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domingo, 7 de mayo de 2017

DOCE TRISTES CUENTOS



 DOCE TRISTES CUENTOS


Doce tristes cuentos


            Tengo en mis manos un librito de doce cuentos publicados por  Ediciones Albores del que  es autor Fernando Mansilla Izquierdo, de quien ya he tratado en el tren del último curso en otra ocasión para comentar algunos de sus poemas. El libro, con el título de Doce tristes cuentos, está compuesto por doce relatos de los que en el breve prólogo, que sirve de vestíbulo, podemos leer que “estamos ante un desfile de personajes atribulados que sobreviven a acontecimientos vitales estresantes, quizás arquetipos de mujeres y hombres en tiempos de pérdida y en vaivenes y circunloquios emocionales, que barrenan por la pendiente de las desdichas, quedándose en barbecho”.
            Las experiencias de estos personajes tienen lugar en esa gran ciudad de la que aparecen referentes habituales como la Plaza de Santa Ana o el Hotel Victoria, otras se desarrollan en Argamasilla de Calatrava, Puertollano o en otros espacios ciudarrealeños en un  claro homenaje al lugar natal del autor de los relatos.
            “En estos relatos resuena un retrato social y espiritual de fracasados y estigmatizados sociales. Si se adentran en estos doce tristes cuentos, preñados, de incertidumbre, seguro que, a pesar de todo, encontrarán que siempre hay un camino de esperanza”. A pesar de estas palabras sacadas del breve prólogo, ese camino de esperanza es difícil de encontrar en unas historias en las que la mayoría de los personajes están abocados a un destino trágico como el de esa pareja de mendigos formada por Rosario y Dionisio, que mueren carbonizados. Dora, la prostituta marcada con la culpa de la muerte de una de sus hijas por sobredosis. Fidel Paredes Bellón, el protagonista de uno de los cuentos que más me han impresionado, El sombrío jugador de ajedrez, también acaba con su vida. Gregorio, el anacoreta, personaje que tiene un referente real en un individuo que hubo en Puertollano en los años cincuenta y que vivía apartado en la Chimenea Cuadrá; quizás sea uno de los  ejemplos donde hay un síntoma de carpen diem  “porque no se sabe qué puede ocurrir mañana”. El moderno, el yonqui que acaba con su vida arrojándose a las aguas del Manzanares; o el alcohólico de Vio pasar la vida que muere en un café de Madrid en compañía del último amor de su vida, Rebeca, también alcohólica. Y así hasta llegar a María, otro personaje que encuentra la muerte atropellada en una calle de Madrid adonde desafiaba el tráfico en estado de ebriedad. Todos estos personajes son seres angustiados y acorralados que huyen de sí mismos o, en definitiva, de circunstancias segregadas desde unas relaciones sociales determinadas. El autor logra con breves pinceladas que sus  personajes salgan de la abstracción y aparezcan como seres concretos y próximos ubicados en espacios plasmados con descripciones que reflejan estados de ánimos acordes con el alma de los propios  personajes:

“A través de la cristalera se veía la plaza de Santa Ana vacía y hermosa, con una luz que la adornaba de fiesta cualquier día del año. Apenas alguna paloma bajaba a ella, escrudiñaba entre la hierba su alimento y volvía a subir hacia el tejado del Teatro Español. Durante unos segundos quedé con los ojos fijos en un árbol, seguro que no era un ciprés, pero a mí se me antojó que lo era y la plaza un parterre de un cementerio con lustrosos panteones, coronados por el Hotel Victoria.”

