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martes, 20 de diciembre de 2011

Teatro de deshonra

Estoy escuchando “El ojo crítico”, de RNE. Son casi las ocho de la tarde y el programa está en sus últimos minutos, cuando surge  la voz inconfundible de Joan Manuel Serrat; es uno de los premiados y agradece el premio. Me sorprenden sus palabras: dedica el premio a lo público. A la enseñanza pública, a la sanidad pública, a los medios de comunicación públicos. Joan Manuel Serrat ha crecido con los años, es la voz de todos. Que cante en catalán o en español (no escribo castellano porque es esta una denominación territorial, regional, pequeña para denominar una lengua que va más allá de las fronteras) es algo secundario; lo importante es que su canción es una canción de todos.
La defensa de lo público es urgente. No recuerdo nunca un ataque más virulento contra lo público que el que hoy se está llevando a cabo por los agentes del neoliberalismo. La voracidad de quienes quieren privatizarlo todo, apropiarse de los bienes cuya propiedad es de todos, independiente de su ideología, de su renta, de su posición social. ¿Qué pretenden? Está claro: apropiarse de la enseñanza, de la sanidad, de los medios de comunicación. ¿Estamos regresando a los tiempos feudales? No, porque no hay regreso; pero sí estamos entrando en un proceso en el que unos pocos serán los propietarios de todo ¿El resto? Se convertirá en mercancía, en objetos para usar en función de las necesidades de esos pocos (los mismos que se esconden tras lo que perezosamente se llama los mercados).
Tal como escribía el autor del Don de la ebriedad (Claudio Rodríguez) en su poema, La contrata de mozos, hoy podemos preguntar:
¿Qué estáis haciendo aquí?
¿Qué hacemos todos
en medio de la plaza y a estas horas?
Con tanto sol, ¿quién va a salir de casa
sólo por ver qué tal está la compra,
por ver si tiene buena cara el fruto
de nuestra vida, si no son las sobras
de nuestros años lo que le vendemos?
En estos versos hay que buscar el sentido más allá de las palabras formales, interpretar la parábola en la que se simboliza un suceso del que se deduce una verdad importante o una enseñanza moral.
           Pero, ¿quién se atreve a hablar de enseñanzas morales en un mundo en que lo que predomina es el dinero? Solo un poeta o un loco (de la saga de don Quijote), que viene a ser lo mismo. Hoy se antepone el recorte del presupuesto al derecho a la educación, a la salud, a la dignidad de las personas dependientes y, tal como suscita la parábola que existe en La contrata de mozos,  las personas sin medios financieros serán tratadas como mercancía en esta plaza donde todo se subordina a la economía y en la que nuestra vida parece ir a parar en una contrata, lonja servil, teatro de deshonra.




