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domingo, 18 de marzo de 2012


CONVERSACIONES DE SOBREMESA


Es  la  falta  de compromiso con la vida como experiencia lo que hace que se charlotee y no se  hable. La ausencia de diálogo verdadero, esta aridez terrible que hay en la  comunicación, esta incapacidad  de comunicar, crecen solo en paridad al chismorreo.


L. Giussani



En un reciente viaje a Granada he recuperado el placer de las conversaciones de sobremesa, gracias al reencuentro con viejos amigos, amantes de disfrutar de ese tiempo que sigue a una comida. Es ésta una práctica que tenía casi olvidada, debido a una serie de circunstancias que parece que se confabulan contra los amantes de las conversaciones abiertas, sin más  condición que el respeto a todas las opiniones que los diferentes interlocutores puedan expresar.
Aunque en alguna parte he leído que son los franceses los que no conciben una comida sin que vaya seguida de una o dos horas de sobremesa, fue durante mis tiempos de estudiante donde me aficioné a esas conversaciones de sobremesa en las que fui aprendiendo el protocolo a seguir  en ellas. Dado que era frecuente que nos juntásemos personas de diferentes ideologías, tanto en lo que se refiere a la política como a la religión, se procuraba que los temas se trataran siguiendo unas reglas de respeto a las ideas y creencias de los otros, incluso a veces salían temas relacionados con el sexo, a pesar de que entre los interlocutores hubiera personas de diferentes características. Es en aquellas conversaciones donde se fue construyendo mi identidad, mi respeto a quienes tenían un sexo diferente e incluso otras tendencias en sus relaciones.
En aquellas conversaciones de sobremesa se aprendía a hablar y a escuchar; a  respetar las ideas antagónicas y las creencias diferentes a las propias. Solo cuando llegaban personas nuevas procurábamos evitar temas relacionados con la política, con la religión o el sexo; pero una vez que se daban a conocer y se integraban, esos tabúes desaparecían y la sobremesa se convertía en un ágora libre en la que todos nos encontrábamos bien.
Recuerdo que se solían evitar los chismorreos porque daban lugar a situaciones desagradables y áridas. Esto es lo que convertía aquellas conversaciones en actos de comunicación, con diálogos frescos y enriquecedores; donde solo se aburría quien no tenía nada que decir o era tan superficial y tan vano que no se daba cuenta de que allí estaba perdiendo el tiempo. Este tipo de personas no solía volver a nuestras sobremesas.
Para evitar que otras personas pudieran escuchar lo que hablábamos, procurábamos que el tono de nuestra voz no fuera alto, evitando los gritos. Todavía no he llegado a entender por qué en este país se habla gritando en los lugares públicos. Lo lógico es que durante los muchos años de dictadura hubiéramos desarrollado hábitos de hablar con tonos bajos, pero los resultados han sido los contrarios.

Saber hablar y saber callar. Mirar de frente a quien está hablando. Respetar la opinión y las ideas de los demás, pues nadie está en posesión de la verdad. Conversar en un lugar donde no se grite, donde lo que se está tratando en una mesa contigua no interfiera en la propia conversación, crea un clima adecuado y confortable que hace más agradable la sobremesa donde poder cultivar esas conversaciones en las que es posible el cambio de impresiones, la confrontación de ideas de forma pacifica, el enriquecimiento con los conocimientos del otro.

Es la conversación un tipo de interacción verbal que constituye la forma fundamental de la comunicación oral. Al conversar se pone en funcionamiento la competencia comunicativa de los seres humanos. Por otra parte, la conversación se caracteriza por ser, además de un proceso lingüístico, un proceso social, a través del cual se construyen identidades, relaciones y situaciones. Por lo tanto, en la conversación los hablantes no demuestran solo su competencia comunicativa, sino también los procedimientos empleados para la construcción de un orden social.

Cuando la conversación tiene lugar con un grupo de amigos con los que se comparte  mesa y mantel, conversando familiarmente sobre cuestiones más o menos interesantes, la dilatada y cálida sobremesa se transforma en un momento mágico y  entrañable que hay que vivir intensamente. Porque conversar no es solo hablar una o varias personas con otra u otras; también es vivir, habitar en compañía de esos otros, con los que tratamos, nos comunicamos y fomentamos amistad. Estos significados de la conversación parecen que hoy están en desuso, debido a que las realidades a las que apuntan han desaparecido a causa de las nuevas estructuras de relación que nos imponen. Sin embargo siempre quedamos los que pensamos que las palabras pueden funcionar como los retrovisores de un coche: como espejos en los que se refleja la vida. En ellas podemos encontrar esos significados que evocan realidades latentes bajo esas otras que nos imponen con nuevos significados. Recordemos que las palabras no solo sirven para señalar la realidad, también para crearla: en el principio fue el verbo.

