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sábado, 27 de octubre de 2012

 








CALLEJEANDO CON JUAN RAMÓN

A mi amigo Antonio Mancheño, con quien compartí tantos paseos por Moguer
 

Te invito a pasear por las calles de Moguer en compañía de Juan Ramón Jiménez. No es imposible si tú dejas libre la imaginación; lo demás, comprobarás que es muy sencillo.

Cuando llegues al pueblo busca la calle de la Ribera. En ella se encuentra la casa natal de Juan Ramón… ¿Recuerdas aquel fragmento de Platero y yo en el que el narrador de la historia habla de esta casa?

          -Aquí en esta casa grande, hoy cuartel de la Guardia Civil, nací yo…

Desde la calle de la Ribera te puedes dirigir a la calle Nueva y, una vez allí, buscar la casa a la que se trasladó la familia de Juan Ramón. No olvides el fragmento del libro en el que nos habla de ello:

-Después, mi padre se fue a la calle Nueva, porque los marineros andaban siempre navaja en mano, porque los chiquillos rompían todas las noches la farola del zaguán y la campanilla y porque en la esquina hacía mucho viento.

Leyendo Platero y yo has comprobado que la costumbre de cambiar el nombre de las calles no es sólo de nuestra época, ya antes solía ocurrir. ¿Sabes qué otros nombres ha tenido o tiene la calle Nueva?

          -En la calle Nueva –luego Cánovas, luego Fray Juan Pérez- la casa de don José, el dulcero de Sevilla… ¡Qué encanto siempre, en mi niñez, el de la casa de enfrente a la mía!

Presta atención a los actuales nombres de las calles por las que pasas, por si alguno de ellos te recuerda aquellos otros que aparecen en Platero y yo: la calle de las Flores, la calle del Coral, la calle de Enmedio, la calle de la Fuente, el callejón de la Sal o el del tío Pedro Tello… ¿Has encontrado la plaza de las Monjas? ¿Recuerdas cómo se llama la iglesia donde se encuentra la torre del pueblo?

        -Ya en la cuesta, la torre del pueblo, coronada de refulgentes azulejos, cobraba en el levantamiento de la hora pura, un aspecto monumental. Parecía, de cerca, como una Giralda vista de lejos…

¿Has dado con la plazoleta de los Escribanos?

Una vez que has terminado de callejear por este pueblo marinero por qué no vuelves a leerte Platero y yo y recuerdas aquellos personajes que, como el Arreburra o el niño tonto de la calle de San José, todavía siguen impregnando de tristeza y de ternura estas calles de Moguer.

 

viernes, 19 de octubre de 2012






ENTRE EL CINABRIO Y LA NIEBLA

 

Aunque hayas jurado no regresar, siempre se vuelve porque un día hay algo que te lleva hacia el lugar donde una vez estuviste. Regresas y entonces compruebas que la vuelta no es otra cosa que un intento, quizás inútil, de volver a aquellos momentos que recuerdas. Eres consciente de que te mueves entre espejismos, los mismos que sufre quien perdido en el desierto deambula errático por los áridos espacios que trastornan su conciencia. No importa el nombre que pongas a ese lugar que tú identificas con el pasado, con esa ciudad que fue el espacio por donde anduviste según te informan las imágenes que todavía guardas en tu memoria. Cuando regresas a ella encuentras que sus calles sólo conservan los nombres con los que  entonces se identificaban y no todas, pues en algunas fueron cambiados por el capricho de quienes deciden hoy su destino.

Aunque la ciudad ofrece un aspecto renovado, encuentras algunas casas deterioradas, abandonadas por los que un día vivieron en ellas; o vacías por la ausencia involuntaria de quienes las habitaron. Al pasar por ciertos lugares  evocas las personas que un día anduvieron por allí; y compruebas que donde hace años se encontraban tabernas donde acudías y en las que las voces y el vino te hicieron vivir noches de fiesta, hoy los planes urbanísticos han levantado otros edificios que dan una fisonomía, diferente a la que recuerdas, a las calles por las que transitabas con aquel aire bohemio de tu juventud.

