de las huertas de entonces han sido sustituidas por las actuales casas de campo, a las que llaman villas o quintas, aunque no tengan nada que ver con las que tuvieron los romanos de la vieja Hispania. Los pinos, cipreses y otras variedades de árboles de hoja perenne y caduca forman, cuando varias villas se agrupan, pequeños bosquecillos que son como oasis que rompen la monotonía de las barbecheras.

Algunas de las villas están rodeadas de barbacanas, otras con hileras de coníferas alineadas como lanceros en posición de combate. Tras algunas alambradas hay perros que ladran hiperbólicamente sin motivo y el caminante aligera sus pasos para dejar atrás la ruidosa agresividad de los ladridos.

El tránsito entre acacias, algarrobos, olmos negros y olivos cargados de aceitunas rompe la monotonía del asfalto con el que han cubierto los caminos. El oro de las hojas confirma que estamos en otoño, época de plenitud. No puedo dejar de recordar a ese gran poeta que es Juan Ramón Jiménez y algunos de sus versos:

Chorreo luz: doro el lugar oscuro,

trasmito olor: la sombra huele a dios,

emano son: lo amplio es honda música,

filtro sabor: la mole bebe mi alma,

deleito el tacto de la soledad.


Al pasar junto a una de las huertas pueden verse los membrillos amarillos. El caminante, que no tiene la costumbre de llevar cascos, puede captar el canto de los pájaros, el suave movimiento del aire que se quiebra en el tronco de los árboles, donde apenas se mueven las hojas en esta tranquila mañana de otoño.

Seguimos nuestro paseo, disfrutando de la variedad cromática que ofrece la tierra y de los olores con los que nos deleitan las plantas de hinojo que crecen en las cunetas, llenas de botellas, de latas vacías de cerveza, de plásticos, reflejo del abandono en que el Ayuntamiento tiene  estos parajes naturales. Aprovechando los últimos días de octubre los agricultores han arado la tierra y la estercolan para la siembra, antes de que lleguen las deseadas lluvias. En una de las quintas vemos que están podando los pinos y el ruido de la moto sierra contrasta con el silencio del campo.

A nuestro paso se asusta una bandada de palomas que revolotean sobre las rastrojeras en busca de alimento. Al fondo, puede verse un rebaño de ovejas pastando; no falta la figura del pastor, al que acompañan dos perros flacos que en nada se parecen a los mastines que guardaban antaño las majadas; ni el hombre que las vigila se parece a aquellos pastores que venían desde las altas tierras de Soria al Valle de Alcudia. Lleva por zurrón una bolsa de plástico en la que guarda la botella del mismo material con el agua: caldo caliente cuando se la bebe. Recordamos aquellos toneletes de madera que usaban antes los pastores. Al pasar a su lado lo saludamos y nos devuelve sorprendido el saludo; deducimos por su acento que se trata de un inmigrante rumano.

Coronamos la cuesta desde la que se divisa la cantera del Azcollar y, algo más al fondo, la ermita y murallas del castillo de Alarcos, levantado sobre un cerro a cuyos pies corre el río Guadiana entre los campos donde las tropas castellanas de Alfonso VIII de Castilla fueron derrotadas por las andalusíes en 1195. Es una panorámica única a la luz de esta mañana de otoño, un lujo de estas tierras manchegas.

A la vuelta cogemos campo a través hasta salir a un cruce donde vemos el camino de Villadiego, pero, en vez de tomar las de Villadiego, como la mañana se nos echa encima, decidimos seguir el camino del Cristo en dirección a la ermita de la Poblachuela. Por esta zona encontramos construcciones típicas, algunas en ruinas y abandonadas: viejas casas de adobe, con paredes encaladas y dependencias adjuntas en las que se guardan los aperos, tractores y alguna máquina ya en desuso, como la vieja aventadora que vemos bajo un cobertizo; en estas casas viven las familias de los auténticos huertanos de la Poblachuela.