En definitiva, no dejando de mirar al retrovisor de nuestra vida podemos recuperar las imágenes de esas realidades pretéritas en las que la conversación era una acción de habitar, de vivir con los demás. Las palabras permiten evocar esas realidades, acercarlas a nuestras formas actuales y recuperarlas como actos de comunicación en los que la amistad y el habitar en compañía de otros dejen de ser realidades en desuso.

Por ello, el compromiso de provocar  situaciones en las que conversar vuelva a recuperar esos viejos significados, es un acto necesario de resistencia, frente a quienes pretenden imponer esas realidades en las que habitemos en soledad, sin comunicación.
El sentido de la conversación es hacer participe de lo que uno tiene –conocimientos, sentimientos, sueños, deseos…- a los otros, a nuestros interlocutores, a los que conocemos y nos conocen. En la conversación nos descubren y descubrimos, nos manifestamos y se nos manifiestan, hacemos saber a otros y ellos nos hacen saber algunas cosas, algunas realidades propias. En este sentido conversar es vivir en compañía de otros, morar en la palabra como metáfora de la realidad, de la sustancia, es decir, de lo que realmente importa: la vida.




miércoles, 22 de febrero de 2012

CIUDAD CON TRISTEZA


            ¿Se han dado cuenta de esa tristeza que envuelve nuestra ciudad? No tiene que ver con la estación del año en la que  los días suelen ser fríos; y este invierno los tiene, como es natural, además de grises y tristes. En esta ciudad donde la luz es una presencia constante, hoy se perciben tonalidades débiles, cenicientas. Sus calles y sus plazas aparecen apagadas, lánguidas. Sus espacios resultan aburridos, monótonos. Es como si una niebla gris envolviera sus avenidas, sus calles, sus plazas y sus edificios.
Estos son días de frío, de invierno seco e intensas heladas que  obstruyen las fuentes. Son los días propios del invierno mesetario, días que no siempre fueron tristes aunque fueran días cortos de luz. …No es el frío lo que hiela, es la tristeza. El frío es un fenómeno natural en esta época del año, más en este febrerillo el loco que es un mes imprevisible: unos días hielo; otros viento…
            Algo ocurre, que la ciudad se ha envuelto en una capa de tristeza, se echa en falta el bullicio alegre, los grupos de personas que disfrutan del ocio al aire libre. Los ciudadanos desconfían de quienes gestionan la ciudad. La sospecha cubre muchos de sus ámbitos. La avaricia, el deseo de enriquecimiento exprés ha agotado el período de abundancia, llegando el de escasez. Las previsiones de muchos han quedado destrozadas y ahora son tiempos de miseria. Se habla constantemente de crisis, de paro… La desconfianza está ganando terreno y esto lleva a mirar al otro con recelo…En algunos barrios se producen robos con violencia que hace que surja el miedo en los comportamientos sociales.