De Almadén recordabas la humildad de sus gentes, su habla característica y sus bailes de carnavales. Las tardes de vinos por algunos de sus bares y las noches en sus terrazas. Días claves como el 23 F que viviste  allí y aquellos años de la transición hasta 1982 en los que toda España vivía sobresaltada por el envenenamiento con  aceite de colza. No fue nunca Almadén una ciudad afortunada, pues como otros núcleos mineros sufrió el expolio de las compañías que extraían sus riquezas y sólo dejaban allí los residuos y las enfermedades propias de las minas. Las riquezas naturales de Almadén no se han explotado en beneficio de sus habitantes, obligados a emigrar a otros puntos de la provincia y del país para buscar las oportunidades que no tuvieron en su tierra de origen. De los más de nueve mil habitantes que tenía a principios de los años ochenta, hoy apenas si pasa de seis mil. En estas tres últimas décadas ha perdido más de tres mil personas, siendo lo más preocupante el progresivo envejecimiento de su población.

Una vez que ha desaparecido la actividad en las minas y se ha producido una pérdida de población, la ciudad está intentando reinventarse con otras formas de mantenimiento y de desarrollo. Es como el ave Fénix que pretende resurgir de sus propias cenizas. Llevados por ese deseo de sobrevivir  los actuales habitantes han cambiado de ocupación  y se dedican a atender a cientos de turistas que vienen atraídos por las ofertas que ofrece una ciudad que aunque ha sido declarada patrimonio de la humanidad no puede evitar que muchos de sus vecinos se quejen de la triste situación en la que han quedado después del cierre de las minas, su verdadero patrimonio,  que fue desde siglos su santo y seña.
 
Cerradas sus minas de mercurio, desprovista la comarca de auténticas políticas de desarrollo de sus recursos ganaderos y agrícolas, sus gentes parecen condenadas al ensueño del turismo, a mostrar a los visitantes sus paisajes, sus museos, sus edificios restaurados… Llama la atención cómo Almadén busca en su pasado los medios para vivir en el presente. La mirada atrás permite encontrar una serie de elementos que transformados en productos culturales pueden ofrecerse a un público ávido de imágenes pretéritas. La galería de penados, el recuerdo de sus mineros, de sus edificios antiguos, la plaza de toros y su gastronomía permiten una actividad de la que pueden vivir quienes todavía no han emigrado y se han convertido en resistentes con la intención de mantener en pie esta ciudad que tiene tras de sí tantos siglos de historia.

No renuncian las gentes de Almadén a otras formas de desarrollo. En las proximidades del casco urbano, de regreso a Ciudad Real, puede contemplarse el polígono industrial conocido como “Pozo de las Nieves”, donde hay más de sesenta parcelas equipadas para la instalación de industrias que pueden ayudar a que Almadén deje de ser esa zona deprimida en la que se ha convertido en los últimos años. El establecimiento de empresas dedicadas a la producción de derivados del cerdo ibérico y de la caza, de quesos elaborados con leche de oveja merina, el envasado de berenjenas en vinagre y otros productos puede ser muy importantes para la zona si consiguen darse a conocer  en el mercado español e internacional.

Este deseo de renacer de sus propias cenizas convive todavía con la presencia de ruinosas costras que la herida del tiempo muestra en las fachadas de sus casas abandonadas, en las que la indolencia de la administración local no ha conseguido borrar esa imagen de decadencia ya endémica desde hace muchos años en la ciudad. Un paseo por sus calles permite descubrir una rejería artesana, puertas antiguas y esas gárgolas de sus tejados rojos que constituyen un peculiar museo al aire libre que no pasa desapercibido a los atentos ojos de los nostálgicos transeúntes. El paseante se obsesiona con esas fachadas deterioradas, iconos que hablan de un presente lleno de contradicciones. A pesar del esfuerzo de la ciudad por sobrevivir, las fachadas de sus casas abandonadas proyectan sobre el visitante la sensación de una ciudad fantasma cuya aspiración no parece ser otra que encontrar en su pasado milenario los recursos para sobrevivir en este presente cuyo horizonte parece estar limitado por el obsceno deseo de quienes se han propuesto dejar esta hermosa tierra fuera de sus planes de inversión, aislada y lejos de los grandes centros neurálgicos del desarrollo.