            Ha sido necesario que relea estos doce relatos para conseguir deshacerme del  desasosiego que me produjo la primera lectura de los mismos ya que están construidos de tal forma que es fácil que el lector no perciba cómo se desvanece ese punto que separa la realidad de los personajes de esa otra realidad en la que él se encuentra como lector. Este poder sugestivo de la lectura, capaz de romper el punto situado entre la realidad y la escritura, es posible por ese estilo directo que Mansilla plasma en la manera directa y fuerte de su modo de relatar.
            En definitiva, un libro de relatos que viene a sumarse a la  ya dilata obra del escritor puertollanense afincado hoy en la  madrileña localidad de  Pozuelo de Alarcón.




sábado, 8 de abril de 2017

EL CORAZÓN DE UN SUEÑO






EL CORAZÓN DE UN SUEÑO

            Como escribe Eutimio Martín en “Oficio de poeta”, su magnifica biografía sobre el poeta de Orihuela, “Miguel Hernández, pertenece a esa clase excepcional de escritores cuya obra consume su vida y cuya vida consume su obra, de modo que obra y vida terminan constituyendo una sola y misma cosa”.
            Es difícil encontrar en la historia de la literatura española un autor enfrentado a circunstancias más adversas que a las que tuvo que hacer frente quien escribió, entre otras obras, “Vientos del Pueblo” y “Cancionero y romancero de ausencias”: lucho contra la sangre, me debato /contra tanto zarpazo y tanta vena; /y cada cuerpo que tropiezo y trato /es otro borbotón de sangre, otra cadena.  
            Cuando se proclama la Segunda República Española el 14 de abril de 1931 Miguel Hernández tiene ya veinte años. Aunque la República no cumplió todas las expectativas puestas en ella por las clases populares, al producirse la sublevación de julio de 1936 fueron miles de españoles de ambos sexos los que se dispusieron a defenderla frente a la intentona golpista. Miguel Hernández desde el primer momento se  incorporó a la lucha como un miliciano más, construyendo trincheras primero y desempeñando otras funciones en el Altavoz del Frente después. Muy pronto, sobre todo a raíz de la publicación de “Vientos del Pueblo” en 1937, se convirtió en el corazón lírico del sueño que para la España que Antonio Machado llamaba la España del cincel y de la maza significaba la República. Ese mismo año se le rindió un homenaje en Valencia, entonces capital de la República, donde lo declaran “el gran poeta del pueblo”.
            “Ningún poeta defendió la causa republicana con tanta entrega como Miguel Hernández, porque fue precisamente durante la Guerra Civil cuando pudo dar plena satisfacción, a nivel intelectual, económico y social, a su reivindicado oficio de poeta, cuyo libre ejercicio impediría de manera tajante el triunfo de la causa rebelde”. Todavía hoy, a setenta y cinco años de su muerte, emociona y fascina, tal como dice Eutimio Martín, en la obra de Miguel Hernández “su estrecha vinculación con la Guerra Civil, el más dramático intento del pueblo español por la defensa de una dignidad apenas entrevista”. Ese intento quedó roto con la victoria rebelde el uno de abril de 1939, pero no el sueño de aquel corazón que se sintió “pecera melancólica” y “penal de ruiseñores moribundos”.  