Al pasar por las calles próximas al Mercado, las más concurridas durante  los días de entre semana, en las que se encuentran los comercios más antiguos y entrañables, que eran conocidos con el nombre de sus dueños, han ido echando el cierre a medida que sus propietarios o los dependientes han llegado a la edad de jubilación; donde alguna vez existió una droguería conocida, la zapatería donde fuimos a comprarnos los primeros zapatos, son hoy locales con los escaparates vacíos y suciedad en sus rellanos.
 Una tarde de domingo ofrece las calles vacías, en los bares apenas si hay parroquianos. En los escaparates se ven luces tenues. Las pocas tiendas que hay abiertas son las que regentan los chinos.  Impresiona que en calles céntricas aparezcan numerosos locales con el letrero de se vende, se alquila o liquidación por cierre. Son muchos los transeúntes que caminan cabizbajos, abatidos, tristes; parece que  llevan la mirada ausente y apenas si se fijan en quienes  se cruzan con ellos, ni prestan atención al artista callejero que toca un violín con cara demacrada mientras mira de reojo la moneda que alguien acaba de depositar en el platillo que tiene junto a sus pies. Cada día son más numerosas las personas indigentes que mendigan una moneda para poder comer… Algunas tienen letreros en los  en los que podemos leer cosas como: NO TENGO TRABAJO. NECESITO UNA AYUDA PARA COMER. Son personas jóvenes, algunas de ellas con aspecto decoroso y digno a las que la necesidad no ha robado el pudor.
Se ve a algunos estudiantes con su mochila al hombro, que regresan del fin de semana para proseguir sus estudios en la Universidad de la ciudad. Parece un milagro que sigan estudiando sabiendo que cuando finalicen sus estudios tendrán que derribar el muro que se antepone ante su incierto mañana. La ciudad se ha convertido para ellos en un espacio inestable, inseguro, de horizonte cerrado... Saben que un día no lejano tendrán que marcharse a otros lugares donde puedan encontrar lo que aquí se les niega ¿Qué se les ofrece a esta juventud a cambio de su esfuerzo, de su sacrificio? La respuesta es insatisfacción y frustración. ¿Y los padres de esos jóvenes? Son seres desengañados, después de toda una vida trabajando, educando a sus hijos para que lograran una posición mejor que la suya y ahora los ven con sus estudios de arquitecto, de ingeniero, técnicos superiores, pero sin posibilidades. Llevan la frustración en los ojos, se nota en sus conversaciones.
Mientras tanto, la ciudad disimula con sus fiestas; oculta con su parafernalia; encubre  con su pirotecnia;  disfraza con sus apariencias  hasta que ya no sea posible fingir más  y la mentira quede al descubierto…Entonces qué… ¿Declarará enemigos a todos aquellos que pidan ser ciudadanos de pleno derecho?
En la Plaza Mayor, convertida en ágora,  se encuentra un pequeño grupo de ciudadanos, entre los que predominan los jóvenes,  sentados en el suelo; analizan los acontecimientos últimos bajo la mirada de algunos curiosos   que se acercan a ellos tímidamente… ¿Son esos que se acercan personas cínicas, resignadas, integradas? Muchos de ellos fueron, hace años, críticos, combativos… ¿En qué se han convertido los que se enfrentaron a la dictadura hace cuarenta años? ¿En ciudadanos cínicos, descreídos, conformistas, cómplices de quienes quieren desmontar los derechos que lograron sus  padres y sus abuelos? Algunos se preguntan: ¿Qué herencia dejaremos a nuestros hijos?
Es cierto que “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, pero… ¿Tanto hemos cambiado para no levantar nuestra voz ante tanta injusticia? Nos hemos acostumbrado a esta ciudad triste, sin esperanza, y parece que hemos aceptado la derrota, resignados a ver como alguien  celebra su victoria sobre quien no tiene más armas que el verso de un poeta que, a punto de perderlo todo, todavía pudo decir:  ¡dejadme la esperanza!

jueves, 16 de febrero de 2012




STELLA RUBRA



"Nada me decepciona. El mundo me ha hechizado".

No te olvido, aunque seas ya perfil de aire
que se ha quebrado al contacto de la rosa.







Al releer los poemas de San Juan de la Cruz, de Juan Ramón Jiménez, de Blas de Otero y de otros que frecuento cada vez más a menudo, voy encontrado imágenes que reproducen esas otras que guardo en mi memoria y que en definitiva forman parte de todo lo que fui en otro tiempo y de lo que ahora soy.

Es curioso comprobar cómo  experiencias  que creíamos únicas, que solo nos pertenecían a nosotros, las encontramos impresas en los versos de alguien  que nos precedió en la vida y nos asombramos cómo sus poemas hablan de cosas que pensábamos  haber vivido solo nosotros y, que sin embargo  evocan experiencias que otras personas también reconocen como propias.

Así cuando a los quince años llegaste a mi vida en aquellos días de primeros de curso, en aquel tiempo  difícil en el que me embargaba la tristeza que surgía de amarlo todo sin saber lo que se ama, tal como escribió Juan Ramón, aquellas imágenes las evoco cuando deslizo mis ojos cansados por un0 de l0s poemas de Blas de Otero:

“Tú, incólume. Tus quince años, torre de esbeltas, ágiles aiguilles: alrededor la noche. Tú, incólume. Mecida por una brisa que viene del centro de tu corazón [va y viene]: alrededor la noche. Alrededor la noche. En la ruleta del cielo ruedan, giran los astros [vertiginosamente]: Tú, incólume.
                        
La larga noche de piedra donde estábamos y en la que los corazones de los hombres que a lo lejos acechaban estaban también hechos de piedra. Aquella noche que describía Celso Emilio Ferreiro contrastaba con las risas de aquellos colegiales que vivían como en peceras llenas de colores. ¿Eran invisibles aquellos muros de piedra y las tinieblas; el suelo y las rejas; las puertas, el aire, las ventanas, las miradas? De aquella noche saliste como la estrella de la mañana, sencilla y lejana, incólume.  