 

  

 

 

 

domingo, 7 de octubre de 2012








PALABRAS PARA ALICIA
 
Al cumplir los años que cumples si los multiplicas por dos casi te dan los años que yo tenía cuando tú naciste. Para ti son apenas unos años, para mí la mitad de mi vida; para ti una nube de algodón cargada de agua que caerá pero para mí una nube de esas que pasan sin dejar rastro. Me pregunto si te di todo el tiempo que debía darte; si te presté toda la atención que tenía que prestarte. Ser padre no es fácil, nadie te enseña. Ni  siquiera te sirve tu experiencia como hijo aunque te fijes en cómo se portaron contigo y quieras hacerlo igual o mejor. Con el paso del tiempo nunca sabes si acertaste o si no lo hiciste.
 
Tal como están los tiempos  a mí sólo se me ocurre que lo mejor que he hecho es permitir que hayas nacido, haberte visto crecer y vivir los sofocos que siempre dan los hijos y poner los sueños que ponemos los padres. Aunque a veces pienses que porque  
 
Te sentirás acorralada
te sentirás perdida o sola
tal vez querrás no haber nacido.
 
Recuerdo aquellas noches en que te contaba cuentos, muchas veces improvisados a pesar del cansancio de una larga jornada…Pero era dulce ver cómo te quedabas dormida antes de llegar al final…Luego fuiste creciendo y sentí  cómo te alejabas de mí…Pensé que algo no había hecho bien…Pero  después  volviste a ser aquella niña indefensa y dulce que me llamaba por mi nombre y sentí que habías regresado de nuevo.
 
Por eso, hoy cuando ya eres una mujer que se enfrenta a la vida, quiero dejarte esta canción que yo leí hace muchos años pensando en ti aunque  tú aún no habías nacido. Léela con atención y escúchala siempre que te encuentres sola o perdida para que te oriente como siempre me orientó a mí.
 

PALABRAS PARA JULIA
 
Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
como un aullido interminable.
Hija mía es mejor vivir
con la alegría de los hombres
que llorar ante el muro ciego.
Te sentirás acorralada
te sentirás perdida o sola
tal vez querrás no haber nacido.
Yo sé muy bien que te dirán
que la vida no tiene objeto
que es un asunto desgraciado.
Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.
La vida es bella, ya verás
como a pesar de los pesares
tendrás amigos, tendrás amor.
Un hombre solo, una mujer
así tomados, de uno en uno
son como polvo, no son nada.
Pero yo cuando te hablo a ti
cuando te escribo estas palabras
pienso también en otra gente.
Tu destino está en los demás
tu futuro es tu propia vida
tu dignidad es la de todos.
Otros esperan que resistas
que les ayude tu alegría
tu canción entre sus canciones.
Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.
Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino, nunca digas
no puedo más y aquí me quedo.
La vida es bella, tú verás
como a pesar de los pesares
tendrás amor, tendrás amigos.
Por lo demás no hay elección
y este mundo tal como es
será todo tu patrimonio.
Perdóname no sé decirte
nada más pero tú comprende
que yo aún estoy en el camino.
Y siempre siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.

 José Agustín Goytisolo

 

 

 


 
 



 
 
 


 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 


viernes, 28 de septiembre de 2012





LA DESPEDIDA

 

Tardó en hacerlo, pero al final lo hizo. Debió de ser duro para él llegar a esa conclusión después de cuarenta años de docente. Persona educada con buena crianza, pulcra, cuidadosa en las formas y algo conservadora en los fondos. Es, como diría un clásico, una persona de derechas a la española, que no es lo mismo, dicho sea de paso, que ser de derechas a la francesa o a la británica, por ejemplo.

En cualquier caso, cuando lo sufrió en primera persona, comprendió que las malas formas, el despotismo, la chulería, la arrogancia, la grosería, el cinismo también lo practican quienes se han educado en colegios privados, quienes han aprobado unas oposiciones a la abogacía del Estado, quienes van a Roma en peregrinación pagada con dinero de todos… Cuando comprendió todo esto el mundo se le vino encima, pues él creía que eso era propio de los otros, de los que no eran de su clase…

Pensó que el mundo estaba al revés. Después de cuarenta años como profesor en institutos se merecía otra despedida, no que le dieran la patada grosera donde se inician las extremidades inferiores. Estaba enamorado de su profesión, le había dedicado los mejores años de su vida, por sus clases habían pasado cientos de alumnos (y de alumnas, como dicen ahora) y a todos les había intentado transmitir esas formas de urbanidad, de buena educación, además de los conocimientos relacionados con su disciplina académica, en la que, y no es falsa modestia, se consideraba un buen profesor. Y a los hechos se remitía.