A pocos metros antes de llegar a la ermita encontramos la casa de la Torrecilla, aquí tomamos el camino de vuelta a la ciudad, que se ve a lo lejos cubierta de nubes plomizas. Nos parece un cuadro tenebrista en el que chocan las luces y las sombras; luego se torna en un lienzo impresionista lleno de espacios yuxtapuestos, indefinidos, por donde se mueven seres que sugieren sentimientos y sueños; y, a medida que nos acercamos a las primeras edificaciones, brotan con toda su crudeza las imágenes de duro realismo. Nos llama la atención la presencia de grúas inmovilizadas y bloques de piso con grandes carteles donde se anuncia su venta. Empiezan a caer las primeras gotas y aligeramos el paso para evitar que nos caiga encima el aguacero que nos presagiaban las nubes de plomo.



  

  

domingo, 6 de noviembre de 2011

¿Y SI VIENEN A POR MÍ?

He escuchado en la radio las últimas palabras que ha pronunciado en un mitin ese candidato con cara de registrador de la propiedad y he dormido intranquilo toda la noche. No soy persona que tenga pesadillas (alguna he tenido, pero no es lo habitual). Me sorprende que alguien que pretende ser presidente del gobierno de este país, de alguien que ayer mismo confesaba querer el voto para ser presidente de todos, se descuelgue hoy, ante una masa de seguidores,  con ese grito de guerra de ¡A por ellos!

¡A por ellos!, le responden a una, tal como solían hacer las multitudes en las intervenciones de aquel personaje que llevó al cine el gran Charles Chaplin. Me he despertado varias veces durante la noche, sobresaltado, temiendo que vinieran a por mí; por fin, al amanecer he intentado tranquilizarme diciéndome a mí mismo que eso son cosas que se dicen para los seguidores acríticos, pero no me convenzo ¿Quién me dice que mañana, cuando estén en el gobierno, alguno de ellos  no la tome conmigo al saber que yo soy uno de esos millones de idiotas que votarán a la socialdemocracia?


miércoles, 5 de octubre de 2011

CINCO DE OCTUBRE: DÍA MUNDIAL DEL DOCENTE




Hoy coincide la celebración del “Día Mundial del Docente” con una convocatoria de huelga en el sector de la enseñanza en las comunidades autónomas de Madrid y de Castilla-La Mancha. Seguramente que la mayoría de los profesores desearían celebrar esta jornada ejerciendo su labor en las aulas, pero las circunstancias, como diría el maestro Ortega, obligan a adoptar actitudes reivindicativas, pues el profesor consciente sabe que un docente es algo más que el que enseña, sin duda, es un individuo y sus circunstancias. Y estas circunstancias son hoy complejas y difíciles.

No recuerdo un ataque a la enseñanza pública tan descarado (desvergüenza, atrevimiento, falta de respeto), tan burdo (tosco, basto, grosero) y con tal cinismo (desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables) como el que se está produciendo en estos últimos meses desde los gobiernos de la Comunidad Autónoma de Madrid y de la de Castilla-La Mancha.

No hay día en el que los responsables de la política educativa de uno y otro gobierno autonómico no den ejemplo de declaraciones atrevidas e irrespetuosas hacia los profesores de la enseñanza pública.

No hay día en el que no se escuche alguna declaración grosera sobre los que ejercen su labor docente en los institutos de enseñanza secundaria.

No hay día en el que no sorprenda la desvergüenza en la defensa de las acciones vituperables que están llevando contra el sistema público de enseñanza escudándose en las dificultades económicas.

Mientras tanto los centros educativos concertados (centros privados sostenidos con dinero público) siguen recibiendo dinero para llevar a cabo las actividades que se les niega a los centros estatales.

La presidenta de la Comunidad de Madrid ha dicho en varias ocasiones que estas huelgas del profesorado de la enseñanza pública son huelgas políticas. Desde luego, en esto la señora Aguirre, doña Esperanza es una clásica: para la derecha todas las huelgas que se hacen cuando está en el gobierno son políticas. Hay que reconocer que dominan el lenguaje de la confusión. Ellos nunca llaman al pan, pan; ni al vino, vino. No fue casualidad que el barroco surgiera en una época en la que quienes ostentaban el poder y el (des) gobierno en España fueran los miembros de una clase que siempre ha sido una especie de losa para el progreso de los derechos democráticos en este país, al que un pariente de doña Esperanza llamó “este país de todos los demonios”.