Después de la victoria rebelde, y tras su frustrado intento de huir a Portugal, Miguel Hernández fue pasando por diversas cárceles: Huelva, Madrid, Palencia, Ocaña, hasta dar con sus huesos en el Reformatorio de Adultos de Alicante. Según Claude Couffon, en su libro “Orihuela y Miguel Hernández”, cuando Miguel Hernández acababa de ser juzgado y condenado a muerte, Rafael Sánchez Mazas, José María de Cossío y José María Alfaro[1] se presentaron en la prisión de Torrijos, Madrid, para verlo. Si Miguel Hernández aceptaba demostrar arrepentimiento, aunque fuera disimulado, ellos estaban seguros de conseguir su libertad. En el fondo, bastaba sencillamente con que él aceptara ayudarlos en sus trabajos. Miguel se encolerizó: “¿Qué trabajos?, y no volvió a abrir la boca. Más tarde relatándole el asunto a Luis F.T., un compañero de prisión, le dijo: “¡Me parece increíble que esos viejos amigos no me hayan conocido mejor! ¡Que hayan venido a verme para hacerme proposiciones deshonestas, como si Miguel Hernández fuera una puta barata! Cuando Miguel fue trasladado a la cárcel de Ocaña esos mismos escritores intentaron una nueva gestión, pero él se negó a recibirlos. A pesar de todo, consiguieron que le computaran la pena de muerte por la de cadena perpetua; pero Miguel Hernández no se arrepintió de nada ni se avino a colaborar con ellos.
            La computa de la pena de muerte por la de cadena perpetua no hizo sino alargar su agonía. Desde el primer momento de la rendición sin condiciones del ejército republicano se evidencia la intención de los ganadores de eliminar por hambre al vencido que no era fusilado. Durante la posguerra se puso de manifiesto que existía una voluntad encubierta de exterminio en las cárceles franquistas, lo que ha permitido a algunos historiadores hablar de un holocausto español. Las condiciones en las que se obligaba a permanecer a los detenidos eran las propicias para el desarrollo de enfermedades como la que acabó con la vida de Miguel Hernández. Al joven poeta de Orihuela jamás le perdonaron que hubiera puesto su talento y su arte al servicio de los vientos del pueblo y no de aquellos que estaban acostumbrados a que el arte estuviera desde hacía siglos a su servicio: Aquí estoy para vivir/ mientras el alma me suene, /y aquí estoy para morir, /cuando la hora me llegue, /en los veneros del pueblo/ desde ahora y desde siempre.”
             Entre los que jamás le perdonaron su compromiso con la República, se encontraba el canónigo Luis Almarcha, luego obispo de León desde 1944 a 1970, que había sido su valedor en los inicios literarios del poeta y que  nada hizo por él cuando le pidieron que intercediera para que Miguel Hernández fuera trasladado desde la prisión de Alicante a un sanatorio donde pudiera recibir los cuidados necesarios para atajar la enfermedad que estaba acabando con él. Almarcha no puso en salvarle la vida el mismo interés que decía tener por salvarle el alma. El 28 de marzo de 1942 llegó la muerte, cuando todavía no había cumplido treinta y dos años. Dicen que si hubiera recibido los cuidados necesarios, la tuberculosis no hubiera seguido el sino sangriento que acabó con su vida, pero quienes podían decidirlo  no lo hicieron dejando que la enfermedad hiciera el trágico papel que en otros casos realizaban los pelotones de fusilamiento.
            Desde el primer poema que leí de Miguel Hernández en aquellos años en los que no era fácil tener acceso a su obra debido a la censura tuve la sensación de que en sus escritos palpitaban muchos de los sentimientos que yo percibía en mi entorno más íntimo. En sus poemas encontraba el latido de aquel sueño que parecía roto desde el uno abril de 1939, pero que muchos  años después sigue vivo en los poemas que nos legó el poeta de Orihuela desde aquel corazón que “ayer, mañana, hoy padeciendo por todo” era  “pecera melancólica, penal de ruiseñores”. El sueño de un pueblo que,  vencido pero no derrotado, todavía se manifiesta en aquellos lectores que se acercan a  la obra del oriolano, “el más corazonado de los hombres” cuyo corazón late hoy como ayer, como latirá mañana, como lo hará  siempre…, porque

Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra,
que yo te escribiré.





[1] Todos ellos destacados miembros de Falange.

lunes, 13 de marzo de 2017

LIGERO DE EQUIPAJE





Ligero de equipaje

(Una lectura de Y portuguesa el alma, de Manuel Salinas)


            He leído el último poemario de Manuel Salinas, “Y portuguesa el alma”, con el mismo afecto que leía sus primeros poemas allá en su cuarto estudio de la casa familiar de la calle San Matías de Granada en nuestra época de estudiantes. El libro está introducido por un magnífico estudio de Sara Pujol Russell que cumple con esa función didáctica que tanto agradecemos algunos  lectores. El prólogo, aunque no lo pretenda  su autora,  puede servirnos de guía para viajar de poema en poema, ya que sus observaciones ofrecen claves que facilitaran nuestra lectura.
            Es el propio Salinas quien dice en “Del lado de la vida” que “todo poeta escribe su autobiografía. Real o ficticia, que más da”. Esto me recuerda lo que escribí allá por los años ochenta del pasado siglo -¡Cómo pasa el tiempo!- en el prólogo para su libro “Zulo de Noviembre”: Salinas ha optado por la aventura de vivir y la convierte en memoria de “una sencilla pasión contra la muerte”. Ahora, añadiría que esa pasión contra la muerte no era sino  una pasión por la vida, la misma que encontramos en “Y portuguesa el alma”, cuyos poemas nos acercan a alguien que como el propio Lope tiene “los ojos niños y portuguesa el alma”.
            Junto a la inocencia de esos ojos niños y de la propensión a enamorarse, en este poemario encontramos la dulzura propia de quien ha nacido tierno de corazón, pues como también decía Lope de Vega “quien no nace tierno de corazón, bien puede ser poeta, pero no será dulce”.
            La inocencia no sólo es presencia conceptual sino que a ella apuntan palabras que transcienden su significado produciendo en complicidad con quien lee una serie de sensaciones visualizadas  en bellísimas imágenes como  “guirnalda donde el aire florece”, “tapia del paraíso” o “agua desgajada de la más alta luz”. Imágenes que nos permiten contemplar con ojos niños el cuadro lírico que crea la palabra transcendida.

Es entrega la inocencia, tapia del paraíso,
agua desgajada de la más alta luz; la belleza
duele en pleno gozo, en pleno
canto, sin pauta, aguda y grave
herida, siempre herida, rosa, rosa siempre.

O la ternura que aparece en la canción “Juncos del Darro”:

¡Qué alegría del agua
entre los junquillos
de la tarde parda!

Juncos del Darro,
de tintes verdes,
¿Adónde iré yo
que no os lleve?

            El recuerdo de Granada no es ya agua oculta que llora sino alegría entre los junquillos de la tarde parda, esa tarde que evoca uno de los símbolos de Antonio Machado al que también alude en “Envío”, cierre del poemario:Y de repente todo se vuelve tan simple que asusta. Se reduce el equipaje. Desnudos como los hijos de la mar. Abandonamos las certezas no sólo porque ya no estamos seguros de nada, sino porque no nos hacen falta. Vivimos de acuerdo a lo que sentimos. Dejamos de juzgar, porque ya no hay ni verdades ni mentiras, sino la vida que eligió cada uno. La verdad ven conmigo a buscarla. ¿La tuya?, quédatela”.
            Estamos ante un poemario de amor, no sólo por el significado de su título, que literalmente sugiere un alma propensa a enamorarse, sino porque corre por los vasos sanguíneos de cada uno de los poemas, como amor que hiere, cura, transforma lo que toca o como lo único que es libre o convida a tocar con las manos otro sol más alto.  
            Al leer el verso ¡Qué triste no conocer la tristeza! que cierra el poema “Miserable el momento sino es canto” no he podido evitar la evocación de  Llegué por el dolor a la alegría /Supe por el dolor que el alma existe.  No sé explicar por qué he relacionado estos versos de José Hierro y el Yo sé que ver y oír a un triste enfada  de Miguel Hernández con este ¡Qué triste no conocer la tristeza!  de Manuel Salinas. Quizás del conocimiento de la tristeza le viene esa alegría…, pues como decía Charles Chaplin “sin haber conocido la miseria es imposible valorar el lujo”. De igual modo quien no ha conocido la tristeza no podría  valorar la alegría ni está en condiciones de escribir, como hace Manuel Salinas:

Ninguna espera turba. Siempre igual
y siempre distinto, el tiempo
no cesa. Quiero entregar a la alegría
la alegría recibida, la dulce libertad de quererte.

Siempre, amor, siempre.

