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sábado, 8 de septiembre de 2012






 MI CALLE
Mi calle es ancha, cubierta de asfalto, pensada más para los coches que para que convivan las personas. No es una calle para pasear. Los árboles son pequeños y la sombra que proyectan se diluye en el asfalto. Las casas están construidas de modo que aparecen adosadas unas a otras, formando una cadena de fachadas iguales, que con el tiempo han sido reformadas según el capricho de sus dueños dando lugar a una variada gama de diferencias que reflejan ese afán individualista que caracteriza, según dicen, a los españoles.
Los únicos signos externos que pueden dar una imagen del estatus de quienes viven el la calle son los coches. La cantidad de coches puede hacer pensar que las dificultades económicas que sufre el país desde hace unos años no  han afectado a los  vecinos de esta calle, pero todo es apariencia. En realidad la crisis también se ha instalado en ella. Se ha cerrado la peluquería, la cafetería, la pastelería. En el barrio sólo hay una pequeña tahona y una farmacia en la que el mancebo se queja de la escasez de las ventas. Las farolas que dependen de la comunidad se apagan a media noche o sólo se encienden de forma alterna.
Al amanecer comienzan a moverse los vecinos para dirigirse a sus respectivos puestos de trabajo; poco más tarde los escolares pasan con sus mochilas camino del colegio o del instituto, donde este curso tienen menos profesores y más alumnos por aula. Junto a algunos jubilados, empiezan a aumentar quienes han perdido su empleo en los últimos meses. Algunos profesores y sanitarios han sido despedidos a causa de las llamadas medidas para racionalizar la gestión pública. ¿Racionalizar la gestión pública? Así llaman los políticos neoliberales a los despidos de trabajadores y a la destrucción de derechos. Se ha puesto de moda el uso de eufemismos como restructuración administrativa, adecuación  de recursos, racionalización del gasto... Todo ello para encubrir la realidad, para envolverla en papel de celofán y hacérsela tragar a los ciudadanos, convertidos en súbditos, cuando no en siervos, sin conciencia de serlo, por obra y gracia de unos políticos mediocres que han abrazado el neoliberalismo,  el nuevo becerro de oro ante el que se inclinan, para engrosar los beneficios de los que controlan las finanzas.
En algunas casas se han visto obligados a prescindir de cosas vitales,  pues el aumento de impuestos como el IBI, el IVA, el IRPF, la reducción de  sueldos, la pérdida de dos de las catorce pagas anuales o, en otros casos, algo todavía más sangrante, como es el desempleo, han quebrado los sueños de muchas familias, que terminan en un vivir sin vivir que los instala en la angustia y el pesimismo. Tras las puertas de estas casas  se abre eso que llamamos privacidad. Cuando llega la noche y se bajan las persianas sólo se ven  luces en algunas habitaciones. En cada casa habitan seres con sueños, frustraciones,  soledades y miles de proyectos en el aire, proyectos que dependen de la decisión de personas ajenas a su vida y que desconocen su existencia. En esos interiores se ama, se odia, se sueña y se espera. Cuando se cierran las puertas de la calle, se abren otras que conducen a ámbitos desconocidos. Cada casa es un mundo, habitado por seres humanos que viven en realidades distintas, no imaginadas por el vecino de la casa de al lado; por seres humanos que se saludan, cuando se saludan, al cruzarse por la calle, pero ignoran qué vida tienen quienes habitan a pocos metros de ellos, esas vidas paralelas que nunca llegarán a encontrarse, a converger en una relación solidaria. Es en el  interior de las casas donde realmente se desnudan los que viven en ellas: madres mirando tiernamente  a sus hijos mientras estos duermen, amantes dialogando con el amor, ojos en pelea con el insomnio…
La calle ya no tiene la alegría de años atrás, cuando los niños la llenaban con sus gritos y risas. Cuando los vecinos tenían la esperanza de que sus hijos crecieran para que un día fueran personas dichosas, ciudadanos de un país que por fin parecía dejar atrás sus demonios, pero ahora ven que  son jóvenes con futuro incierto, a los que  les están robando los derechos que conquistaron sus abuelos tras una dura guerra y una larga y negra dictadura cuyo final les hizo creer que daba paso a un país democrático en el que la soberanía era del pueblo, pero, apenas treinta y cinco años después, sus dirigentes se han comportado como carreristas, chorizos, expoliadores, arribistas, desvalijadores de las empresas públicas y desmantelando un sistema de enseñanza  y una sanidad pública que hasta no hace mucho era la seña de identidad de un Estado democrático social y de derecho, construido gracias al sacrificio y esfuerzo de dos generaciones de españoles. Hoy la existencia de estos vecinos se ha transformado en una realidad extraña y confusa en la que quienes los gobiernan quieren convertir sus sueños y proyectos en una mezcolanza ridícula. El golpe de Estado invisible que están sufriendo por parte de los neoliberales los ha dejado estupefactos, adormilados.
¿Qué va a ser de esos jóvenes, de esas generaciones dentro de quince años? ¿Engrosarán las filas de esas personas que llegan al albergue para sin techos, que todavía hay abierto a pesar de la política del gobierno, sin más equipaje que un presente vacío? Al pasar por la casa del albergue se escucha una voz ronca, rozada y recia que brota de su  interior; me detengo un momento y me estremezco al escuchar la letra del cante con el que alguien expresa su dolor y su rabia ante la situación en la que vive: 
Desgraciao aquel que come
el pan en manita ajena.
Siempre mirando a la cara
si la ponen mala o güena.
 
Los de más se van a menos
y los de menos a más.
¡Qué mundo tan engañoso
las güertecitas que da!
Y pensando en esas profundas verdades sigo andando por mi calle.
 