Se quejan algunos gobernantes autonómicos de que se diga que están recortando en los derechos fundamentales como son la educación, sanidad y la atención a las personas con dependencia; ellos lo llaman “reestructuración del gasto”. Pues bien, su reestructuración del gasto está suponiendo el despido de profesores, el que trabajadores que atienden a personas dependientes estén percibiendo la mitad de su sueldo (ni por asomo similar a los 120.000 euros anuales que cobra un miembro del Consejo de RTVE) que no llega en muchos casos a los 1000 euros mensuales.

La huelga de los profesores no es una huelga política en el sentido tergiversado que los políticos de derechas y sus acólitos dan a la palabra política; más bien es una huelga cívica llevada a cabo por ciudadanos conscientes de que está en juego un modelo de sociedad que ha costado mucho construir, sin olvidar los sacrificios de varias generaciones que lucharon, sufrieron penurias y soportaron humillaciones con el único deseo de que sus hijos vivieran mejor que ellos.

Defender la enseñanza pública (y estatal) que hemos conseguido en España es defender los derechos civiles irrenunciables para vivir en una sociedad democrática, en la que el hijo de un trabajador asalariado tenga derecho a las mismas oportunidades que el hijo de un oligarca. Ya existen demasiadas diferencias históricas, genéticas o de otro tipo para que también establezcamos diferencias en las reglas del juego en el que todos tenemos derecho a participar sin que nos marquen las cartas.





martes, 20 de septiembre de 2011

IN MEMORIAM


A Marisol Almeda Chacón




Pensaba escribir hoy de otras cuestiones, pero las circunstancias me llevan a cambiar de tema y he de adentrarme en otro asunto del que me duele tratar, pero la amistad, el agradecimiento y la necesidad me obligan a plasmar unas palabras, quizás torpes pero doloridas, por la muerte de una amiga, de una docente que dedicó más de treinta y cinco años de su vida a la enseñanza en institutos de Puertollano y de Ciudad Real. Fue profesora de Geografía e Historia en el Dámaso Alonso de Puertollano, en el Juan de Ávila y en el Atenea de Ciudad Real; le dio clase a mis hijos, a los de mis amigos y vecinos; todos ellos la quisieron por su dulzura y su forma de ejercer una profesión por la que sintió una verdadera pasión. Su figura frágil nunca despertó en sus alumnos falta de respeto, más bien todo lo contrario; la llamaban doña Marisol, a veces Marisol a secas y se notaba que la apreciaban al hablar de ella. Cordobesa de nacimiento, estudió en Granada y durante años vivió en Madrid hasta que llegó a Puertollano para impartir docencia; allí conoció a quien ha sido su marido y padre de sus hijos; luego pidió el traslado a Ciudad Real y aquí ha pasado los últimos años de su vida hasta que un cáncer se la ha llevado no sin antes arrebatarle aquella voz que sonaba en las aulas con ese acento de su Andalucía natal al explicar sus lecciones sobre Historia del Arte, su asignatura preferida, por la que a tantos alumnos llevó hasta las salas del Museo del Prado para explicarles in situ las grandes obras de nuestra pintura, sin tener nunca en cuenta las incomodidades de los viajes ni la responsabilidad asumida al llevar a tanto adolescente a una ciudad como Madrid; lo hacía por amor al Arte y por la enseñanza pública a la que dedicó tantos años de su vida, de una vida que seguirá germinando y dando frutos en la de tantos alumnos que nunca la olvidarán.