Entonces surgieron sensaciones nuevas, sentimientos que no acertaba a definir con precisión.  No sabía que existen palabras que pueden usarse como comodines en el juego de la vida. Llamar al pan, pan; y al vino, vino no es siempre la mejor baza… La metáfora, la metonimia son recursos que ayudan   a usar las palabras en partidas decisivas, pero la inexperiencia hacía que las combinara  con torpeza y, en ese juego que es la vida comencé perdiendo los primeros envites. En aquellos tiempos las palabras se utilizaban para enmascarar realidades perversas; nosotros buscábamos el significado preciso… en un mundo donde predominaba la envoltura.  

Quizás por eso pensé en cambiarte el nombre por Stella Rubra. No sospechaba toda la simbología que había en relación con aquel pentagrama que había descubierto un día dentro de un un viejo arcón, que mi madre había heredado de su madre y esta de su padre, el cual  lo heredó de su madre, María de las Mercedes Monescillo y Viso, quien a su vez lo recibió de su madre, la buena de María Viso, cuyo hijo fue Arzobispo de Toledo. Aunque aquel arcón solía estar cerrado con llave, un día me lo encontré abierto; esto me permitió indagar en su interior. Así fue como en uno de aquellos escarceos encontré restos del  uniforme militar que perteneció a uno de mis abuelos. Cuando tuve en mis manos aquellas prendas, que mi madre guardaba con profunda veneración, se me abrieron unos deseos irrefrenables de saber cosas relacionadas con aquel hombre que un día no lejano había vestido el  uniforme, del que ya solo quedaba una gorra y el correaje de cuero. La gorra tenía una estrella roja de cinco puntas, que llamó mi atención desde el primer momento. Se trataba de uno de los símbolos del Ejército de la República,  al que mi abuelo había pertenecido durante los años de la guerra.

Aquella estrella de cinco puntas era similar a la que mostraban algunos personajes de los tebeos de Hazañas Bélicas, aquella serie dedicada a la II Guerra Mundial, aunque muchos de sus episodios hacían referencia a la guerra de Corea. Como dato curioso recuerdo que los buenos eran siempre los aliados y a veces, incluso los alemanes si estos luchaban contra los comunistas. En Corea luchaban los marines americanos contra los coreanos comunistas, a los que también se denominaba diablos rojos.  En definitiva, los malos siempre eran  comunistas, que llevaban en sus uniformes la estrella de cinco puntas, igual a la que aparecía en la gorra que descubrí en el arcón de mi casa.  

La guerra civil todavía formaba parte de muchas familias españolas. El recuerdo de los que murieron durante la contienda o de los que desaparecieron en los primeros años de lo que se llamó la posguerra, los años del hambre, seguía presente en muchas casas; por otra parte, los vencedores se encargaban de mantener abiertas las heridas, haciendo constantes alusiones a los vencidos, recreándose en la celebración de efemérides relacionadas con su triunfo, como el Día de la Victoria, el 18 de julio o el Día del Caudillo, entre otras. Por ello el descubrimiento de aquella estrella roja de cinco puntas fue un hecho que despertó en mí la necesidad de saber qué había pasado durante aquellos años de guerra. En los tebeos no se hacía referencia a la guerra civil española, aunque sí se mencionaba en los textos escolares, sobre todo en la escuela primaria. Aunque los  planteamientos eran tan maniqueos, que explicaban la guerra como un enfrentamiento entre los que defendían a España y los que querían destruirla; y, como ocurría en los tebeos,  los buenos eran los llamados nacionales y los malos, los rojos.

¿Quién no recuerda aquella  Enciclopedia Álvarez? Era uno de los libros que se usaban en la escuela de aquellos años. Allí  se leía respecto a la segunda República: La segunda República se proclamó en España en 1931 y los cinco años que duró se caracterizaron por una serie no interrumpida de ataques a la religión y por abusos y atropellos de todas clases. Esta era la idea que el régimen mantenía. Según los textos de las llamadas entonces  escuelas nacionales, ante la amenaza de que España cayera en manos del comunismo, fue necesaria una reacción armada y decidida que tomó el nombre de Alzamiento Nacional. La imagen de España en aquellos manuales era una situación de desorden, de ataques a la religión y deseos de implantar el comunismo. Todo ello se simbolizaba en la estrella roja de cinco puntas, la estrella que por primera vez vi en aquel uniforme que había sido de mi abuelo. Ahí se me abren los ojos y descubro que  era de aquellos rojos de las milicias populares. ¿Quiénes eran los enemigos de España? La respuesta siempre era la misma: Los rojos: masones, liberales, comunistas, anarquistas y socialistas. Entonces eran rojos todos los que habían defendido la Republica. ¿Los rojos? En el imaginario de la época los rojos estaban relacionados con el demonio, la masonería, los rusos y bolcheviques. No me lo había inventado yo: lo decía aquel señor bajito y con bigote que hablaba del contubernio judeomasónico cuando se dirigía a los españoles todos los años por Navidad.