Pues bien, ahora que gobiernan los suyos, los que él consideraba ejemplo de buen gobierno, son ellos los que lo obligan a marcharse comunicándoselo cuando está a punto de empezar el curso, así, por las buenas. Sin previo aviso, le mandan un escrito diciéndole que a partir de tal día  de septiembre puede considerarse cesado como profesor de instituto y que pasa a las clases pasivas del Estado sin más. ¿No habrán tenido tiempo de hacerlo de otro modo, con cierta elegancia? Se dice. Ni una palabra de  agradecimiento por sus desvelos, por sus años enseñando, por su dedicación más allá de su sueldo, por su entrega a una profesión en la que predomina la vocación y el compromiso en sacar adelante a muchas personas. Sabía que había cometido errores, que en alguna ocasión había sido injusto, pero se reconfortaba pensando que quien estuviera libre de culpa tirase la primera piedra.

Y al final ha comprendido que esos políticos, los que siempre ha considerado los suyos, a quienes se les llena la boca hablando de la autoridad de los profesores, de su motivación, han entrado como un elefante en una cacharrería desmantelando el sistema público de enseñanza, incluso haciendo buenos a los del anterior gobierno, a los que él nunca había mirado  con mucha simpatía.

Se iba dolido, pero alegre por la despedida afectuosa de sus compañeros de Claustro, los únicos que en definitiva saben valorar su entrega durante estos años, pues ellos conocen mejor que nadie cómo se vive esta profesión tan hermosa  a la que ha dedicado casi toda una vida.