20 Septiembre de 2011

martes, 13 de septiembre de 2011

LECTURAS DE VERANO

Una aproximación a lo próximo



Después de un breve pero intenso viaje por algunas ciudades rusas que me ha permitido conocer algunos aspectos de aquel país imaginario de mi adolescencia en la que no percibía más que contradictorias imágenes recibidas a través de la virulenta propaganda franquista, de las apasionadas palabras de los viejos comunistas españoles que habían sustituido un paraíso por otro, o de las sesiones cinematográficas en blanco y negro del cine de los años de la guerra fría en el que los rusos siempre desempeñaban el papel del malo de la película, he vuelto a mi tranquilo rincón manchego dispuesto a pasar los meses estivales entre los paisajes áridos y secos de esta tierra, que no pierde su encanto y su luz a pesar de las malas noticias económicas, de los sobresaltos que nos dan los actuales dirigentes políticos y los que están por llegar (si el buen juicio no lo remedia).

He tenido la suerte de poder pasar las calurosas jornadas bajo la sombra de un frondoso laurel que crece junto a la fuente con reminiscencias andalusíes, acompañado de un botijo de agua fresca y enfrascado en la lectura de algunos libros que me han permitido viajar también pero ahora por lugares a veces físicos, sentimentales a veces, más cercanos que las ciudades del este de Europa. Con estas lecturas me he reencontrado con personas próximas, con un pasado de ayer mismo, con textos que cuanto más pretenden alejarse de la realidad más se adentran en ella.

El primero de estos libros se titula Cuentos Nocturnos y es de un “escritor de aquí”, Emilio Morote Esquivel, tal como se anuncia en un puesto callejero, compartiendo la calle con otras personas que buscan en la vía pública (espero que no la privaticen los liberales de la Aguirre) cómo conseguir honradamente unas monedas para sobrevivir a pesar de la crisis; algunos de ellos llaman la atención escribiendo con faltas de ortografía textos cuyos mensajes son inquietantes y desoladores, capaces de generarnos una mala conciencia si no fuera porque pasamos sin mirar dos veces en la misma dirección. En medio de este paisaje urbano tras el que subyace el esperpento de una ciudad que esconde su verdadero rostro bajo la máscara de la cotidianidad provinciana me llama la atención un cartel donde puede leerse “ESCRITOR DE AQUÍ”. Me acerco por curiosidad al puesto formado con una caja de cartón sobre la que pueden verse algunos libros de los que es el autor la persona que los vende. Luego de cambiar algunas impresiones con él, me decido por uno de ellos, se titula Cuentos Nocturnos y contiene unas catorce historias cuyo común denominador es una ruptura con la realidad a la que estamos acostumbrados “y que a veces se puede precipitar en un mundo un tanto extraño”. Después de haber leído todas sus historias, de amena lectura, en las que he disfrutado con sus personajes, sus imprevistos desenlaces y asuntos aparentemente fantásticos, tengo la sensación de no haber salido de la realidad textual al percibir la realidad objetiva con la que la realidad literaria está unida por medio de un cordón umbilical, aunque la lectura puede habernos engañado al generar una sensación de fantasía, al producir en el lector la ingenua imagen de poder evadirse. Por ello vale la pena su lectura.