            En el campo de la psicoterapia se dice que a las personas no nos gusta sufrir y que huir del dolor y del sufrimiento en la vida es un acto natural y sabio. Sin embargo, muchas personas que han atravesado por una crisis vital llegan a un estado de “feliz desesperanza”. Cuando pasamos una crisis perdemos la fantasía de que controlamos lo que nos sucede y dejamos de proyectarnos en el futuro. Paradójicamente algunas personas encuentran así un camino que les permite vivir en el presente y abrirse a la gratitud y la alegría de la vida. ¿No es esto lo que se aprecia en los poemas de Salinas? La autora del prólogo, en ese diálogo que tiene con el autor, le dice: Escribes siempre en presente, desde el presente, que es, desde el presente que somos, convirtiendo el presente fugaz en permanencia, con pocas referencias al pasado y con muchas al futuro.
            Aunque no aparece la tristeza, es, diciéndolo con palabras de Blas de Otero, algo que no se ve, pero que el yo poético conoce muy bien, tal como se desprende de ese ¡Qué triste no conocer la tristeza! De ese conocimiento se llega a la alegría y quizás porque ver a un triste enfada hay una voluntad de convertir la tristeza en celebración, en belleza y, aunque la soledad no se redime, en el amor se encuentra la salvación, tal como aparece en ese  Ya no es verdad lo que era/vence el que ama/ en musaraña no queda.
            Una de las palabras que aparece con más frecuencia es cielo ¿Cuál es su significado?  Una vez es un cielo firme más allá del cielo; otra se identifica el cielo con el mundo: Sí, hay mundo. Sí, y es cielo, / es canto, es azul, y es verdad/tanta belleza, tanta llama en la noche, /tanta llaga que aquieta. O cuando se dice: hagamos del cielo el mejor lugar/ de la tierra. ¿Acaso no está expresando que ese paraíso soñado, anhelado, ha de construirse en este mundo, en la tierra, y no en otro? ¿Es la construcción de la utopía aquí? Todo ello engarzado con la idea de compartir, de querer en el otro: Sólo la mano que perdona, / el pan que se reparte, es pan/y flor y vino y ola y luz y hierba. Sólo/ este querer en ti, este compartir/ el susurro de las hojas es aire, víspera, /primavera junto a la primavera.
            Hacer de ese cielo el mejor lugar de la tierra sólo sería posible si cumpliéramos lo que se dice al final del poema Esprit de Finesse:   Mar arriba hay un cielo /que ayuda a entender el nuestro. /Haz el bien, porque es bello. Sé feliz. Te va la vida.
            … Es la hermosura, la indulgencia que nos ayuda a sentir que lo que bien se reparte, bien sabe. Esa luz: aspirar a ser buenos, y no más.







LA VUELTA










La vuelta


            Al entrar en el blog he comprobado que la última entrada es del 22 de febrero del año 2015. Dos años sin poner ni una palabra. ¿Qué ha sucedido para que haya ocurrido esto? No he dejado de escribir en este tiempo, pero ni una palabra para el blog que inicié en el año 2010 cuando todavía me dedicaba a la enseñanza de la Literatura. Recuerdo la ilusión con la que inicié esta aventura. Para mi era algo desconocido y gracias a mis alumnos de entonces y a un compañero me decidí a ello. Pero un día dejé de frecuentarlo… ¿Qué ocurrió? ¿A qué se debió este silencio? ¿La desgana? ¿La pereza? ¿Falta de ilusión? ¿La conciencia de que lo que escribo apenas si interesa? Quizás un poco de todo.
            Dos años que han pasado como el relámpago. Ya no estoy en el instituto y la enseñanza dicen que cada día está peor. Me llega el desánimo desde las aulas. En la radio escucho la oposición a la regresiva LOMCE aprobada por la mayoría absoluta del partido gobernante. No hay debates sobre la educación, quizás porque predomina la mala educación. La política en general es como una de las plagas de Egipto. Sólo se habla de corrupción y de cómo caen los líderes de algunos partidos, mientras que otros se eternizan en el poder. Europa se desmorona y el virus de los nacionalismos se extiende amenazando el proyecto de la Unión Europea. Después de la caída del muro de Berlín en 1991 otros muros se están levantando ante la indiferencia y el silencio de las poblaciones. El muro de Israel, el de México, el del Sur de Europa. El exterminio de la población siria y de otros países… Ver cómo en Turquía se extiende  la sombra de un dictador con la complicidad de los gobiernos europeos. Todo ello produce una desgana que conduce al silencio. ¿Escribir sobre estas cosas? ¿De qué escribir? De los problemas de las personas con las que vivo, paseo, dialogo. Será la herida del tiempo, la perdida de seres queridos…Todo pone su granito de arena para que al final se imponga la desgana  y el tren del último curso haya perdido su fuelle, su energía…
            Pero de pronto ha ocurrido algo. Decido volver, sin importarme si lo que escribo importa a alguien ajeno a mis amigos. Existe la vida Hay muchos motivos para escribir, muchas cosas sobre las que hacerlo  y siempre habrá alguien a quien no le importe subir en el tren del último curso por si encuentra  otro  milagro de la primavera.
Voy a ello.