martes, 31 de julio de 2012




VERSOS EN TARDE DE CANÍCULA



En estas tardes de canícula es bueno refrescarlas con poemas de amigos. Os presento a dos que escriben versos desde siempre. A uno de ellos lo conozco desde los años del Instituto, mi amigo Fernando; al otro, desde los años de la Universidad, Manolo. El primero es manchego, aunque afincado en Madrid; el segundo, granadino, vive en Málaga. De los dos he escrito reseñas, artículos, prólogos y los he presentado en el Ateneo de Madrid junto a Maestros tan queridos como Claudio Rodríguez y Jesús Hilario Tundidor, de quien guardo un entrañable recuerdo de cuando fuera maestro de Fernando y mío en aquellos años en que ambos éramos estudiantes en Puertollano, a finales de los sesenta. De Fernando recuerdo las tardes en mi cuarto de la calle de Gran Capitán cuando hablábamos de amores, sueños y de proyectos ¿De Manolo? Aquella casa de la calle San Matías, en el corazón del Realejo granadino, por donde pasaron algunos de los que luego se dijeron ser los creadores de la otra sentimentalidad. Manolo tiene ese verbo cálido y equilibrado del buen conversador; Fernando  es menos hablador, más callado, sin que por ello deje de tener facilidad de palabra, pero su conversación es algo más conceptista.  Si recurriera a los tópicos podría escribir que el uno es andaluz  y el otro manchego, y de ahí la diferencia, los rasgos de su carácter. Pero todo esto sería charlatanería, y yo que soy, como Fernando, de Puertollano, no voy a recurrir a esos trucos. Algo hay en los dos que es común: un aire profundo y doloroso en sus versos, que se combina con su vitalismo biográfico, del que doy fe notarial, pues he compartido con ellos algunos momentos de esas ganas de vivir y he sido testigo de que ellos no responden a esa  imagen del poeta solitario que plasma en sus versos sus frustraciones. En sus poemas están las esencias de la poesía, las vetas temáticas de los auténticos poetas (y entre paréntesis digo que ser poeta no es lo mismo que ser versificador) como la herida del amor, la nostalgia indescriptible de esos paraísos que llevamos grabados a sangre y fuego en el alma, o como quiera que se llame.

Fernando Mansilla pertenece a esa generación de españoles de la que un día alguien (Manuel Salinas)  escribió que había venido a partir el siglo en dos mitades y acabó deshecha en mil trozos por el siglo. Aunque personalmente no doy validez al concepto de generación literaria, sí reconozco la posibilidad de que ante una misma experiencia colectiva surjan sentimientos compartidos; esto es lo que produce en mí la obra literaria de Fernando Mansilla: un sentimiento compartido. De su primer libro, “Poemario ensoñado”,  dijo Claudio Rodríguez que era un libro auténtico; y es esta palabra, autenticidad, lo que define sus  obras conocidas hasta ahora, pues Fernando en sus versos se desnuda con una mezcla de candor y abrasiva melancolía; en una escritura sin un plan premeditado, reveladora de sucesivos estados de ánimo, de ciertas desesperanzas y algunas esperanzas, tal como se refleja en este poema  que pertenece a su último poemario, todavía inédito.

AUNQUE AHORA


A los que aguantaron el envite con una mirada comunitaria 

Aunque ahora,
por momentos,
tiemble el pulso,
porque el gallo canta en la noche
y espolvorea en siembra el desatino,
mañana será otro día.
El designio no escapa,
está varado en sufrimiento...
infinitos desvelos derramados...
perpetuas heridas de ausencias.
A pesar de todo, girará la noria,
las negras nubes volarán...
clareará la madrugada,
y nacerán golondrinas de rosal
bajo una primavera de amapolas.
La luna es testigo,
en este juego de ruleta rusa,
el perdedor no se amilana,
su brújula incansable
siempre señala al norte.



Y por orden alfabético, pues tanto monta, monta tanto la poesía de Manuel como la de Fernando, escribo a continuación de Manuel Salinas, pero lo voy a hacer recurriendo a unos versos suyos como presentación:

Quizás no haya nadie más tristes que nosotros
Que vinimos a partir el siglo en dos mitades
Y acabamos en esta calle
Deshechos en mil trozos por el siglo.

Desde que Manolo escribió estos versos ya ha caído más de un aguacero, luego,  pasada la tormenta, su poesía optó por la aventura de vivir y se han convertido en “una sencilla pasión contra la muerte” o, dicho, de otra forma, en un obstinado deseo de vivir feliz, en paz consigo mismo, “la eternidad pequeña del arrayán, la secreta noche del limonero”. Ese deseo de vivir se trasluce en el poema, también inédito, “Carro de fuego”, lleno de imágenes que reflejan esa pasión por la vida, que es música, color, sensualidad…



CARRO DE FUEGO.


 “El poeta mira al mundo como un hombre mira a una mujer”.
 W. Stevens.


 Llévame a los cielos
envuelto en el fuego de las cosas que amas;
hospédame a solas en su corriente;
pídeme socorro con un perfume de flauta de espinas;
avívame, soy lumbre,
violeta sonora de un ático donde las niñas
se peinan con alondras y cantan.
Vuélame la noche, la tarde, el claro día.
Madúrame la casa de verde fruta.
Lléname de saltos de caballo el alma.
Llámame con sueños por mi nombre de poeta.
Coróname de migas de buen pan. Ampárame
y baila hermosa, mientras el mundo se hunde,
con un dulce violín en la solapa.
Regálame esa nube para gastarla juntos;
dime que sí. Dame la tinta, la luz, el agua: todo
lo que sea tuyo y tiemble de alegría
en los falsos oros de esta pavana
que la muerte templa en los atardeceres con niebla.







 


 

lunes, 16 de julio de 2012










VIAJE A RONDA

 A Manuel Salinas, poeta, entre otras, no menos importantes, cualidades.

Subir a Ronda desde Málaga en pleno verano es una aventura indescriptible. Menos mal que el viaje lo hice en un cómodo BMV que en poco más de una hora nos permitió estar aparcando en una de las calles de la mítica ciudad andaluza. Una vez que nos adentramos en el interior de la provincia de Málaga, la ciudad de Ronda aparece enclavada en una agreste serranía, entre crestas de mediana altura y profundos tajos, que han contribuido a acentuar su imagen romántica.

Mi visita a la ciudad se debió a la amabilidad de un amigo al que fui a visitar en su ciudad de Málaga. Su idea era la de enseñarme el escenario del auténtico romanticismo, del que apenas si habíamos estudiado unas pinceladas en nuestros años universitarios. Quizás tenía razón Cernuda al afirmar que si buscamos el rastro romántico de Andalucía, queremos llegar a su corazón, solo Ronda y Cádiz pueden ser elocuentes con nuestro afán. Cádiz lo he visitado en varias ocasiones y tiene esa atmósfera romántica que percibo también  en otra de mis ciudades preferidas, Lisboa.  Pero a Ronda no había ido nunca; por ello, cuando me hicieron la sugerencia de visitarla, no puse ninguna objeción, a pesar de la ola de calor sahariano que llegaba en esos días a la Península.