El descubrimiento del arcón significó un antes y un después. A partir de entonces, la estrella de cinco puntas fue para mí un icono que estimulaba mi imaginación,  y me introdujo en un mundo idealizado y espiritual, como contraposición a  la longa noite de pedra.

Así fue como aquel pentagrama se convirtió para mí en un icono transgresor en el que concentré toda mi rebeldía. La estrella roja simbolizaba la diferencia. Todo aquello que los sublevados habían transformado en la anti España, que identificaban con la República, contra la que se sublevaron para acabar con ella tras  una larga y sangrienta guerra de aniquilamiento y  exterminio.

Visto con la perspectiva del tiempo pasado, aquella transgresión era subversiva. Una estrella roja de cinco puntas, símbolo de una adolescencia rebelde, que llevaba en mi muñeca izquierda en un colgante de dos caras: en una, el pentagrama; y, en su anverso la fotografía que alguien me regaló para que no la olvidara.

Entonces no lo sabía, pero la educación escolástica con la que me modelaban me convertía en una balsa a la deriva en aquellas aguas engañosas bajo las que se movían turbulentas corrientes. Así me encontré en plena vorágine  platónica, pasada por el  místico filtro de San Juan de la Cruz:

“Cuando tú me mirabas su gracia en mí tus ojos imprimían: por eso me adamabas y en eso merecían los míos adorar lo que en ti vían”.

          Y escribí el primer poema. No fue un poema de amor. Se titulaba Amistad: en una de sus estrofas se describía cómo dos corazones se movían al mismo ritmo, unidos por el istmo de la amistad. No sé, esas cosas que se escriben en la adolescencia, pero que no se olvidan jamás. Tus quince años te permitían correr por la calle, dar saltos como una gacela y reír a carcajadas en las situaciones serias. Ponías tu alegría en cualquier parte. Eras un pájaro de libertad al que admiraba. En las clases de matemáticas conseguías que el profesor perdiera el hilo de sus explicaciones y que terminara ironizando a costa de nosotros. Un día te sorprendí con aquella metáfora en la que relacionaba unos ojos negros con los cepos del fuego. ¿Cuántos años tenía yo entonces? Los suficientes para fijarme en tu perfil griego y en aquella sonrisa que relajaba. Eras algo hortera, una hortera maravillosa que adamabas con aquellos ojos negros como tizones mi acorazonado cerebro  de adolescente.


           Recuerdo a un muchacho que  se enamoró de ti, aquel larguirucho, seco y algo estirado, que siempre parecía mirarnos por encima del hombro. Guardaba celosamente su secreto, hasta que una tarde lo descubrimos. Lo negó una y otra vez. Después de aquello se quedó  como si sufriera el síndrome de  san Pedro, esa vaga melancolía que afecta a quienes están siempre a las puertas del cielo a verlas venir y sin poder participar en los festines de los bienaventurados.

En una ocasión me dijiste que te habían dicho que no salieras conmigo porque era comunista. Pero tú no hiciste caso y siempre que me veías esperabas a que llegase a tu altura para saludarme. Pero mi timidez me impedía estar contigo más de cinco minutos y pronto ponía una excusa para marcharme. Creo que tú te dabas cuenta y te hacía gracia, pero nunca te burlaste por ello. Algunos años después nos encontramos casualmente. Ya eras una mujer. El teatro era ya una de las grandes pasiones de tu vida. Nunca más te volví a ver.

Después de muchos años todavía sigo pensando en ti con tu rebeca verde, tu falda a cuadros y tus zapatillas rojas Aquellas zapatillas cuyo color  fue el motivo por el que te llamé Stella Rubra. Tenías todos los atributos de aquel pentagrama: inteligencia, magia…  

 “Porque  recuerdo que tenías diecisiete años, y todos de oro. Y las sandalias que te ponías en primavera, pececitos rojos.”
¿Cómo es posible que no se olvide a alguien con quien solo intercambiaste unas palabras? ¿Es motivo suficiente que compartieras unos paseos por los lugares mágicos de tu vida en los que te iniciaste en los misterios del corazón? Su imborrable recuerdo después de tantos años parece decirme que sí,  aunque ahora esté arrancando días y noches de mi vida para que no me hagan llorar más unas láminas amarillas en las que un día escribí:

Tú te llamabas equis, te llamabas
estrella, paloma, trigo, mentira.
De todos tus nombres solo recuerdo
el más tuyo, el que mejor te nombraba.