jueves, 15 de diciembre de 2011

PRIVILEGIO


En este confuso mundo en el que vivimos es necesario recurrir a algún tipo de brújula para no perdernos entre la niebla con la que pretenden envolvernos los que ostentan el poder. De unos años a hoy, la realidad se está transformando a una velocidad tan vertiginosa, que nuestra existencia se está viendo alterada de tal manera que ni los más despiertos llegan a captar todo lo que se sucede de un día para otro.
Por ello, es necesario recurrir a un método que nos permita analizar la realidad de modo que no nos engulla ese monstruo de siete cabezas que nos amenaza. No hace demasiado tiempo, se decía que había que analizar las situaciones concretas en sus momentos concretos. ¿Lo llamaban materialismo histórico? Pero fue tal el ataque que lanzaron contra él desde todos los ámbitos del sistema capitalista, que llegaron a afirmar  los ideólogos neoliberales que estábamos ante el fin de las ideologías. Algunas mentes lúcidas llegaron a decir que aquello no era otra cosa que el triunfo de una ideología concreta sobre otras. Y a partir de entonces se impuso la dictadura del pensamiento único.
 Sin embargo, no consiguieron acabar con los heterodoxos y todavía  hay quien se pregunta: ¿Acaso hay una sola mirada para ver la realidad? ¿Tenemos que aceptar la mirada de otros para percibir el complejo mecanismo  en el que estamos inmersos?
Y, a veces, quizás por mi ingenuidad edénica, me sorprendo, al comprobar que hay voces que, debiendo ser diferentes, terminan diciendo lo mismo… Y, aunque me pare a diferenciarlas de los ecos, no logro, por mucho que lo intente, dar alcance a su sentido.
En relación con lo dicho en el párrafo anterior, recurro a un ejemplo de la vida cotidiana: En una carta de un consejero del Partido Popular (PP) se dice que los funcionarios (él los llama servidores públicos) son unos privilegiados por tener un trabajo estable. Son cosas de la derecha, pienso; pero en una emisora de radio escucho uno de esos mensajes navideños a los que nos tiene acostumbrados un dirigente y cargo institucional del PSOE (Partido Socialista Obrero Español) de la provincia de Ciudad Real y le oigo decir que tener un trabajo es un privilegio. ¿Se imaginan mi estupor? Los dos, el político de derechas y el de izquierdas, coinciden en  decir que tener trabajo es un privilegio.
Así que no tengo más remedio que buscar en el diccionario el significado del vocablo privilegio y encuentro que por privilegio se entiende la exención de una obligación o ventaja exclusiva o especial que goza alguien por concesión de un superior o por determinada circunstancia propia.
Díganme ustedes si tener un trabajo es la exención de una obligación; o si piensan que trabajar  es una ventaja exclusiva o especial que goza alguien por concesión de un superior. Por favor, díganme si alguno de ustedes piensa que existen circunstancias propias que permiten gozar de alguna ventaja exclusiva o especial en el ámbito del trabajo.
¿No creen que, si respondieran que sí, deberían denunciarlo ante cualquier juzgado de nuestro país? ¿Qué clase de políticos son los que consideran que tener un trabajo es un privilegio? ¿No dice el artículo 35 de la Constitución Española que todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo? Deber de trabajar y derecho al trabajo.
En consecuencia, pienso que quienes dicen que desempeñar (o tener) un trabajo es un privilegio no deberían ostentar ninguna representación política. No son dignos de hacerlo. Ellos son los primeros que deberían trabajar para que se cumpla la Constitución y dar credibilidad a lo de trabajar es un deber y el trabajo es un derecho.


martes, 13 de diciembre de 2011




POSTALES DE NAVIDAD

      
Juan  de Mena y Monescillo hace ya muchos años que no recibe felicitaciones para Navidad. Se esfuerza por recordar cuándo llegó el cartero a su casa con la última felicitación; y, después de unos minutos, desiste de su empeño, porque su frágil salud ya no le permite hacer esos esfuerzos de concentración mental.
Durante los años sesenta era frecuente que, en los días previos a la Navidad,  llegaran a las casas  las felicitaciones de aquellas personas con las que a lo largo del año se había tenido alguna relación; así veíamos cómo el cartero, el basurero, el barrendero, el cobrador de la luz, el recadero, el carnicero, o el mismo maestro que nos instruía y educaba, nos entregaban unas tarjetitas en las que  expresaban sus mejores deseos para los días de fiestas que comenzaban con las voces de los niños del Colegio de  San Ildefonso cantando los números del sorteo de lotería más popular que nunca ha existido. Además de aquellas tarjetas sencillas, llegaban otras, desde lugares lejanos que a Juan de Mena y Monescillo le parecían lugares propios de cuentos; otros, los localizaba en su atlas de geografía y entonces descubría que su mente  se agrandaba como un mapa, a medida que incorporaba a sus conocimiento los nombres de aquellos lugares.
Ahora, cada vez que llegan estas fechas, añora las tarjetas de familiares y amigos que, por diversas circunstancias, ha dejado de recibir. Para  suplir la llegada de esas felicitaciones, baja al desván de su casa, donde tiene una cajita de madera, en la que guarda las felicitaciones que estuvo recibiendo durante muchos años. Recuerda que, en aquellos años en los que todavía era un niño, su madre solía colocar en la repisa de la chimenea, sobre el aparador o en la parte superior del buró,  todas las tarjetas que recibían desde muchos lugares de España y parte del extranjero. La familia estaba dispersa por Barcelona, Valencia, Madrid,  Lyon, París. Desde aquellas ciudades, sus tíos y amigos enviaban preciosos crismas todos los años deseándoles una feliz navidad y un próspero año nuevo.
La casa adquiría un aire de magia durante aquellos días de Navidad. Y cuando se acercaban  algunos amigos a felicitarles las Pascuas, sus padres les sacaban una copita de anís o de mistela y unos mantecados…Esto lo recuerda mientras coloca los viejos crismas sobre los muebles de la casa  donde vive en esta ciudad a la que llegó hace ya más de treinta años...
Tal como saca las postales, va leyendo los textos  que hay escritos en ellas y reconoce las letras y los nombres de las personas que los escribieron. Muchas de esas personas ya no existen, otras dejaron de dar señales de vida hace ya algún tiempo. Los ojos se le llenan de lágrimas al leer los viejos deseos, expresados por seres que ya no existen, aunque permanecen sus letras como notarios que dan  fe de que un día escribieron aquellas palabras con amor… Le llama la atención una tarjeta que tiene grabada  la Inmaculada de Murillo, es de 1949, año en el que él todavía no había nacido, y es de su abuela materna que le escribe a sus padres desde Manises: Queridos hijos, os escribo unas letras para desearos  Felices Pascuas  y un Próspero Año 1950. Luego se dirige a su hija y le dice…mi querida hija, estas son las primeras navidades que no pasaremos juntas… que sepas que tu madre y hermanos te recuerdan desde esta tierra que nos ha acogido…muchos besos de todos nosotros…
Con este ritual, Juan de Mena y Monescillo, da sentido a estos días en los que uno se regresa sin voluntad de hacerlo; y los recuerdos juegan, como niños traviesos, en los columpios del tiempo. Y se  pasea por los espacios de su casa,  ahora llena  de una brisa cálida, con sus muebles habitados de viejas tarjetas navideñas, con  felicitaciones que reviven al releerlas… Y sabe que durante estos días, mientras contemple las figuras y los paisajes de sus postales, los fantasmas no se atreverán a aposentarse entre las costuras de su soledad.