 Mi amigo, conocedor  de los entresijos del romanticismo literario, resultó ser  un compañero de lujo en esta mi primera visita a Ronda, ciudad que muchos relacionan con el mundo de la tauromaquia y las leyendas sobre bandoleros como José María “El Tempranillo”, pero en Ronda no todos los personajes conocidos han sido toreros o bandoleros. Callejeando por la ciudad se encuentran calles como la dedicada a Blas Infante, abogado, escritor y político, que en 1918 presidió en Ronda la Asamblea Regionalista de las Provincias Andaluzas, de la que surgen los símbolos de Andalucía. La calle de Fernando de los Ríos, en memoria de uno de los políticos más importantes de España. La Carrera de Espinel, dedicada a  Vicente Espinel, poeta y músico, al que se debe la quinta cuerda a la guitarra y  la forma estrófica llamada espinela,  además de ser el autor de la novela picaresca “Vida y obra del escudero Marcos de Obregón” a cuyo personaje también se le dedica una de las vías de la ciudad, la calle de Marcos de Obregón. La calle de Giner de los Ríos, en recuerdo de don Francisco Giner de los Ríos, filósofo, pedagogo y escritor, y uno de los fundadores de la Institución Libre de Enseñanza. La del Arquitecto Martín de Aldehuela, en honor de quien dirigió las obras de uno de los monumentos emblemáticos de la ciudad: el Puente Nuevo, magnifica obra que impresiona a quien la contempla por primera vez; a él se debe también el diseño de la Plaza de Toros. También se recuerdan pintores como el renacentista Alonso Vázquez  y Joaquín Peinado, considerado como el mas elegante de los pintores que constituyeron la llamada “escuela española” de París, ciudad en la que murió en 1973.

Sin embargo, parece que se han olvidado los nombres de otros rondeños ilustres como   Abbad Ibn Firnas  y Abu-l-Baqa,  que evocan esa tradición árabe que en España, como escribía Cernuda,  “ha sido casi olvidada. Pocos son quienes recuerdan o quienes conocen a los poetas o filósofos, a los artistas árabes españoles. Y sin embargo son nuestros, tanto como los de tradición castellana”.

Y, mientras dejamos atrás la evocación de los nombres que rompen esa  imagen de Ronda como lugar de toreros, bandoleros y gitanas sensuales, nos adentramos por el Paseo de los Ingleses en esa parte de la ciudad donde puede decirse que todavía existe, como en otras ciudades de Andalucía, una “cierta particular atmósfera embriagadora que baña hoy esa tierra y que visible y manifiesta en la época romántica atrajo a muchos viajeros extranjeros”, la mayoría escritores románticos que se sintieron fascinados por la belleza de los paisajes de Ronda. Entre los más conocidos, el francés  Mérimée, cuya obra Carmen, rezuma una España exótica y romántica. Teófilo Gautier fue otro de los viajeros románticos  que cayó rendido ante los encantos de la ciudad. Ya en el  siglo XX, Ronda siguió atrayendo a escritores extranjeros como Rainer María Rilke, que visitó España interesado por la pintura de Velázquez y El Greco; atraído por el clima y la altitud llegó a Ronda y con motivo de este viaje escribió su “Epistolario español”. Otros nombres estrechamente vinculados a la memoria de Ronda  son el de  Hemingway y el de Orson Welles.

En la entrada al parque de la Alameda del Tajo, próximo a la calle de la Virgen de la Paz, se encuentra la estatua de Pedro Romero, creador del toreo  moderno. Exóticas plantas y bellas esculturas que impregnan de esa atmósfera romántica los paseos de sombra, donde surtidores de agua dan frescor en este seco verano que azota la Península. En el itinerario formado  por el Paseo de los Ingleses, el Pasaje de Ernest Hemingway  y el Paseo de Blas Infante  tenemos ocasión de percibir la magnificencia del balcón sobre la sierra, donde- otra vez las palabras de Cernuda- el hombre queda colgado como un ave sobre uno de los paisajes de tierra más espléndidos que se conocen.

Llegamos a la plaza de toros, inaugurada en 1785 por el inolvidable Pedro Romero, en la que llama la atención su portada. En Ronda se celebra todos los años  la famosa corrida goyesca, en la que se intenta evocar la época de Francisco de Goya. En una de las puertas de acceso a la plaza, la llamada Puerta del Picadero de la Real Maestranza de Caballería, se levantan sendas estatuas en memoria de dos de los toreros más queridos en la ciudad: Cayetano Ordoñez “El Niño de la Palma” y su hijo Antonio Ordoñez. Por los alrededores de la plaza deambulan grupos de turistas ingleses, que traen en autobuses desde Marbella para darles un paseo por estos entornos de ensueño. El guía les dice que existe una leyenda, según la cual, en las tardes de corrida, deambula por los tendidos el espíritu de Orson Welles. Cosas para guiris y turistas con bermudas y camisas horteras.

Después de un plácido paseo por los alrededores del Tajo, desde donde se divisan las ruinas de las viejas murallas, que marcaban el perímetro de  la Ronda andalusí, y entre las que  todavía quedan en pie algunas puertas con el arco de herradura, por las que se entraba y salía de la ciudad hace ya muchos años, antes de que fuera conquistada por castellanos y aragoneses en el año 1485. Al finalizar el Paseo de Blas Infante se llega  a la antigua Casa Consistorial, donde hoy se ubica el Parador Nacional, en el centro de la ciudad, en un lugar privilegiado, junto al emblemático Puente Nuevo, construido en el año 1761, con vistas únicas sobre el Tajo. Después cruzamos el puente y nos adentramos en la parte árabe  de la ciudad, donde no dejan de asombrarnos, mientras paseamos por sus estrechas calles, las rejas de las ventanas y balcones de sus casas.