La segunda obra leída es de Casimiro Sánchez Calderón, se trata de su cuarta novela en poco más de cuatro años y como en las anteriores hay en ella un nítido trasfondo biográfico, claramente perceptible para quienes conocen al autor. Para quienes estén interesados en su lectura, se titula Los héroes ignorados; es una novela en la que he encontrado algunos personajes construidos con consistencia, junto a la mención de muchos nombres cuya referencia son personas conocidas para cualquier lector que conozca la época y la ciudad en la que se ubica la historia. El personaje central nace en 1950 y lo hace en Puertollano, ciudad de la que el autor fue alcalde desde 1995 hasta 2003; esta circunstancia aflora claramente en el texto de modo que a veces parece una reivindicación del narrador, fácilmente identificable con el autor. Todo ello no quita interés a la lectura de la obra, interesante para conocer mejor el perfil de una ciudad que tiene conciencia. La novela puede colocarse en lo que Unamuno llamó intrahistoria, aunque el autor no vence la tentación de escribir los nombres de algunos personajes a los que llama los héroes ignorados, muchos de ellos conocidos solo en el ámbito de la política clandestina local de los años sesenta y setenta, algunos aparecen en la actividad política cuando el dictador ha muerto o en los años previos a su fallecimiento. El autor pretende reivindicar el recuerdo de los verdaderos héroes de la historia local y, aunque muchos de ellos son ignorados en la historia ficticia de igual modo que se ignoran en la realidad, la lectura de la novela genera en la conciencia del lector una serie de nombres que apuntan en el ámbito de su memoria personal a personas conocidas a lo largo de su propia experiencia vital y de este modo se recupera el recuerdo de otros muchos héroes ignorados a los que se rinde homenaje sacándolos del olvido. De los mencionados en la novela conocí personalmente a muchos: Juan Estévez, Agustín Fernández, Eduardo de la Orden, conocido popularmente como El tío de la pipa, y otros muchos) y, entre los que me ha evocado la lectura, los que no se mencionan en la obra pero que forman parte de la intrahistoria de la ciudad y también pueden ser llamados héroes ignorados, dentro y fuera del ámbito de la militancia política: Pepe Juárez, Julián Serrano…

La tercera obra que me apunta a lo próximo, una novela de éxito, El tiempo entre costuras, escrita por María Dueñas Vinuesa, una autora nacida en Puertollano, aunque vive, como tantos puertollanenses, en la diáspora. Su temática está relacionada con la guerra civil y la posguerra, aunque tratado todo de una manera indirecta. Su relación con lo próximo tiene que ver por la sensación que se tiene al leer libros de personas conocidas, con las que has compartido una calle, un instituto, un paisaje común y eso también cuenta a la hora de acercarte a la literatura, enriqueciendo la lectura con referencias no literarias pero que amplían tu experiencia de lector al transmitirte la sensación de que bajo la escritura y la lectura subyacen experiencias comunes y eso te liga más al acto creativo que también es la lectura.

Y, por último, mencionar solo la obra escrita por dos autores locales: Julián López García y Luis F. Pizarro Ruiz. Se trata de una historia y memoria del socialismo en Puertollano, de la que en un próximo artículo me ocuparé con más amplitud.

Septiembre, de 2011





sábado, 3 de septiembre de 2011

España Oculta Cristina García Rodero


martes, 21 de junio de 2011

CON PALABRAS AJENAS

A mis compañeros del Hernán, símbolos de otras ausencias.



Hoy me toca decir adiós a un centro donde llegué hace más de dos décadas. Me llevo muchos recuerdos, muchos afectos, algunos sinsabores; y, creo que dejo, al menos así lo siento yo, el testimonio de un compromiso con la enseñanza pública, laica y de calidad, en la que los alumnos no sean entendidos como clientes sino como ciudadanos de un Estado social y democrático, tal como dice nuestra Constitución, aunque a veces se olvide.

He puesto mi granito de arena para reivindicar la dignidad de la praxis profesional del colectivo al que he pertenecido, denostado desde dentro y desde fuera. He defendido siempre la dignidad profesional, agredida a veces, sobre todo, cuando se pretende que los profesores desarrollen tareas impropias de su labor docente. De todo ello he dejado constancia en los claustros, en los consejos escolares, de los que he formado parte; y en el sindicato en que estuve durante muchos años, hasta que se convirtió en una sucursal de la Consejería.

El centro que dejo hoy ya no es el que encontré hace veinte años. El óxido del tiempo ha pasado también por sus pasillos, sus aulas, sus puertas, sus ventanas deterioradas, aunque todo esto se arreglará un día con unos buenos presupuestos.

Y parafraseando los versos que aprendí en la adolescencia, lo cierto es que volverán a abrirse las aulas en septiembre y a llenarse de voces adolescentes; la sala de profesores se llenará de caras nuevas y seguirán entregándose esos horarios que “Dios daba y San Pedro bendecía”; pero los horarios que llevaban nuestros nombres, esos… ¡No volverán!