viernes, 25 de noviembre de 2011




                                              
TIEMPO DE ADOLESCENCIA

A veces es inevitable evocar el tiempo ido, eso que mi abuelo llamaba los tiempos de antaño. Y entre ellos, el que más evoco es el tiempo de la adolescencia. Es curioso, pues dicen que el más añorado es el de la infancia, al ser la época en la que fuimos más felices. No lo sé, pero, desde unos meses a esta parte, lo que emerge en mi conciencia son los años interminables  de la adolescencia, los amigos de entonces,  los conflictos, los miedos que me paralizaban cuando me encontraba en situaciones nuevas. Evoco aquellos momentos en los que la rebeldía se manifestaba en una mirada, en un silencio o en un no hacer las cosas que te mandaban.
Traer aquellos días a la memoria no responde a un deseo de revancha, ni de recreación, sino a esa necesidad de sacar de las profundidades de la conciencia,  de sus galerías, ese pasado que fue presente y  quedó aletargado, que no dormido, en esos recovecos del alma a los que volvemos en estos tiempos en los que el frío nos hacer regresar  en busca de aquellos calurosos y turbulentos  días adolescentes.
Van surgiendo rostros de muchachas a las que creímos amar antes de descubrir lo que era el amor; rostros de muchachos con los que compartimos secretos que guardábamos ante  el confesionario, a donde acudimos algunas veces empujados por la costumbre, hasta que un día dejamos de hacerlo.
Es doloroso recordar nombres y saber que las personas que  respondieron a ellos ya no existen; cruzarte por la calle con quien un día se dijo tu amigo y hoy no te reconoce en la persona en la que te has convertido. Otros, aunque te recuerdan, te borraron de su agenda porque sus intereses son otros y tú ya no respondes a ellos. Sin embargo, a cambio de todo lo que perdiste, has ganado sabiduría y has aprendido algunas cosas que alivian el peso de tantas ausencias.
Ahora evocas las aulas del instituto al que tuviste el privilegio de ir, pues no todos tus compañeros de la escuela disfrutaron de aquella oportunidad. Durante aquellos años no eran muchos los que estudiaban bachillerato, aunque fue a principios de los sesenta cuando se notó un aumento en el número de estudiantes que llegaban a las aulas. El país cambiaba lentamente, y muchos padres, los que habían sido niños de la guerra, desposeídos de tantas cosas, entre ellas, de sus años de escuela y de juegos, incluso de la presencia de sus propios padres, que nunca regresaron de la guerra o de la cárcel, tomaron conciencia de que solo estudiando podían sus hijos mejorar su vida, y empezaron a sacrificarse para que pudieran hacerlo. Solo así llegarían a ser alguien, pues tener estudios permitía encontrar una colocación, buscar un lugar bajo el sol sin llevar la vida de padecimiento que ellos conocían. Existía el convencimiento de que sin estudios nunca serías un hombre de provecho, que permanecerías siendo carne de cañón. Y tener un hijo con estudios fue el sueño de muchos de aquellos hombres de la posguerra, que se ganaban la vida en trabajos duros, con sueldos pequeños que apenas daban para ir tirando.
¿La adolescencia? Ahora la recuerdas sin nostalgia. Fue un tiempo duro, de esfuerzo, en el que te presionaban para que espabilaras si querías ser alguien el día de mañana. Esa obsesión no te dejaba disfrutar del presente. El futuro era la losa, la sombra que impedía gozar del sol de aquellos años plenos como nunca hubo otros; y de los que, sin embargo, apenas si recuerdas algunos nombres, un rostro difuminado por la tristeza y ese poema escrito en un papel que el paso del tiempo ha llenado de polilla.