sábado, 8 de septiembre de 2012






 MI CALLE
Mi calle es ancha, cubierta de asfalto, pensada más para los coches que para que convivan las personas. No es una calle para pasear. Los árboles son pequeños y la sombra que proyectan se diluye en el asfalto. Las casas están construidas de modo que aparecen adosadas unas a otras, formando una cadena de fachadas iguales, que con el tiempo han sido reformadas según el capricho de sus dueños dando lugar a una variada gama de diferencias que reflejan ese afán individualista que caracteriza, según dicen, a los españoles.
Los únicos signos externos que pueden dar una imagen del estatus de quienes viven el la calle son los coches. La cantidad de coches puede hacer pensar que las dificultades económicas que sufre el país desde hace unos años no  han afectado a los  vecinos de esta calle, pero todo es apariencia. En realidad la crisis también se ha instalado en ella. Se ha cerrado la peluquería, la cafetería, la pastelería. En el barrio sólo hay una pequeña tahona y una farmacia en la que el mancebo se queja de la escasez de las ventas. Las farolas que dependen de la comunidad se apagan a media noche o sólo se encienden de forma alterna.
Al amanecer comienzan a moverse los vecinos para dirigirse a sus respectivos puestos de trabajo; poco más tarde los escolares pasan con sus mochilas camino del colegio o del instituto, donde este curso tienen menos profesores y más alumnos por aula. Junto a algunos jubilados, empiezan a aumentar quienes han perdido su empleo en los últimos meses. Algunos profesores y sanitarios han sido despedidos a causa de las llamadas medidas para racionalizar la gestión pública. ¿Racionalizar la gestión pública? Así llaman los políticos neoliberales a los despidos de trabajadores y a la destrucción de derechos. Se ha puesto de moda el uso de eufemismos como restructuración administrativa, adecuación  de recursos, racionalización del gasto... Todo ello para encubrir la realidad, para envolverla en papel de celofán y hacérsela tragar a los ciudadanos, convertidos en súbditos, cuando no en siervos, sin conciencia de serlo, por obra y gracia de unos políticos mediocres que han abrazado el neoliberalismo,  el nuevo becerro de oro ante el que se inclinan, para engrosar los beneficios de los que controlan las finanzas.
En algunas casas se han visto obligados a prescindir de cosas vitales,  pues el aumento de impuestos como el IBI, el IVA, el IRPF, la reducción de  sueldos, la pérdida de dos de las catorce pagas anuales o, en otros casos, algo todavía más sangrante, como es el desempleo, han quebrado los sueños de muchas familias, que terminan en un vivir sin vivir que los instala en la angustia y el pesimismo. Tras las puertas de estas casas  se abre eso que llamamos privacidad. Cuando llega la noche y se bajan las persianas sólo se ven  luces en algunas habitaciones. En cada casa habitan seres con sueños, frustraciones,  soledades y miles de proyectos en el aire, proyectos que dependen de la decisión de personas ajenas a su vida y que desconocen su existencia. En esos interiores se ama, se odia, se sueña y se espera. Cuando se cierran las puertas de la calle, se abren otras que conducen a ámbitos desconocidos. Cada casa es un mundo, habitado por seres humanos que viven en realidades distintas, no imaginadas por el vecino de la casa de al lado; por seres humanos que se saludan, cuando se saludan, al cruzarse por la calle, pero ignoran qué vida tienen quienes habitan a pocos metros de ellos, esas vidas paralelas que nunca llegarán a encontrarse, a converger en una relación solidaria. Es en el  interior de las casas donde realmente se desnudan los que viven en ellas: madres mirando tiernamente  a sus hijos mientras estos duermen, amantes dialogando con el amor, ojos en pelea con el insomnio…
La calle ya no tiene la alegría de años atrás, cuando los niños la llenaban con sus gritos y risas. Cuando los vecinos tenían la esperanza de que sus hijos crecieran para que un día fueran personas dichosas, ciudadanos de un país que por fin parecía dejar atrás sus demonios, pero ahora ven que  son jóvenes con futuro incierto, a los que  les están robando los derechos que conquistaron sus abuelos tras una dura guerra y una larga y negra dictadura cuyo final les hizo creer que daba paso a un país democrático en el que la soberanía era del pueblo, pero, apenas treinta y cinco años después, sus dirigentes se han comportado como carreristas, chorizos, expoliadores, arribistas, desvalijadores de las empresas públicas y desmantelando un sistema de enseñanza  y una sanidad pública que hasta no hace mucho era la seña de identidad de un Estado democrático social y de derecho, construido gracias al sacrificio y esfuerzo de dos generaciones de españoles. Hoy la existencia de estos vecinos se ha transformado en una realidad extraña y confusa en la que quienes los gobiernan quieren convertir sus sueños y proyectos en una mezcolanza ridícula. El golpe de Estado invisible que están sufriendo por parte de los neoliberales los ha dejado estupefactos, adormilados.
¿Qué va a ser de esos jóvenes, de esas generaciones dentro de quince años? ¿Engrosarán las filas de esas personas que llegan al albergue para sin techos, que todavía hay abierto a pesar de la política del gobierno, sin más equipaje que un presente vacío? Al pasar por la casa del albergue se escucha una voz ronca, rozada y recia que brota de su  interior; me detengo un momento y me estremezco al escuchar la letra del cante con el que alguien expresa su dolor y su rabia ante la situación en la que vive: 
Desgraciao aquel que come
el pan en manita ajena.
Siempre mirando a la cara
si la ponen mala o güena.
 
Los de más se van a menos
y los de menos a más.
¡Qué mundo tan engañoso
las güertecitas que da!
Y pensando en esas profundas verdades sigo andando por mi calle.
 

martes, 31 de julio de 2012




VERSOS EN TARDE DE CANÍCULA



En estas tardes de canícula es bueno refrescarlas con poemas de amigos. Os presento a dos que escriben versos desde siempre. A uno de ellos lo conozco desde los años del Instituto, mi amigo Fernando; al otro, desde los años de la Universidad, Manolo. El primero es manchego, aunque afincado en Madrid; el segundo, granadino, vive en Málaga. De los dos he escrito reseñas, artículos, prólogos y los he presentado en el Ateneo de Madrid junto a Maestros tan queridos como Claudio Rodríguez y Jesús Hilario Tundidor, de quien guardo un entrañable recuerdo de cuando fuera maestro de Fernando y mío en aquellos años en que ambos éramos estudiantes en Puertollano, a finales de los sesenta. De Fernando recuerdo las tardes en mi cuarto de la calle de Gran Capitán cuando hablábamos de amores, sueños y de proyectos ¿De Manolo? Aquella casa de la calle San Matías, en el corazón del Realejo granadino, por donde pasaron algunos de los que luego se dijeron ser los creadores de la otra sentimentalidad. Manolo tiene ese verbo cálido y equilibrado del buen conversador; Fernando  es menos hablador, más callado, sin que por ello deje de tener facilidad de palabra, pero su conversación es algo más conceptista.  Si recurriera a los tópicos podría escribir que el uno es andaluz  y el otro manchego, y de ahí la diferencia, los rasgos de su carácter. Pero todo esto sería charlatanería, y yo que soy, como Fernando, de Puertollano, no voy a recurrir a esos trucos. Algo hay en los dos que es común: un aire profundo y doloroso en sus versos, que se combina con su vitalismo biográfico, del que doy fe notarial, pues he compartido con ellos algunos momentos de esas ganas de vivir y he sido testigo de que ellos no responden a esa  imagen del poeta solitario que plasma en sus versos sus frustraciones. En sus poemas están las esencias de la poesía, las vetas temáticas de los auténticos poetas (y entre paréntesis digo que ser poeta no es lo mismo que ser versificador) como la herida del amor, la nostalgia indescriptible de esos paraísos que llevamos grabados a sangre y fuego en el alma, o como quiera que se llame.