Los que tampoco volverán a pasar por la puerta, ni a llenar con su voz la sala de profesores, ni a intervenir en los claustros son los profesores que se fueron año tras año, pero el claustro se renovará cada curso; y en el rincón aquel donde nos sentábamos, nuestro espíritu errará, nostálgico…

Quizás para cerrar el círculo que el tiempo teje en la vida de cada uno de nosotros, vuelven a mí las primeras imágenes de una mañana de septiembre en la que me presenté en el instituto acompañado de mi hijo, entonces un niño de seis años. Me hizo la observación de que el edificio era igual que el de Huelva, aunque allí se encontraba junto a la marisma. Durante estos años, cuando miraba desde las ventanas de las clases, siempre he evocado aquellos paisajes juanramonianos y el olor a sal que entraba por la ventana como si fuera el ensoñado de sus poemas de otoño.

En mi vida he comprobado cómo al final de una experiencia siempre se regresa al principio, no es que yo asuma la teoría del eterno retorno pero sí he visto cómo la vida devuelve a nuestros labios esa expresión tan honda de ¡ay madre! como si con ello retornáramos al útero materno, único lugar en el que sin duda fuimos felices. Quizás por ello, es en este momento, cuando surgen como una evocación necesaria los nombres de mis primeros compañeros del Seminario de Lengua española en el Hernán: Ángela Vicente, Luis Marcos, Inmaculada Lamarca, Juan José Arranz y Ángel Romera.

En estos años he sido testigo de la marcha de muchos compañeros, pensando siempre en el día en que me tocaría a mí, sabiendo que marchitará la rosa el viento helado, todo lo mudará la edad ligera, por no hacer mudanza en su costumbre; consciente de que nuestro destino es pasar haciendo camino sobre la mar…, que no es el morir sino el ámbito de nuevas experiencias.

Sé que quizás mañana cuando alguien se siente en la sala de profesores me nombrará y uno nuevo junto a él no sabrá a quién se refiere, pues ocurrirá conmigo lo que antes con otros. ¿Quién se acuerda de los buenos días de don Ramón de la Osa? ¿Quién recuerda a don Eduardo Bernal? ¿A don Jesús Arenas?

Y me iré sin echar la vista atrás pues quien torna su mirada se convierte en estatua de sal. Así que no volveré, pues no sé si habría quien me aguarde de mi doble ausencia larga, o quien bese mi recuerdo, entre caricias y lágrimas. Pero habrá estrellas y flores y suspiros y esperanzas, y amor en las avenidas, a la sombra de las ramas.

Fue San Juan de la Cruz, mi querido Juan de Yepes, el que me enseñó que la dolencia de amor no se cura sino con la presencia y la figura; quizás por eso me he curado de la dolencia de enseñar con la presencia de los alumnos a los que he visto pasar por los diferentes cursos de mi vida cantando siempre el mismo verso pero con distinta agua.

Y, aún sabiendo que llegué a esta profesión por circunstancias, reconozco que debo mucho a quienes fueron mis maestros y aunque he debido esperar mucho tiempo, casi toda una vida, para juzgar si su labor fue más o menos acertada, quiero hacer caso a Juan de Mairena y que sean los descendientes de mis alumnos los que formulen el juicio sobre si mi labor ha sido más o menos acertada.

No hablo con quienes una burla del destino compañeros míos hiciera, sino que hablo a solas (Quien habla a solas espera hablar a dios un día) o para aquellos pocos que me escuchen con bien dispuesto entendimiento. Aquellos que como yo respeten el albedrío libre humano disponiendo la vida que hoy es nuestra, diciendo el pensamiento a quienes llenan las aulas cada principio de curso y que al llegar los meses de abril y mayo hacen que el instituto espere también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera.

¿Qué herencia sino ésa recibimos? ¿Qué herencia sino ésa dejaremos?

Y como hay que partir, sólo me llevo, para ir ligero de equipaje, las palabras del poeta del éxodo y del llanto: Ser en la vida romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos; ser en la vida romero, sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo...

Hasta siempre






.