martes, 7 de febrero de 2012

CON PAPEL DE FUMAR


¡Vaya fin de semana! Frío, mucho frío. Empate del Atlético de Madrid frente al Valencia. El Madrid continúa con esa interesante ventaja respecto al Barcelona. El número de parados sigue creciendo. Y, el nuevo gobierno sigue sacando sus cartas contrarreformistas, como si quisiera volver treinta años atrás, según dicen los analistas. ¿Solo treinta años?
En medio de este mare mágnum, el PSOE acaba de celebrar su  XXXVIII Congreso en Sevilla. Como ciudadano lo he seguido atentamente, pues soy de los que piensan que la política siempre termina afectándonos.
Dos discursos, dos opciones. La moneda decidió que el primero en intervenir fuera Alfredo Rubalcaba; Carme Chacón, a continuación. Después de escuchar a ambos, pensé que el discurso de Rubalcaba era adecuado, cohesionado y coherente: los tres principios que debe tener un texto. El de Chacón lo encontré inadecuado, poco cohesionado y algo incoherente con la historia de un partido federal. El resultado del Congreso parece que confirma mi percepción.
En lo que se refiere a las ideas, los dos discursos comparten gran parte del contenido, pero fueron los planteamientos diferentes los que decidieron el resultado a favor de Rubalcaba. La declaración del candidato de que “los socialistas no pueden traspasar la línea que separa un partido federal de una confederación de partidos” no debió de pasar desapercibida para muchos de los que tenían en su mano la papeleta de ejercer el voto directo. Esa es una cuestión que preocupa a muchos socialistas, incluso, a muchos ciudadanos que no pertenecen al PSOE pero que lo prefieren como opción de Gobierno. En los últimos años se habla mucho de “España plural”, pero son multitud los que no tienen claro qué es eso de la “España plural” (¿Calidad de ser más de uno? ¿Variedad entre cosas de una misma especie? ¿De diversa naturaleza?). No es fácil conseguir una expresión que no provoque desconfianza, pero me arriesgo a expresar que en muchos ciudadanos predomina la percepción de entender esa “España plural” como la aceptación de la diferencia dentro de la unidad. Esto es lo que se entiende por un modelo federal, acorde con la historia del PSOE ¿Están en esta línea los dirigentes del PSC? ¿Federación o Confederación? La diferencia no es gratuita.
No menos importante el toque de atención a los modos de vivir de algunos políticos, cuando expresa que “si no vives como piensas acabas pensando como vives”. Son muchos a los que una vez en el gobierno se les puede decir aquello de “quien te ha visto y quien te ve”. Esto lo perciben los ciudadanos y llegan a sentirlos como extraños. Sabemos que muchos gobernantes socialistas son burgueses y que no han de cambiar su modo de vida porque los voten obreros, pero sí que deben vivir de acuerdo a unos principios éticos de honestidad, honradez y sencillez. Ese es un compromiso que si no cumplen provoca el rechazo de quienes los eligen para gobernar.
Otras cuestiones fueron tratadas, muchas e importantes. Ya habrá tiempo para comprobar su desarrollo. Ahora, como epílogo, comentar las reacciones de algunos de los perdedores del Congreso a las palabras de nuestro siempre singular don José Bono, el compañero Bono en los ámbitos partidistas. Una vez finalizado el Congreso, lo que tienen que hacer los que han perdido es someterse a los ganadores. Ante las palabras del que fuera candidato a la Secretaría General en el año 2000, saltan algunos y dicen que en este partido no se somete nadie. Está claro que los que se lanzan a la polémica entienden el término como “sujetar, humillar a una persona” y no en el sentido de “subordinar el juicio, decisión o afecto propio a los de otra persona”; significado, este último, que seguramente quiso expresar  don José Bono. Y es que, después de perder un Congreso que creían ganado, algunos se han olvidado de la expresión “cogérsela con papel de fumar', que procede del más antiquísimo español, y que consiste en  hablar o actuar de manera muy precavida y puntillosa para quedar bien con todo el mundo y evitar herir susceptibilidades.
            Me temo que algunos perdedores del Congreso han perdido esa actitud precavida y andan durante estos días algo puntillosos al quedarse fuera de lo que ya pensaban que tenían ganado. Y es que da la sensación de que querían repartirse la piel del oso  antes de cazarlo.


viernes, 27 de enero de 2012



ELEGÍA ESPAÑOLA SIN VERSOS

domingo, 22 de enero de 2012


LA CUESTA DE ENERO
El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre.
Albert Camus