Son tantos los monumentos, entre los que destacan algunas iglesias, palacios, los baños y las murallas árabes, que es imposible visitarlos todos en una jornada, por lo que decidimos volver en otra ocasión y aprovechamos , ahora que nos encontramos en una de las zonas  más populares de la ciudad, para buscar un lugar de buenas viandas. Y cuando el calor aprieta llegamos a  la Plaza Ruedo Alameda, cuyas casas me recuerdan mucho a las de Almagro, y aquí encontramos la bodega “San Francisco, un agradable restaurante donde nos sirven una porra antequerana, hecha con tomate, ajo, pan, recortes de jamón, huevo y un trozo de atún, que, aunque me recuerda al salmorejo de Córdoba o al que yo mismo me preparo en mi casa de La Mancha, sabe a verdadera gloria.  Y es que, cuando uno prueba las joyas  de la cocina popular de este país, aprende que son los matices locales los que hacen único un plato que pasa por ser común. Y fue allí, donde, en un sencillo plato, nos reencontramos, después de una larga y calurosa mañana tras los pasos de los viajeros románticos, con esos matices gastronómicos capaces de  transformar  un plato común en un goce vital;  más, si te encuentras en Ronda y en un mediodía con cuarenta grados a la sombra.




lunes, 11 de junio de 2012









ENTRE SORIA Y BAEZA, LA MANCHA
A Maribel Blanco

Al cumplirse los cien años de la primera edición de Campos de Castilla, quiero asomarme al paisaje de los poemas de este libro de don Antonio Machado que se refieren a las tierras de nuestra querida patria chica.
Al tratar del paisaje de las obra poética de Machado, es común que se hable del paisaje de Castilla o del de Andalucía, lugares en los que Machado ejerció como profesor de instituto, pero muy pocas veces se menciona ese otro paisaje, ni castellano ni andaluz, que también forma parte de la paisajística poética de Antonio Machado.
Cuando don Antonio se traslada a Baeza escribe:

Heme aquí ya, profesor
en un pueblo húmedo y frío,
destartalado y sombrío,
entre andaluz y manchego
Ese pueblo “entre andaluz y manchego” es la pequeña ciudad de Baeza, a donde don Antonio había llegado a finales del 1912, después del fallecimiento de la joven Leonor. Allí, en ese pueblo “entre andaluz y manchego”, se produce el paso  del paisaje castellano al andaluz, pero ese cambio no tiene lugar de forma brusca sino gradualmente, pasando de las tierras de Castilla a las de Andalucía a través de esa tierra que actuó como frontera durante tantos siglos entre la vieja Castilla y lo que hoy se conoce como Andalucía. 
Que Machado pasó horas en tierras de La Mancha lo prueba que alguno de sus poemas esté fechado en Venta de Cárdenas (Ciudad Real), en concreto en el que escribe “Tus versos me han llegado a este rincón manchego”, rincón diferente al que menciona en “España en paz”, poema que fecha en Baeza, como “… rincón moruno”
Ese paisaje llamó la atención del autor de Campos de Castilla y lo incorpora a su geografía poética, de modo que, en el itinerario que  lo conduce desde Soria hasta Baeza, encontramos lugares que no son los de esa “Castilla mística y guerrera” ni aquellos por los que va el “Gualdalquivir corriendo al mar entre vergeles”.
En el poema “Desde mi rincón”, que en 1913 envía a Aranjuez con motivo del homenaje a Azorín por su libro Castilla, hace alusión Machado a dos Castillas diferentes: la “Castilla de grisientos peñascales” y la “Castilla azafranada y polvorienta”. Machado había descubierto en 1907 la Castilla de las tierras altas del Duero, cuyo paisaje se conceptualiza en la primera edición de Campos de Castilla (1912). El paisaje de la otra Castilla va apareciendo tímidamente, pero con claridad, después de 1912, en la geografía poética de Machado. En el mencionado poema “Desde mi rincón” aparece ya esa
Castilla azafranada y polvorienta,
Sin montes de arreboles purpurinos,
Castilla visionaria y soñolienta
De llanuras, viñedos y molinos.
En el poema “Las encinas” aparece una breve pincelada de esta Castilla: “y del Tajo que serpea/por el suelo Toledano”. En “Poema de un día” aparece el término “manchego” como signo de una personalidad propia respecto a lo “andaluz” y lo “castellano”. En Venta de Cárdenas (Ciudad Real) fecha un poema que inicia con este verso: “Tus versos me han llegado en este rincón manchego”. Desde Baeza, ese pueblo “entre andaluz y manchego”, Machado realiza numerosos viajes a Madrid, por ello es lógico pensar que una y otra vez  durante esos viajes divise a través de la ventanilla de su viejo vagón de tercera los campos del “ancho llano/en donde el Quijote, el buen Quijano/soñó con Esplandianes y Amadises”. En el poema “La mujer manchega” registra los nombres de pueblos manchegos como “…Argamasilla, Infantes, Esquivias, Valdepeñas”. Esta serie de topónimos nos recuerda la experiencia del viajero que tiene la impresión de que “el campo vuela” y anota en su cuaderno de viaje los nombres de aquellos lugares por los que pasa sin detenerse mientras “marcha el tren” “por tierras de lagares, molinos y arreboles”. Es evidente, para quienes conozcan La Mancha, que esta enumeración no se corresponde al itinerario ferroviario Baeza-Madrid, aunque  la serie de nombres produce una sensación ajustada a la idea de la Mancha como tierra de tránsito entre Andalucía y Madrid.
En este mismo poema encontramos la descripción machadiana de la Mancha:
Por esta Mancha –prados, viñedos y molinos-
Que so el igual del cielo iguala sus caminos,
De cepas arrugadas en el tostado suelo
Y mustios pastos como raídos terciopelos.
Paisaje de transición entre el de Soria y el de Andalucía, que también refleja el paso de la ideología noventayochista, vinculada a la  visión de las tierras altas del Duero, a la regeneracionista de los alegres campos de Baeza en los que va descubriendo la presencia de los señoritos junto a los gañanes y braceros.
Mas hay algo que nos hace pensar que Machado conoce la Mancha mejor de lo que puede conocerla el viajero que la percibe tras la ventanilla de su vagón de tercera cuando viaja camino de Madrid. De la visión de ese “seco llano de sol y lejanía” se pasa a espacios más íntimos cuando don Antonio nos adentra en la propia casa manchega, a la que diferencia de las casas castellanas y andaluzas. La casa manchega, escribe,  tiene “…menos celada que en Sevilla, / más gineceo y menos castillo que en Castilla”. Y en el interior de esa casa encontramos esa mujer manchega que “alinea los vasares, los lienzos alcanfora; /las cuentas de la plaza anota en su diario, / cuenta garbanzos, cuenta las cuentas del rosario”;  una mujer de piel quemada y corazón fresco, que sufre el sol de esos campos. A esa mujer trabajadora se dirige cuando escribe: “Mujeres de La Mancha, con el sagrado mote de Dulcinea, os salve la gloria del Quijote”.
En definitiva, la lectura atenta de los poemas de Campos de Castilla permite descubrir la presencia del paisaje manchego en su geografía poética, y cómo se pasa, a través de este paisaje de viñedos y molinos, sin dar un salto en el vacío,  a los campos de Baeza, ese rincón “entre andaluz y manchego”, y a las tierras bajas de Andalucía, desde aquellas tierras altas del Duero.




lunes, 4 de junio de 2012










Hace ahora seis años que se me invitó a dirigir unas palabras a los alumnos de segundo de bachillerato que  se marchaban del instituto, ya con su título de bachiller, dispuestos iniciar una nueva etapa de su vida. Fueron palabras escritas para la ocasión y con  las que quise rendir un homenaje, no solo a aquellos alumnos que se marchaban sino también a los profesores que habían dedicado su esfuerzo en formarlos; también quise expresar mi reconocimiento al sistema público de enseñanza, hoy, desgraciadamente en peligro, ante la política de desmantelamiento de la que está siendo victima.