viernes, 11 de noviembre de 2011

CAMINO DEL AZCOLLAR



Quienes viven en ciudades como Madrid, Lisboa o Barcelona, por citar algunas de la querida Iberia, tienen a su disposición grandes avenidas, museos, cascos históricos y otras tantas cosas de las que carecen las pequeñas ciudades como ésta en la que vivo; mas, como lamentarse por lo que no se tiene apenas ayuda a vivir, conviene saber valorar y disfrutar de aquello que está a nuestro alcance y que no solemos apreciar por esa tendencia a idealizar aquello de lo que carecemos.

Una de las grandes aficiones de don Antonio Machado era la de pasear por los parajes del Duero a su paso por Soria o por los campos de Baeza durante los años que impartió docencia en la vieja ciudad moruna. Esto no es posible para una persona que viva en una ciudad como Londres o Moscú aunque haya en ellas grandes parques, pero sí para quien vive en una pequeña como Ciudad Real donde, desde cualquiera de sus cuatro puntos cardinales, se puede pasar en un abrir y cerrar de ojos a paisajes rurales que parecen salidos de una película del realismo mágico.

Saliendo por la parte oeste de la ciudad, después de cruzar el barrio de Los Rosales, nos adentramos en una zona de casas donde viven familias de clase pudiente a juzgar por el aspecto de las construcciones. Lo característico de estas mansiones es que no hay ninguna igual a otra, a diferencia de los adosados de Los Rosales que se parecen unos a otros como gotas de agua.

Mientras andamos por esta urbanización hemos de prestar atención, pues son frecuentes las cacas caninas que aparecen en las aceras... Esto nos obliga a ir salvando las deposiciones si no queremos plantar nuestras zapatillas en ellas con el consiguiente resultado que no es necesario detallar.

Nada más dejar atrás las últimas casas tomamos el camino de las Huertas, recién asfaltado gracias a los fondos del Plan “E”. A la derecha se encuentra un almendral convertido en carrizal y en el que ya empiezan a verse escombros, residuos de electrodomésticos y otros desechos dejados por desaprensivos que abandonaron la escuela antes de cursar la asignatura de educación para la ciudadanía. No hace muchos años, estos almendros eran cuidados con mimo y, al llegar la primavera, se abrían en flor llenando el aire con el intenso perfume de sus pétalos. Luego se cundió que los habían comprado para construir viviendas de lujo, pero el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, que ha despertado esa hidra con forma de crisis que nos amenaza por todas partes, ha dejado el almendral abandonado a su suerte y hoy aparece inundado por una espesa masa de hierbajos y cardos. Siguiendo por este camino de las Huertas llegamos hasta el que llaman de la Torrecilla, aquí tomamos el del Campillo donde, y ahora sí, empiezan a aparecer las primeras huertas que evocan en la nostalgia del caminante lo que un día lejano fuera un vergel en el que los viejos moriscos cultivaban hortalizas y frutas para los habitantes de Ciudad Real.

Muchas de las huertas de entonces han sido sustituidas por las actuales casas de campo, a las que llaman villas o quintas, aunque no tengan nada que ver con las que tuvieron los romanos de la vieja Hispania. Los pinos, cipreses y otras variedades de árboles de hoja perenne y caduca forman, cuando varias villas se agrupan, pequeños bosquecillos que son como oasis que rompen la monotonía de las barbecheras.

Algunas de las villas están rodeadas de barbacanas, otras con hileras de coníferas alineadas como lanceros en posición de combate. Tras algunas alambradas hay perros que ladran hiperbólicamente sin motivo y el caminante aligera sus pasos para dejar atrás la ruidosa agresividad de los ladridos.