Fernando Mansilla pertenece a esa generación de españoles de la que un día alguien (Manuel Salinas)  escribió que había venido a partir el siglo en dos mitades y acabó deshecha en mil trozos por el siglo. Aunque personalmente no doy validez al concepto de generación literaria, sí reconozco la posibilidad de que ante una misma experiencia colectiva surjan sentimientos compartidos; esto es lo que produce en mí la obra literaria de Fernando Mansilla: un sentimiento compartido. De su primer libro, “Poemario ensoñado”,  dijo Claudio Rodríguez que era un libro auténtico; y es esta palabra, autenticidad, lo que define sus  obras conocidas hasta ahora, pues Fernando en sus versos se desnuda con una mezcla de candor y abrasiva melancolía; en una escritura sin un plan premeditado, reveladora de sucesivos estados de ánimo, de ciertas desesperanzas y algunas esperanzas, tal como se refleja en este poema  que pertenece a su último poemario, todavía inédito.

AUNQUE AHORA


A los que aguantaron el envite con una mirada comunitaria 

Aunque ahora,
por momentos,
tiemble el pulso,
porque el gallo canta en la noche
y espolvorea en siembra el desatino,
mañana será otro día.
El designio no escapa,
está varado en sufrimiento...
infinitos desvelos derramados...
perpetuas heridas de ausencias.
A pesar de todo, girará la noria,
las negras nubes volarán...
clareará la madrugada,
y nacerán golondrinas de rosal
bajo una primavera de amapolas.
La luna es testigo,
en este juego de ruleta rusa,
el perdedor no se amilana,
su brújula incansable
siempre señala al norte.



Y por orden alfabético, pues tanto monta, monta tanto la poesía de Manuel como la de Fernando, escribo a continuación de Manuel Salinas, pero lo voy a hacer recurriendo a unos versos suyos como presentación:

Quizás no haya nadie más tristes que nosotros
Que vinimos a partir el siglo en dos mitades
Y acabamos en esta calle
Deshechos en mil trozos por el siglo.

Desde que Manolo escribió estos versos ya ha caído más de un aguacero, luego,  pasada la tormenta, su poesía optó por la aventura de vivir y se han convertido en “una sencilla pasión contra la muerte” o, dicho, de otra forma, en un obstinado deseo de vivir feliz, en paz consigo mismo, “la eternidad pequeña del arrayán, la secreta noche del limonero”. Ese deseo de vivir se trasluce en el poema, también inédito, “Carro de fuego”, lleno de imágenes que reflejan esa pasión por la vida, que es música, color, sensualidad…



CARRO DE FUEGO.


 “El poeta mira al mundo como un hombre mira a una mujer”.
 W. Stevens.


 Llévame a los cielos
envuelto en el fuego de las cosas que amas;
hospédame a solas en su corriente;
pídeme socorro con un perfume de flauta de espinas;
avívame, soy lumbre,
violeta sonora de un ático donde las niñas
se peinan con alondras y cantan.
Vuélame la noche, la tarde, el claro día.
Madúrame la casa de verde fruta.
Lléname de saltos de caballo el alma.
Llámame con sueños por mi nombre de poeta.
Coróname de migas de buen pan. Ampárame
y baila hermosa, mientras el mundo se hunde,
con un dulce violín en la solapa.
Regálame esa nube para gastarla juntos;
dime que sí. Dame la tinta, la luz, el agua: todo
lo que sea tuyo y tiemble de alegría
en los falsos oros de esta pavana
que la muerte templa en los atardeceres con niebla.