PALABRAS DE FIN DE CURSO





Dicen que no son tristes las despedidas
  Dile a quien te lo dice que se despida.




¿Qué os tengo que decir que no os haya dicho después de todos estos meses durante los que hemos pasado juntos cuatro horas a la semana, hablando de palabras, cuatro horas metalingüísticas, durante las cuales os habréis aburrido intensamente. Después llegaban otros profesores y teníais que cambiar el registro. Os recuerdo en vuestros asientos, resignados a escuchar al profesor de turno. ¿No os apetecía salir corriendo? Os confieso  que, a vuestros años, también me apetecía largarme de clase…Son cosas  de la edad. Tener esto en cuenta humaniza esta  profesión, pues no en vano somos muchos los profesores que seguimos teniendo alma de aquellos artesanos del Medievo, que trabajaban  anónimamente escribiendo los cantares de gesta.

Nosotros trabajamos sin preocuparnos de los índices de audiencia, sin estar pendientes de los titulares de prensa o de que nuestro nombre salga en los periódicos, ni en las pantallas de televisión o de quedar registrados en los anales de la Historia. Sabemos que nuestra gloria es tal como la de los que escriben cantares: “oír decir a la gente que no los ha escrito nadie”. Sin embargo, sabemos que estamos trabajando con seres humanos que responden a un nombre, que tienen sentimientos y se alimentan de sueños; y por ello, nuestra labor se hace copla, copla callada que suena cuando vosotros, nuestros alumnos, la hacéis vuestra.

No tenemos otro empeño que ayudaros a ser felices y a ello nos entregamos con la ilusión de que nuestra labor en las aulas corra la suerte de las buenas coplas, ya

 Que al fundir el corazón
con el alma popular,
lo que se pierde de nombre
se gana de eternidad.


Permitidme también una breve y sosegada mirada a la nostalgia, a aquel primer día en el que llegasteis al instituto y fuisteis recibidos por los profesores, que os darían clase en primero y segundo de secundaria. En este momento quizás recordéis aquella mañana de hace ya seis años, cuando entrasteis en el instituto con cierta angustia y preocupación ante lo desconocido. Es justo evocar el recuerdo de aquellos profesores que os recibieron, y que durante estos años han formado parte de vuestra vida. Algunos están aquí para despediros, como estuvieron para recibiros el primer día. No voy a decir sus nombres, por temor a que se me quede alguno en el aire, aunque yo estoy seguro de que vosotros los guardáis en vuestro corazón. Aquellos profesores de los primeros cursos, al igual que los que os han dado clase después, han contribuido a vuestra formación. De ellos, algunos se han marchado definitivamente, aunque  los recordamos con cariño.

Pensando en los ausentes, permitidme  una segunda licencia, la de evocar, entre todos, el nombre de Don Ramón de la Osa. El otro día les preguntaba, a algunos alumnos de cuarto, que si se acordaban de él y me decían que “tenía sus cosas, pero era muy buena gente”. Os confieso que me emocioné. Estoy convencido de que a Don Ramón, si estuviera aquí, le hubiera gustado escuchar las palabras de Irina: era muy buena gente.

Y esa es la perspectiva que no deberíais perder nunca: SER MUY BUENA GENTE. Todos los profesores que habéis tenido a lo largo de estos años hemos querido ser como caudales que enriquecieran ese río que sois cada uno de vosotros; ríos que van a dar, no a ese mar manriqueño sino al otro mar de Juan Ramón en el que encontraréis la plenitud y la madurez de vuestras vidas.


Porque vosotros no sois, a vuestra edad, el río de Jorge Manrique sino el camino de don Antonio Machado, ese camino que se construye al andar. Espero que, de alguna manera,  los profesores de este centro os hayamos ayudado en el tramo del camino cuya culminación estamos celebrando en este acto.

Cada uno de los muchos profesores y profesoras que habéis tenido han ido dejando lo mejor de cada uno desde sus diferencias, desde sus contradicciones. Porque, como os habréis ido dando cuenta durante estos años, los profesores somos muy distintos unos de otros, aunque esas diferencias no han impedido que todos hayamos compartido el interés porque os llevéis lo mejor de cada uno de nosotros. Ese es el valor de los centros de la enseñanza pública, el modelo que vuestros padres eligieron para vosotros, un modelo plural, respetuoso con todas las ideologías, con todas las condiciones sociales y cualquier origen territorial. Ojalá que no os hayamos defraudado.

Vosotros sois, una de las primeras promociones, la primera del siglo XXI, que ha compartido las aulas con alumnos venidos de países como Marruecos, Rumanía e incluso de la lejana China. Todo esto hubiera sido cosa de locos imaginarlo hace algunos años, cuando los únicos forasteros llegaban de los pueblos cercanos  o -y eso ya era insólito- algún alumno de Andalucía o de Cataluña. Todo esto es reflejo de que se está produciendo un cambio. Por ello es necesario que sigáis trabajando duramente en vuestra próxima etapa.

Aquí, en el instituto, habéis convivido en una pequeña comunidad, pero os espera otra, más grande y compleja, cuando salgáis por la puerta para empezar a hacer una nueva etapa de vuestra vida.