El tránsito entre acacias, algarrobos, olmos negros y olivos cargados de aceitunas rompe la monotonía del asfalto con el que han cubierto los caminos. El oro de las hojas confirma que estamos en otoño, época de plenitud. No puedo dejar de recordar a ese gran poeta que es Juan Ramón Jiménez y algunos de sus versos:

Chorreo luz: doro el lugar oscuro,

trasmito olor: la sombra huele a dios,

emano son: lo amplio es honda música,

filtro sabor: la mole bebe mi alma,

deleito el tacto de la soledad.


Al pasar junto a una de las huertas pueden verse los membrillos amarillos. El caminante, que no tiene la costumbre de llevar cascos, puede captar el canto de los pájaros, el suave movimiento del aire que se quiebra en el tronco de los árboles, donde apenas se mueven las hojas en esta tranquila mañana de otoño.

Seguimos nuestro paseo, disfrutando de la variedad cromática que ofrece la tierra y de los olores con los que nos deleitan las plantas de hinojo que crecen en las cunetas, llenas de botellas, de latas vacías de cerveza, de plásticos, reflejo del abandono en que el Ayuntamiento tiene  estos parajes naturales. Aprovechando los últimos días de octubre los agricultores han arado la tierra y la estercolan para la siembra, antes de que lleguen las deseadas lluvias. En una de las quintas vemos que están podando los pinos y el ruido de la moto sierra contrasta con el silencio del campo.

A nuestro paso se asusta una bandada de palomas que revolotean sobre las rastrojeras en busca de alimento. Al fondo, puede verse un rebaño de ovejas pastando; no falta la figura del pastor, al que acompañan dos perros flacos que en nada se parecen a los mastines que guardaban antaño las majadas; ni el hombre que las vigila se parece a aquellos pastores que venían desde las altas tierras de Soria al Valle de Alcudia. Lleva por zurrón una bolsa de plástico en la que guarda la botella del mismo material con el agua: caldo caliente cuando se la bebe. Recordamos aquellos toneletes de madera que usaban antes los pastores. Al pasar a su lado lo saludamos y nos devuelve sorprendido el saludo; deducimos por su acento que se trata de un inmigrante rumano.

Coronamos la cuesta desde la que se divisa la cantera del Azcollar y, algo más al fondo, la ermita y murallas del castillo de Alarcos, levantado sobre un cerro a cuyos pies corre el río Guadiana entre los campos donde las tropas castellanas de Alfonso VIII de Castilla fueron derrotadas por las andalusíes en 1195. Es una panorámica única a la luz de esta mañana de otoño, un lujo de estas tierras manchegas.

A la vuelta cogemos campo a través hasta salir a un cruce donde vemos el camino de Villadiego, pero, en vez de tomar las de Villadiego, como la mañana se nos echa encima, decidimos seguir el camino del Cristo en dirección a la ermita de la Poblachuela. Por esta zona encontramos construcciones típicas, algunas en ruinas y abandonadas: viejas casas de adobe, con paredes encaladas y dependencias adjuntas en las que se guardan los aperos, tractores y alguna máquina ya en desuso, como la vieja aventadora que vemos bajo un cobertizo; en estas casas viven las familias de los auténticos huertanos de la Poblachuela.

A pocos metros antes de llegar a la ermita encontramos la casa de la Torrecilla, aquí tomamos el camino de vuelta a la ciudad, que se ve a lo lejos cubierta de nubes plomizas. Nos parece un cuadro tenebrista en el que chocan las luces y las sombras; luego se torna en un lienzo impresionista lleno de espacios yuxtapuestos, indefinidos, por donde se mueven seres que sugieren sentimientos y sueños; y, a medida que nos acercamos a las primeras edificaciones, brotan con toda su crudeza las imágenes de duro realismo. Nos llama la atención la presencia de grúas inmovilizadas y bloques de piso con grandes carteles donde se anuncia su venta. Empiezan a caer las primeras gotas y aligeramos el paso para evitar que nos caiga encima el aguacero que nos presagiaban las nubes de plomo.



  

  

domingo, 6 de noviembre de 2011

¿Y SI VIENEN A POR MÍ?

He escuchado en la radio las últimas palabras que ha pronunciado en un mitin ese candidato con cara de registrador de la propiedad y he dormido intranquilo toda la noche. No soy persona que tenga pesadillas (alguna he tenido, pero no es lo habitual). Me sorprende que alguien que pretende ser presidente del gobierno de este país, de alguien que ayer mismo confesaba querer el voto para ser presidente de todos, se descuelgue hoy, ante una masa de seguidores,  con ese grito de guerra de ¡A por ellos!