Recuerdo en estos días de crisis que siempre que pasaban las fiestas de Navidad, decía mi abuela: Ahora nos queda la cuesta de enero. Desde mi inocencia edénica no podía yo imaginarme entonces qué era eso de la cuesta de enero, pero  con el paso del tiempo lo fui aprendiendo sin necesidad de preguntar. Esta expresión no solo la escuchaba en casa sino también a otras muchas personas de nuestro entorno social, incluso en la radio y en otros medios de comunicación de la época. Era una expresión generalizada, de modo que formaba parte del imaginario popular con el sentido de cuesta arriba o de empinada cuesta que alude - tal como dice el DRAE- a ese “período de dificultades económicas que coincide con este mes a consecuencia de los gastos extraordinarios hechos durante las fiestas de Navidad”.
Así fui entiendo la cuesta de enero como como una metáfora popular cuyo referente real es ese “período de dificultades económicas” que coincide con el mes de enero, en el que muchas familias de clase trabajadora tenían que apretarse el cinturón para llegar a fin de mes. La cuesta de enero volvía, una y otra vez, afectando siempre a los mismos, que sufrían los rigores de una vida llena de estrecheces y de penuria, debido a los escasos recursos económicos. Y así, por mucho que se esforzaran en subir aquella cuesta arriba, una vez  que llegaban a la cima, sus esperanzas rodaban cuesta abajo y, otra vez, volvían a encontrarse en el punto de partida. Y, como se decía entonces, los platos rotos siempre los pagaban los de abajo, que seguían haciendo lo único que podían hacer: seguir trabajando. Desgraciadamente para ellos, aquella forma de vida se asemejaba al mito de Sísifo, el más taimado de los mortales, según Homero.
En un interesante ensayo sobre este mito, Albert Camus establece semejanzas entre Sísifo y el obrero actual que trabaja durante todos los días de su vida en las mismas tarea y cuyo destino no es menos absurdo que el de Sísifo, condenado por los dioses  a “subir sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso”.
¿Ha mejorado hoy la situación de los trabajadores? Tal como están desarrollándose las cosas, no solo no ha ido a mejor  sino que se ha agravado. Hoy la cuesta de enero, que en nuestro entorno se había suavizado durante las últimas décadas del siglo XX  gracias a las políticas socialdemócratas, se está manifestando como una de las más difíciles de los últimos años para la clase trabajadora, a la que cada vez se incorporan más individuos de clase media debido al proceso de proletarización que está teniendo lugar en esos sectores sociales, a causa de las medidas económicas llevadas a cabo por los gobiernos de los países en crisis. Tal como están las cosas puede decirse que este año no habrá que subir una cuesta sino escalar una montaña.
Curiosamente, hoy no se habla del castigo de los dioses sino del castigo de los mercados. Pero, ¿a quién castigan realmente los mercados? Se dice que a los países endeudados, entre los que se encuentra España; pero las elites de estos países para escapar de ese castigo  toman el camino –el único posible según el discurso oficial de los grandes inversores- de reducir el déficit mediante recortes drásticos de gasto público, acompañados de otros sacrificios sociales como reducciones de salarios, pensiones y otras reformas que se cargan a hombros de los sectores más débiles de la población que, en definitiva, son los que terminan siendo objeto del castigo de eso que se llama los mercados, sin aclarar bien qué quieren decir con esa denominación, tras la que, sin duda, se esconden poderosas oligarquías de poder.
 Aunque, economistas de prestigio, como Paul Krugman, premio Nobel de Economía, avisan de que jamás los recortes presupuestarios han conseguido aumentar la confianza de las empresas y de los consumidores en ninguna parte, se están llevando a cabo planes de recortes en derechos, en beneficios sociales, en calidad democrática y de reducción de la renta  disponible de ciudadanos de clase media y obrera. Estos recortes sociales, que se aplican bajo la justificación de que son necesarios para salir de la crisis y con la complicidad de las elites nacionales, están conduciendo las economías  de los países afectados, entre ellos el nuestro, al estancamiento y a la recesión. Los síntomas de la recesión ya se están dejando notar en nuestro país, sobre todo en las comunidades más desfavorecidas, como es el caso de Castilla-La Mancha, donde se viene dando un decrecimiento de la producción, del trabajo, de los salarios, y de los beneficios, entre otros.
Ante este negro panorama son muchas las voces sensatas, surgidas desde un amplio arco ideológico, las que vienen denunciando que la recesión, al reducir los ingresos públicos, aumenta el déficit. Este aumento exige nuevos recortes. Y vuelta a empezar. Un círculo vicioso en el que cada vez quedan atrapados mayores sectores de la población. Entre los efectos que se están produciendo pueden observarse la marginación creciente de amplios sectores de la clase obrera y el empobrecimiento de las clases medias, que cada día ven más reducido su poder adquisitivo y  su capacidad de ahorro, que en muchas ocasiones es nula, provocándoles incertidumbre en el negro futuro que se vislumbra.
Entre las ideas del ensayo de Albert Camus aparece que “las verdades aplastantes perecen al ser reconocidas”. Ello exige un esfuerzo, por parte de todos los que sufrimos las consecuencias de la crisis, para reconocer esas verdades que nos aplastan y rebelarnos contra ellas para bajar de su pedestal a esos falsos tecnócratas, llamados por Paul Krugman “románticos muy poco prácticos, ideólogos e ilusos”, que “intimidan a Europa en nombre de sus visiones románticas”.
Tal como se nos pinta la situación actual y en los próximos años, nos adentramos en “una noche sin fin” como en la que se encuentra Sísifo y de donde no podremos salir si no vencemos el miedo, otra de las cargas que hacen más dura la subida de la empinada cuesta. Los medios de comunicación desempeñan un papel activo en la transmisión de la ideología del miedo porque, tal como escribe Joaquín Estefanía, “el miedo ha sido siempre un fiel aliado del poder. Cuando uno tiene miedo, paraliza sus reacciones. Nos han inoculado el miedo a la inseguridad económica, al paro, al otro…”. En este sentido, los millones de personas en paro se convierten en una poderosa herramienta de sometimiento social que nos impide salir de la recesión, que es como la sima a la que Sísifo baja una y otra vez. Por ello, su destino es un destino absurdo, pero solo trágico en la medida que es consciente. Esa conciencia que debe constituir su tormento, su disconformidad, es al mismo tiempo su victoria. Y, como no hay destino que no se supere con el desprecio, la reflexión de Albert Camus nos invita, una vez que tenemos conciencia, a la disconformidad permanente y al desprecio de quienes nos imponen ese destino absurdo.
El trabajador asalariado, el ciudadano de a pie,  consciente de su condición miserable, solo puede superar su situación rebelándose contra la dictadura de los mercados, el nuevo poder fáctico que no solo amenaza su bienestar, sino que subordina el propio poder de los Estados –única defensa del ciudadano- a sus  leyes y normas, que no responden a otra lógica que a su infinito deseo de lograr máximos beneficios para las inversiones. Frente a esa lógica es urgente la lógica del Estado democrático.  De aquí la necesidad de subordinar el funcionamiento de los mercados al de las instituciones democráticas. Lo contrario es la jungla y la muerte de la ciudadanía: la permanencia eterna de Sísifo en los infiernos.