Y, como nosotros, vuestros profesores y profesoras, seguiremos aquí algunos años más, sí que me gustaría, ya para terminar, recordaros las palabras de uno de los más grandes pensadores apócrifos de nuestro país, me refiero a Juan de Mairena:

“Vosotros debéis amar y respetar a vuestros maestros, a cuantos de buena fe se interesan por vuestra formación espiritual. Pero para juzgar si su labor fue más o menos acertada, debéis esperar mucho tiempo, acaso toda la vida, y dejar que el juicio lo formulen vuestros descendientes . Yo os confieso que he sido ingrato alguna vez  -y harto me pesa- con mis maestros, por no tener presente que en nuestro mundo interior hay algo de ruleta en movimiento, indiferente a las posturas del paño, y que mientras gira la rueda y rueda la bola al azar, nada sabemos de pérdida o ganancia, de éxito o de fracaso”.



jueves, 24 de mayo de 2012



LA LARGA SOMBRA DE LA INTRANSIGENCIA

Las palabras de Cernuda refiriéndose a la ignorancia que precipitó a otros en la nada y su afirmación de que la historia de España fue actuada por enemigos enconados de la vida, son palabras que siguen teniendo vigencia en estos tiempos de crisis en los que algunos gobernantes muestran su intransigencia ante la situación de grandes sectores de la población española,  que vive con angustia la incertidumbre generada por la crisis que sufre el país.
Vivir contra ellos y esa ignorancia suya no es vida que a nadie apetezca, pero dado que son ellos los que emplean la ignorancia, el desinterés y el olvido, sus armas de siempre, contra los que no somos como ellos, no  queda más remedio que luchar para evitar que nos precipiten en la nada, como ya hicieron con todos los que, en otros tiempos, no  compartieron sus dogmas. 
Pero, ¿cómo combatir frente a esas armas en un país cuya historia está llena de tópicos, de fábulas y de engaños, que a fuerza de ser repetidos parecen ciertos? Un país donde, como ya dijo Cernuda,  el pueblo ha sido adoctrinado desde antiguo en creer que la razón de soberbia adolece. Desde que en el siglo XI, se impuso la escolástica, como corriente teológico-filosófica que propiciaba la subordinación de la razón a la fe, la cultura se supeditó a las exigencias del dogma y todos los que optaron por otras vías fueron acusados de disidentes y no tuvieron otra que callar o enfrentarse a la intransigencia  de los que habían implantado la ortodoxia.
La historia de España está llena de genocidios, expulsiones colectivas, conversiones forzosas y de otra serie de humillaciones, dirigidas a los que han calificado desde la ortodoxia como el otro, el contrario, la anti España ¿Dónde se encuentra el origen de la intransigencia que ha determinado que en este país las diferencias siempre se hayan resuelto mediante la anulación del disidente? El que ha disidido con la común doctrina, creencia o conducta ha sido considerado hereje y, por lo tanto contrario al credo del que ostenta el poder. Aquí está la clave de la intransigencia que ha caracterizado nuestra historia: la simbiosis del Dogma y el Estado en las caras de una misma moneda.  Desde entonces, el intransigente no encontró límites para imponer sus verdades a quien no las compartía.
Como muestra de las tergiversaciones, en el manual de Historia Universal y de España, que usé en mis tiempos de estudiante de bachillerato, leo unas palabras referidas al rey visigodo  Recaredo:
 Éste, impresionado por el martirio de su hermano, siguió los consejos de San Leandro (arzobispo de Sevilla, que había convertido a Hermenegildo), se convirtió al catolicismo (587) y ratificó su conversión en el III Concilio de Toledo (589). Como la mayoría de los visigodos siguieron el ejemplo de su rey y se convirtieron al catolicismo, la Iglesia adquirió una gran influencia sobre la sociedad visigoda, y los obispos gran ascendencia sobre los reyes. Los Concilios de Toledo, que hasta entonces sólo habían sido asambleas eclesiásticas, se convirtieron en un importante órgano de gobierno, del que formaban parte nobles y obispos, para resolver, a la vez asuntos políticos y religiosos.
Otra de las joyas de aquellos años, empleada en la escuela nacional católica,  era la Enciclopedia Álvarez, en la que se decía sobre Hermenegildo (al que trata como San Hermenegildo)  que “era hijo de Leovigildo y por negarse a renunciar a la religión católica fue perseguido por su padre y murió martirizado en Tarragona”.
Si, con estas historias fabuladas y falseadas, nos educaron a varias generaciones, no es de extrañar que la ignorancia haya hecho y siga haciendo estragos en este país. Quienes tengan  interés por salir de su ignorancia, pueden comprobar, gracias a la luz aportada por las investigaciones, que la historia de Hermenegildo nada tiene que ver con lo que nos enseñaron en la escuela, que no era otra cosa que una tergiversación más de la historia, en función de los intereses ideológicos de los que controlaban las estructuras del Estado.
Lo cierto es que, durante los siglos de dominación visigoda en Hispania, el comportamiento  de los reyes visigodos, hacia las diversas creencias de la población, se distinguió por la tolerancia que tradicionalmente había caracterizado la actitud religiosa de los reyes visigodos respecto a los otros credos diferentes al arrianismo.  Esta costumbre cambia con Leovigildo, una vez que el monarca decide establecer la unidad territorial y fortalecer la autoridad regia, al encontrarse con la oposición de algunos miembros del episcopado católico ortodoxo, entre los que se encontraban Leandro de Sevilla; Masona,  obispo católico de Mérida; y Frominius, obispo católico de Agde. La implicación de estos obispos nicenos en la sublevación obliga al rey a tomar medidas contra ellos, pero en ningún momento puede decirse que hubiera  persecución religiosa, a pesar de los testimonios de Isidoro de Sevilla y de Gregorio de Tours, por cierto, nada imparciales en sus escritos, debido a que estuvieron implicados en las luchas contra el rey Leovigildo.
Sabemos que, solo un siglo antes del III Concilio de Toledo, en la Hispania visigoda se profesaban diversos credos religiosos: catolicismo, priscilianismo, arrianismo, judaísmo, religión romana y credos indígenas. Sin embargo, no todos  pudieron desarrollarse del mismo modo, ya que ciertas personas  o religiones que gozaban de un status privilegiado en la sociedad  o se creían poseedoras de la ortodoxia intentaron en ocasiones imponer sus dogmas e impedir la expresión y manifestación de otras creencias, aun cuando las adhesiones a su credo no fuesen sinceras. Con tal motivo trataron de suprimir los símbolos religiosos, las señas de identidad y los lugares de culto de quienes pensaban de otro modo. En consecuencia, algunos de esos credos fueron desapareciendo, de modo que en el siglo VI los más importantes, de los que se seguían conservando entre la población de la Hispania visigoda, eran el arrianismo, el catolicismo y el judaísmo.
Desde que en el siglo IV los visigodos se habían convertido al arrianismo, este credo se había convertido en un signo  diferenciador de la identidad goda y en consecuencia no existía ningún interés por parte de los visigodos en conseguir nuevas conversiones. Esta actitud favoreció la coexistencia con los hispanorromanos, que eran mayoritariamente nicenos o católicos, pero las cosas cambian cuando se abjura del arrianismo y se declara el catolicismo religión oficial del reino visigodo de Toledo.
Si las palabras de los reyes y los obispos tenían algún significado real, no podía haber tolerancia para aquellos a los que era imposible integrar completamente en la nueva sociedad que deseaban construir.  Antes del Concilio del año 589, la situación era de cierta condescendencia por parte de los reyes con los otros credos que había en la sociedad hispana, pero la decisión de Recaredo de convertir el credo católico como religión oficial del reino visigodo cambió la situación. Al abjurar del arrianismo, los seguidores de este credo quedaban en situación ilegal, pues las decisiones  adquirieron fuerza de ley al publicar el rey un edicto de confirmación del Concilio. Se establecieron penas muy graves para los que desobedecieran. A partir de ese momento podían imponerse penas como la confiscación de bienes para los miembros de la nobleza y  el destierro y la pérdida de propiedades para los de las clases inferiores. Los godos y suevos fueron convertidos al catolicismo por decreto y a los judíos se les permitió seguir practicando su fe, aunque a partir de ese momento, en sucesivos concilios,  comenzó a desarrollarse una legislación llena de hostilidad hacia ellos, de modo que se inició una persecución que, si en un principio era ideológica, terminó siendo étnica. Los judíos sufrieron el endurecimiento de las leyes en contra de su religión: se prohibieron algunas de las prácticas fundamentales del judaísmo, como la celebración de la Pascua, las ceremonias matrimoniales o el rito de la circuncisión, incluso se les ordenó  que abandonaran sus hábitos alimenticios; también perdieron el derecho de iniciar acciones legales contra los cristianos o de testimoniar en su contra. Incluso, se desconfiaba de los bautizados obligándolos a pasar las festividades en presencia del obispo de la localidad. Como puede verse eran medidas humillantes, que atentaban contra la dignidad de cualquier persona y vulneraban lo que hoy se reconoce como Derechos humanos.
La intransigencia mostrada por los obispos ortodoxos y la dureza de las leyes parece ser que no era practicada por muchos nobles y algunos reyes, que solían ser tolerantes, hasta que eran presionados por los obispos que les recordaban la conveniencia de aplicar las leyes contra los que no practicaban la ortodoxia católica. Esto condujo a una situación de descontento entre la población, que explica que una vez que se produzca la caída de la monarquía visigoda y la llegada de los árabes a la península, sean miles de hispano visigodos los que se conviertan al islam y que los hispanojudíos reciban a los nuevos invasores con agrado, pues para ellos supuso el fin de la intransigencia y de la persecución a la que los tenían sometidos las autoridades católicas.
Durante la época de gobierno andalusí puede decirse que, salvo los periodos de predominio almorávide y almohade, los musulmanes hispanos -¿cómo llamar a quienes llevaban siglos en la península?- practicaron políticas de tolerancia respecto a los judíos y cristianos que vivían en su territorio. El islam respetaba los otros credos, aunque quienes se convirtieron en musulmanes gozaron de más ventajas que los mozárabes y los judíos. En los territorios en los que fueron surgiendo los reinos cristianos también se dio la convivencia de diferentes credos, salvo periodos en los que predominó la intolerancia por parte de algunos sectores del clero católico que inducía a una cierta judeofobia, tal como puede encontrarse en algunos autores literarios, entre ellos Gonzalo de Berceo, y en las predicaciones de ciertos  clérigos como es el caso de Ferrán Martínez, archidiácono de Écija. Fueron especialmente cruentos los pogromos de junio de 1391: en Sevilla resultaron asesinados   cientos de judíos, y se destruyó por completo la aljama, y en otras ciudades, como Córdoba, Valencia o Barcelona, las víctimas fueron igualmente muy elevadas.
Es curioso el caso de los mozárabes de Toledo, tratados, a pesar de haberse mantenido fieles a su fe cristiana bajo dominio musulmán, como vencidos por los cristianos del norte. Cuando Alfonso VI conquista Toledo en el año 1085, los mozárabes vieron como se les suprimía su culto mozárabe y se les imponía el romano en aras de la unidad que estaba imponiendo Gregorio VII, de forma intransigente  y sin contemplaciones.
Otro caso de intransigencia y de intolerancia es el sufrido por los musulmanes de Granada. En 1492, se firmaron las capitulaciones de Santa Fe en las que los vencedores se comprometieron a conceder  perdón general para todos los habitantes del reino, respetar  sus casas y costumbres, leyes, religión, idioma y vestimenta, entre otras cosas, sin embargo la poca disposición cristiana a cumplir los acuerdos llevó a  la imposición de nuevos impuestos a los musulmanes y la conversión forzosa. Todo esto  provoca la rebelión del Albaicín en 1499 y de las Alpujarras en 1500, que supusieron el fin "legal" de las capitulaciones y la conversión masiva de los mudéjares al cristianismo. La intransigencia de algunos eclesiásticos, entre ellos el todopoderoso Cardenal Cisneros, condujo al incumplimiento de las capitulaciones de Granada, y los musulmanes fueron obligados a aceptar  el catolicismo, cosa que hicieron ante la amenaza de ser expulsados de sus casas y de sus tierras. En menos de un año fueron desposeídos de todo, de su lengua, de su religión y de su cultura. Este era el modo de integración que ofrecieron los vencedores. Los que se quedaron en España lograron sobrevivir, hasta que en el siglo XVII se volvieron a fijar en ellos las autoridades y decretaron su expulsión. ¿Se fueron todos? Sabemos que muchos consiguieron quedarse y hoy sus descendientes forman parte de la España actual.