 


 

lunes, 16 de julio de 2012










VIAJE A RONDA

 A Manuel Salinas, poeta, entre otras, no menos importantes, cualidades.

Subir a Ronda desde Málaga en pleno verano es una aventura indescriptible. Menos mal que el viaje lo hice en un cómodo BMV que en poco más de una hora nos permitió estar aparcando en una de las calles de la mítica ciudad andaluza. Una vez que nos adentramos en el interior de la provincia de Málaga, la ciudad de Ronda aparece enclavada en una agreste serranía, entre crestas de mediana altura y profundos tajos, que han contribuido a acentuar su imagen romántica.

Mi visita a la ciudad se debió a la amabilidad de un amigo al que fui a visitar en su ciudad de Málaga. Su idea era la de enseñarme el escenario del auténtico romanticismo, del que apenas si habíamos estudiado unas pinceladas en nuestros años universitarios. Quizás tenía razón Cernuda al afirmar que si buscamos el rastro romántico de Andalucía, queremos llegar a su corazón, solo Ronda y Cádiz pueden ser elocuentes con nuestro afán. Cádiz lo he visitado en varias ocasiones y tiene esa atmósfera romántica que percibo también  en otra de mis ciudades preferidas, Lisboa.  Pero a Ronda no había ido nunca; por ello, cuando me hicieron la sugerencia de visitarla, no puse ninguna objeción, a pesar de la ola de calor sahariano que llegaba en esos días a la Península.

 Mi amigo, conocedor  de los entresijos del romanticismo literario, resultó ser  un compañero de lujo en esta mi primera visita a Ronda, ciudad que muchos relacionan con el mundo de la tauromaquia y las leyendas sobre bandoleros como José María “El Tempranillo”, pero en Ronda no todos los personajes conocidos han sido toreros o bandoleros. Callejeando por la ciudad se encuentran calles como la dedicada a Blas Infante, abogado, escritor y político, que en 1918 presidió en Ronda la Asamblea Regionalista de las Provincias Andaluzas, de la que surgen los símbolos de Andalucía. La calle de Fernando de los Ríos, en memoria de uno de los políticos más importantes de España. La Carrera de Espinel, dedicada a  Vicente Espinel, poeta y músico, al que se debe la quinta cuerda a la guitarra y  la forma estrófica llamada espinela,  además de ser el autor de la novela picaresca “Vida y obra del escudero Marcos de Obregón” a cuyo personaje también se le dedica una de las vías de la ciudad, la calle de Marcos de Obregón. La calle de Giner de los Ríos, en recuerdo de don Francisco Giner de los Ríos, filósofo, pedagogo y escritor, y uno de los fundadores de la Institución Libre de Enseñanza. La del Arquitecto Martín de Aldehuela, en honor de quien dirigió las obras de uno de los monumentos emblemáticos de la ciudad: el Puente Nuevo, magnifica obra que impresiona a quien la contempla por primera vez; a él se debe también el diseño de la Plaza de Toros. También se recuerdan pintores como el renacentista Alonso Vázquez  y Joaquín Peinado, considerado como el mas elegante de los pintores que constituyeron la llamada “escuela española” de París, ciudad en la que murió en 1973.

Sin embargo, parece que se han olvidado los nombres de otros rondeños ilustres como   Abbad Ibn Firnas  y Abu-l-Baqa,  que evocan esa tradición árabe que en España, como escribía Cernuda,  “ha sido casi olvidada. Pocos son quienes recuerdan o quienes conocen a los poetas o filósofos, a los artistas árabes españoles. Y sin embargo son nuestros, tanto como los de tradición castellana”.

Y, mientras dejamos atrás la evocación de los nombres que rompen esa  imagen de Ronda como lugar de toreros, bandoleros y gitanas sensuales, nos adentramos por el Paseo de los Ingleses en esa parte de la ciudad donde puede decirse que todavía existe, como en otras ciudades de Andalucía, una “cierta particular atmósfera embriagadora que baña hoy esa tierra y que visible y manifiesta en la época romántica atrajo a muchos viajeros extranjeros”, la mayoría escritores románticos que se sintieron fascinados por la belleza de los paisajes de Ronda. Entre los más conocidos, el francés  Mérimée, cuya obra Carmen, rezuma una España exótica y romántica. Teófilo Gautier fue otro de los viajeros románticos  que cayó rendido ante los encantos de la ciudad. Ya en el  siglo XX, Ronda siguió atrayendo a escritores extranjeros como Rainer María Rilke, que visitó España interesado por la pintura de Velázquez y El Greco; atraído por el clima y la altitud llegó a Ronda y con motivo de este viaje escribió su “Epistolario español”. Otros nombres estrechamente vinculados a la memoria de Ronda  son el de  Hemingway y el de Orson Welles.