domingo, 22 de febrero de 2015







La Mancha en "Campos de Castilla"

            Recordando a don Antonio Machado en el día de su fallecimiento he desempolvado este pequeño artículo publicado en el diario “Lanza” en marzo de 1989 con motivo del 50 aniversario de su muerte el 22 de febrero de 1939 en ese pueblecito francés al que llegó junto a tantos españoles del éxodo que huían de las represalias de los que acabaron con el sueño que supuso la Segunda República Española.
            En el Congreso que tuvo lugar en Sevilla en 1989 en torno a su obra se habló de la importancia del paisaje castellano dentro de su conocido  “Campos de Castilla” y del paisaje andaluz, pero observé que nadie prestaba atención a ese otro paisaje, ni soriano ni andaluz, que aparece en la geografía paisajística de Machado. Entonces escribí sobre la presencia del paisaje manchego en los poemas de “Campos de Castilla”, en un breve artículo del que hoy entresaco algunos de sus fragmentos.
            En el itinerario que lleva desde las tierras de Soria a las de Andalucía encontramos lugares que no son las de la “Castilla mística y guerrera” ni aquellos por los que va el “Guadalquivir  corriendo al mar entre vergeles”. En el poema “Desde mi rincón”, enviado a Aranjuez con motivo del homenaje a Azorín, alude Machado a dos Castillas diferentes: la “Castilla de grisientos peñascales” y la “Castilla azafranada y polvorienta”.
            Machado había descubierto en 1907 la Castilla de las tierras altas del Duero, cuyo paisaje se conceptualiza en la primera edición de “Campos de Castilla”. El paisaje de la otra Castilla va apareciendo tímidamente pero con claridad, después de 1912, en la geografía poética de Machado. En el mencionado poema “Desde mi rincón” aparece ya esa “Castilla azafranada y polvorienta, sin montes de árboles purpurinos, Castilla visionaria y soñolienta de llanuras, viñedos y molinos.
            Otro poema, “Las encinas”, nos ofrece una breve pincelada de esta Castilla: “y del Tajo que serpea/por el suelo toledano”. En su “Poema de un día” hallamos el término manchego como signo de una personalidad  propia. Desde Baeza ese rincón “entre andaluz y manchego”, Machado realiza numerosos viajes a Madrid, por ello es lógico pensar que una y otra vez divisa, tras la ventanilla de su vagón de tercera los campos del “ancho llano/ en donde el gran Quijote, el buen Quijano/ soñó con Esplandianes y Amadises”.
            En el poema “La mujer manchega” el poeta escribe: “…Argamasilla, Infantes, Esquivias, Valdepeñas”. Esta serie de sustantivos recuerda al viajero que tiene impresión de que “el campo vuela” y anota en sus papeles los nombres de aquellos lugares que contempla, aunque sin detenerse, mientras pasa el tren “por tierras de lagares, molinos y árboles”. En este mismo poema encontramos la interpretación paisajística que Machado hace de La Mancha: Por esta Mancha –prados, viñedos y molinos- que so el igual del cielo/iguala sus caminos, de cepas arrugadas/en el tostado suelo y mustios pastos como raídos terciopelos.
            Pero hay algo que nos hace pensar que Machado conoce La Mancha mejor de lo que podría conocerla el viajero que la percibe a través de la ventanilla de su vagón de tercera. De la visión de ese “seco llano de sol y lejanía” podemos pasar a espacios más íntimos. Machado nos describe la propia casa manchega, diferenciándola de la castellana y de la andaluza: “…menos celada que en Sevilla, /más gineceo que en Castilla”. Y dentro de la casa encontramos a esa mujer manchega que “alinea los vasares, los lienzos alcanforados/cuenta las cuentas del rosario”. En un poema fechado en Venta de Cárdenas puede leerse: “Tus versos me han llegado a este rincón manchego”, mientras que en “España en paz”, que lo fecha en Baeza, utiliza la expresión “En este rincón moruno” al que don Antonio Machado ha llegado desde Soria.