   Unos años antes, en 1492, los Reyes Católicos  habían decretado la expulsión de los judíos, salvo que se convirtieran al credo católico, después de algunos siglos tolerados por los monarcas de los reinos cristianos.   Seguramente,  presionados por los dirigentes de la Iglesia, que mostraban una clara intransigencia con la comunidad judía, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, decretaron la expulsión de todos aquellos que profesaran la fe de la Torá, salvo los que se convirtieran al credo católico. Los judíos que eligieron su fidelidad a la fe de Abraham fueron expulsados de sus casas, de sus tierras y obligados a la diáspora; los demás fueron bautizados y pasaron a formar parte de los llamados cristianos nuevos o conversos.  Esta fue la tendencia dominante a partir del siglo XV, a medida se había terminado la conquista de los reinos andalusíes: implantar la religión católica de los vencedores sobre los vencidos. Ni una gota de transigencia, ni una gota de tolerancia. Conversión o destierro.
Los que se quedaron también sufrieron la intransigencia de la Iglesia y de la sociedad católica, inducida por los clérigos, sobre todo por los dominicos, que se distinguieron por su persecución de la fe judía. Una de las cosas que preocupaba a los musulmanes era que los obligaran a llevar distintivos en su vestuario como los llevaban los judíos. En El caballero de Olmedo, de Lope de Vega,  aparece una escena en la que se refleja esta costumbre de hacer llevar distintivos en el vestuario. Estas prácticas se adelantan en algunos siglos a las aplicadas por los nazis en Alemania y en los países que invadieron durante la guerra de 1939-1945. 
¿Quiénes eran los que decidían que aquellos miles de españoles fueran expulsados de su país, por el mero hecho de no compartir el credo de los que ostentaban el poder político? Hay que recordar que quienes decidían la expulsión de judíos y musulmanes no eran más españoles que aquellos a los que expulsaban. La persecución religiosa supuso que muchas personas fueran desposeídas de sus propiedades y que éstas pasaran a manos de cristianos. Todo un negocio y una motivación para la delación.
Uno de los elementos que funcionó como instrumento de la intransigencia fue el concepto de herejía. Todo lo que se apartaba de la ortodoxia establecida por las autoridades eclesiásticas se consideraba, si era sostenido con pertinacia, error en materia de fe, y era acusado de  hereje  todo aquel cristiano que en materia de fe se opusiera con pertinacia a lo que creía y proponía la Iglesia católica. Para mantener la ortodoxia católica se fundó en 1478  la Inquisición a instancias de los dominicos. El fin de este tribunal era vigilar a los judíos y musulmanes convertidos al catolicismo; después también fueron objeto de su vigilancia otros cristianos que, a juicio de los inquisidores, se apartaran de la ortodoxia. Todos los disidentes podían ser victimas de la Inquisición, que no perdía de vista a erasmistas, alumbrados y luteranos. Todo fue  fruto de una ideología religiosa y política que entendía la diferencia como una disidencia amenazante para la estabilidad de una Iglesia y de una Monarquía cuya legitimidad les venía, según ellos, directamente del cielo.