¡A por ellos!, le responden a una, tal como solían hacer las multitudes en las intervenciones de aquel personaje que llevó al cine el gran Charles Chaplin. Me he despertado varias veces durante la noche, sobresaltado, temiendo que vinieran a por mí; por fin, al amanecer he intentado tranquilizarme diciéndome a mí mismo que eso son cosas que se dicen para los seguidores acríticos, pero no me convenzo ¿Quién me dice que mañana, cuando estén en el gobierno, alguno de ellos  no la tome conmigo al saber que yo soy uno de esos millones de idiotas que votarán a la socialdemocracia?


miércoles, 5 de octubre de 2011

CINCO DE OCTUBRE: DÍA MUNDIAL DEL DOCENTE




Hoy coincide la celebración del “Día Mundial del Docente” con una convocatoria de huelga en el sector de la enseñanza en las comunidades autónomas de Madrid y de Castilla-La Mancha. Seguramente que la mayoría de los profesores desearían celebrar esta jornada ejerciendo su labor en las aulas, pero las circunstancias, como diría el maestro Ortega, obligan a adoptar actitudes reivindicativas, pues el profesor consciente sabe que un docente es algo más que el que enseña, sin duda, es un individuo y sus circunstancias. Y estas circunstancias son hoy complejas y difíciles.

No recuerdo un ataque a la enseñanza pública tan descarado (desvergüenza, atrevimiento, falta de respeto), tan burdo (tosco, basto, grosero) y con tal cinismo (desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables) como el que se está produciendo en estos últimos meses desde los gobiernos de la Comunidad Autónoma de Madrid y de la de Castilla-La Mancha.

No hay día en el que los responsables de la política educativa de uno y otro gobierno autonómico no den ejemplo de declaraciones atrevidas e irrespetuosas hacia los profesores de la enseñanza pública.

No hay día en el que no se escuche alguna declaración grosera sobre los que ejercen su labor docente en los institutos de enseñanza secundaria.

No hay día en el que no sorprenda la desvergüenza en la defensa de las acciones vituperables que están llevando contra el sistema público de enseñanza escudándose en las dificultades económicas.

Mientras tanto los centros educativos concertados (centros privados sostenidos con dinero público) siguen recibiendo dinero para llevar a cabo las actividades que se les niega a los centros estatales.

La presidenta de la Comunidad de Madrid ha dicho en varias ocasiones que estas huelgas del profesorado de la enseñanza pública son huelgas políticas. Desde luego, en esto la señora Aguirre, doña Esperanza es una clásica: para la derecha todas las huelgas que se hacen cuando está en el gobierno son políticas. Hay que reconocer que dominan el lenguaje de la confusión. Ellos nunca llaman al pan, pan; ni al vino, vino. No fue casualidad que el barroco surgiera en una época en la que quienes ostentaban el poder y el (des) gobierno en España fueran los miembros de una clase que siempre ha sido una especie de losa para el progreso de los derechos democráticos en este país, al que un pariente de doña Esperanza llamó “este país de todos los demonios”.

Se quejan algunos gobernantes autonómicos de que se diga que están recortando en los derechos fundamentales como son la educación, sanidad y la atención a las personas con dependencia; ellos lo llaman “reestructuración del gasto”. Pues bien, su reestructuración del gasto está suponiendo el despido de profesores, el que trabajadores que atienden a personas dependientes estén percibiendo la mitad de su sueldo (ni por asomo similar a los 120.000 euros anuales que cobra un miembro del Consejo de RTVE) que no llega en muchos casos a los 1000 euros mensuales.

La huelga de los profesores no es una huelga política en el sentido tergiversado que los políticos de derechas y sus acólitos dan a la palabra política; más bien es una huelga cívica llevada a cabo por ciudadanos conscientes de que está en juego un modelo de sociedad que ha costado mucho construir, sin olvidar los sacrificios de varias generaciones que lucharon, sufrieron penurias y soportaron humillaciones con el único deseo de que sus hijos vivieran mejor que ellos.

Defender la enseñanza pública (y estatal) que hemos conseguido en España es defender los derechos civiles irrenunciables para vivir en una sociedad democrática, en la que el hijo de un trabajador asalariado tenga derecho a las mismas oportunidades que el hijo de un oligarca. Ya existen demasiadas diferencias históricas, genéticas o de otro tipo para que también establezcamos diferencias en las reglas del juego en el que todos tenemos derecho a participar sin que nos marquen las cartas.