En la entrada al parque de la Alameda del Tajo, próximo a la calle de la Virgen de la Paz, se encuentra la estatua de Pedro Romero, creador del toreo  moderno. Exóticas plantas y bellas esculturas que impregnan de esa atmósfera romántica los paseos de sombra, donde surtidores de agua dan frescor en este seco verano que azota la Península. En el itinerario formado  por el Paseo de los Ingleses, el Pasaje de Ernest Hemingway  y el Paseo de Blas Infante  tenemos ocasión de percibir la magnificencia del balcón sobre la sierra, donde- otra vez las palabras de Cernuda- el hombre queda colgado como un ave sobre uno de los paisajes de tierra más espléndidos que se conocen.

Llegamos a la plaza de toros, inaugurada en 1785 por el inolvidable Pedro Romero, en la que llama la atención su portada. En Ronda se celebra todos los años  la famosa corrida goyesca, en la que se intenta evocar la época de Francisco de Goya. En una de las puertas de acceso a la plaza, la llamada Puerta del Picadero de la Real Maestranza de Caballería, se levantan sendas estatuas en memoria de dos de los toreros más queridos en la ciudad: Cayetano Ordoñez “El Niño de la Palma” y su hijo Antonio Ordoñez. Por los alrededores de la plaza deambulan grupos de turistas ingleses, que traen en autobuses desde Marbella para darles un paseo por estos entornos de ensueño. El guía les dice que existe una leyenda, según la cual, en las tardes de corrida, deambula por los tendidos el espíritu de Orson Welles. Cosas para guiris y turistas con bermudas y camisas horteras.

Después de un plácido paseo por los alrededores del Tajo, desde donde se divisan las ruinas de las viejas murallas, que marcaban el perímetro de  la Ronda andalusí, y entre las que  todavía quedan en pie algunas puertas con el arco de herradura, por las que se entraba y salía de la ciudad hace ya muchos años, antes de que fuera conquistada por castellanos y aragoneses en el año 1485. Al finalizar el Paseo de Blas Infante se llega  a la antigua Casa Consistorial, donde hoy se ubica el Parador Nacional, en el centro de la ciudad, en un lugar privilegiado, junto al emblemático Puente Nuevo, construido en el año 1761, con vistas únicas sobre el Tajo. Después cruzamos el puente y nos adentramos en la parte árabe  de la ciudad, donde no dejan de asombrarnos, mientras paseamos por sus estrechas calles, las rejas de las ventanas y balcones de sus casas.

Son tantos los monumentos, entre los que destacan algunas iglesias, palacios, los baños y las murallas árabes, que es imposible visitarlos todos en una jornada, por lo que decidimos volver en otra ocasión y aprovechamos , ahora que nos encontramos en una de las zonas  más populares de la ciudad, para buscar un lugar de buenas viandas. Y cuando el calor aprieta llegamos a  la Plaza Ruedo Alameda, cuyas casas me recuerdan mucho a las de Almagro, y aquí encontramos la bodega “San Francisco, un agradable restaurante donde nos sirven una porra antequerana, hecha con tomate, ajo, pan, recortes de jamón, huevo y un trozo de atún, que, aunque me recuerda al salmorejo de Córdoba o al que yo mismo me preparo en mi casa de La Mancha, sabe a verdadera gloria.  Y es que, cuando uno prueba las joyas  de la cocina popular de este país, aprende que son los matices locales los que hacen único un plato que pasa por ser común. Y fue allí, donde, en un sencillo plato, nos reencontramos, después de una larga y calurosa mañana tras los pasos de los viajeros románticos, con esos matices gastronómicos capaces de  transformar  un plato común en un goce vital;  más, si te encuentras en Ronda y en un mediodía con cuarenta grados a la sombra.