    viernes, 30 de diciembre de 2011



    Adiós al año 2011


    Aunque ya no recuerdo cómo fue el primer segundo de este año que está a punto de decirnos adiós, pienso que debió de estar rodeado del mismo boato que los de los otros años que lo precedieron, y de los que ya apenas si nos acordamos, salvo que al evocar algún acontecimiento que nos interese éste tenga connotaciones cronológicas.
    Solemos recibir el inicio de un año de forma eufórica, con música, brindis, campanadas, besos, algarada. Esto es lo que se muestra, lo que aparece en la pantalla de las vanidades modernas. Procuramos olvidar que en esos momentos hay personas sufriendo, con hambre, en guerra. Ponemos en funcionamiento el mecanismo que oscurece la cara fea del mundo y dirigimos nuestros ojos para contemplar el rostro bello, sin querer saber si  ese rostro es solo como una de esas máscaras  que se usan en carnaval y que, en realidad, muchos la llevamos durante toda nuestra vida.
    Tal como ocurre casi siempre, es un poeta, en este caso don Ramón de Campoamor, el que generosamente me presta las palabras que andaba buscando: y en este mundo traidor nada es verdad ni mentira: todo es según el color con que se mira.
    ¿Puede ser esta la clave que pueda ayudarnos a la hora de despedirnos de este año 2011? Si aceptamos que todo es relativo, puede que miremos adelante con optimismo; que no carguemos nuestro cabreo en este año 2011; que no proyectemos nuestra melancolía  en el año que se va, dejando en nosotros tantos sueños sin cumplir y tanto déficit…
    Con esa mirada relativista asumiremos las ausencias que nos dejó el año 2011;  esas noticias no deseadas;  ese cambio de gobierno- dulce para unos, para otros ácido-; que para unos habrá sido el año en el que se han conseguido cosas agradables;  para otros irá siempre acompañado de sucesos negativos; y, para muchos habrá sido un año que pasó sin pena ni gloria. En fin, según nos haya ido la feria, así lo contaremos.