   Gozaron de mucha aceptación, entre el vulgo ignorante, los autos de fe que propiciaron la condena de cientos de personas por cuestiones religiosas. El primero de estos autos de fe se celebró en Sevilla el 6 de febrero de 1481: fueron quemadas vivas seis personas. La  actuación de la Inquisición adquirió tal dimensión que hasta el propio papa Sixto IV intentó moderar sus excesos haciendo pública una bula en la que reprobaba la labor del tribunal inquisitorial, afirmando que “muchos verdaderos y fieles cristianos, por culpa del testimonio de enemigos, rivales, esclavos y otras personas bajas y aun menos apropiadas, sin pruebas de ninguna clase, han sido encerradas en prisiones seculares, torturadas y condenadas como herejes relapsos, privadas de sus bienes y propiedades, y entregadas al brazo secular para ser ejecutadas, con peligro de sus almas, dando un ejemplo pernicioso y causando escándalo a muchos”.
Sin embargo, la Inquisición funcionó en España hasta el siglo XIX.
Era tal la intransigencia, que no solo corrían peligro los judeoconversos, los moriscos, alumbrados o luteranos sospechosos  sino también  los que “pensaban por sí mismos”.  Un erasmista como Luis Vives decía que no se podía hablar ni callar sin peligro; Un agustino ortodoxo, como fray Luis de León, sufrió prisión por traducir el Cantar de los Cantares al castellano desde la lengua hebrea, para que su prima pudiera disfrutar de los bellos versículos  de Salomón. Una monja carmelita, Santa Teresa de Jesús, sospechosa de iluminismo, tuvo largos y tormentosos conflictos con la Iglesia debido a su insistencia de “tratar a solas con Dios”, sin mediación institucional ninguna.  Consciente del peligro que corría, aceptó la ortodoxia, quizás para no seguir los pasos de sus antepasados de religión judía, que fueron condenados por la Inquisición y obligados a abandonar su natal Toledo. ¿Hasta dónde hubiera llegado aquella mujer de aguda capacidad intelectual sin la presencia de censores y confesores? Algunos siglos después, un ilustrado como Moratín se expresaba con no menos amargura que Luis Vives: No escribas, no imprimas, no hables, no bullas, no pienses, no te muevas y aún quiera Dios que con todo y con eso te dejen en paz.
En un país donde el poder siempre acaba, salvo breves suspiros de tiempo,  en manos de los dogmáticos, no deja de producir terror proclamas como la siguiente: “Lo que nosotros enseñamos es cierto, y lo que no, es falso”. Victimas de esta línea fueron ya en pleno siglo XIX, durante la tan cacareada restauración borbónica de Cánovas del Castillo, los miembros de la Institución Libre de Enseñanza, expulsados de sus cátedras por no adecuar sus enseñanzas a los dogmas de la Iglesia católica, metida en  los pliegues del Estado y actuando de dique a las aguas de la modernidad y de los descubrimientos científicos que no se ajustan a sus dogmas. Son númerosos los ejemplos, que en la actualidad, intentan frenar los avances de un país que quiere romper con prejuicios y falsas concepciones, pero ahí están los dueños de la ortodoxia intentando imponer su moral y sus dogmas para que los gobernantes legislen en función de sus intereses y de su ideología.
Todavía tenemos el  triste recuerdo de cómo  el intento, de la burguesía progresista y moderada de la primera mitad del siglo XX, por separar la Iglesia del Estado, fue traumáticamente impedido con una sublevación militar, legitimada por la jerarquía de la Iglesia,  del mismo modo que Urbano II legitimó  a los ejércitos del medievo para conquistar las tierras de Palestina y hacer la guerra a los turcos al grito de ¡Dios lo quiere!
Y salgo de esta larga sombra de  intransigencia, aunque se podrían poner muchos ejemplos de hoy mismo en los que hablar de memoria histórica, matrimonios entre personas del mismo sexo y de otras cuestiones que solo atañen a la conciencia individual y a la libertad de cada cual para vivir según su conciencia, enfurece a más de un intransigente al que le gustaría que todavía se pudiera aplicar aquello de que  “todo rebelde a la verdad, con la espada debe ser llevado a la verdad”.  Claro, que no saben, debido a su ignorancia, desinterés y olvido, que su verdad no es la verdad.