           

sábado, 16 de agosto de 2014










Temprano levantó la muerte el vuelo
A Juan Manuel López Aranda, in memoriam.

            A Miguel Hernández, a quien tú amabas, le tomo prestado uno de los versos, de su elegía por la muerte de Ramón Sijé, para encabezar estas palabras que me pongo a escribir cuando apenas hace unas horas que me ha llegado la triste noticia de tu fallecimiento.
            Aunque siento lo que quiero expresar, no quiero caer en el tópico, en el discurso hueco donde no se distingan las voces de los ecos. Corro el riesgo de que quienes no te hayan conocido piensen que es este un ejercicio vano y rocambolesco en el que se mencionan una serie de elogios que nada tienen que ver con esas cualidades que te hicieron merecedor del respeto que todos tus compañeros te tenían y te siguen teniendo en el recuerdo. Aunque estas cosas se dicen cuando ya estás ausente, no se dicen para adular ni para pedir nada a cambio. Los elogios que se dan a quien ya no está presente para escucharlos, quizás sean el reflejo de las palabras sinceras que dejamos salir cuando no esperamos algo a cambio.
            Durante estos últimos años sabíamos de tu enfermedad, con la que has convivido épicamente, sin darle tregua en la lucha por vencerla, sin que en ningún momento dejaras de hacer aquello que formaba parte de tu vida. Tus compañeros vieron durante meses cómo asistías por la mañana a impartir tus clases  en el instituto y por las tardes viajabas en el AVE hasta Madrid para recibir el tratamiento con el que vencer esa terrible enfermedad que te amenazaba.
            Has pertenecido a un país, cuna de hombres y mujeres que como tú confirman con su vida que la especie humana es merecedora de todas las cosas buenas. Vivir para ver, para conocer personas sencillas, honestas, honradas, vocacionales, respetuosas, tiernas, solidarias, vale la pena. La existencia de seres con esos atributos me reconforta y me hace sentirme bien con la sociedad. Tú, Juan Manuel, eras de esos hombres de los que Nelson Mandela, a quien admirabas, dijo que cuando han hecho lo que consideraban como su deber para con su pueblo y su país, pueden descansar en paz. Creo que has hecho ese esfuerzo y que, por lo tanto, dormirás por toda la eternidad. Decía el poeta inglés John Donne que cuando se produce la muerte de cualquier hombre uno se siente disminuido al formar parte de la humanidad. Pero, cuando las personas que se van son como tú, la sensación de pérdida se nota más. Al haber pertenecido a una comunidad de la que también tú formabas parte, sé que tus compañeros y alumnos se sentirán – aunque algunos no sean conscientes- disminuidos sin tu presencia, sin lo que durante tus años en el instituto y en otros ámbitos has aportado a todos ellos. Por ello, cuando después de tu muerte he escuchado doblar las campanas de tu pueblo he compartido las palabras del poeta inglés y he sabido que las campanas doblaban por todos los que hemos compartido algo de lo mucho que has dado a lo largo de tu vida.
            Fuiste una persona comprometida, solidaria, afable, simpática, respetuosa, prudente y vocacional. En el medio en el que te conocí pronto llamaste mi atención y te ganaste mi respeto y el de todos los compañeros del instituto. Me hubiera gustado que los burócratas, los políticos triperos, como los llaman por tu tierra manchega, esos tecnócratas se hubieran pasado un día por tu clase y hubieran visto tu dedicación a tus alumnos, dentro y fuera del aula, que tuvieran la sensibilidad –que, como decía Cervantes, no les ha querido dar el cielo- para apreciar tu forma especial de educar, plasmada en esa maravillosa banda de música, que tú seguirás dirigiendo, con la ayuda de tu compañero Francisco, en cada una de las ocasiones que los alumnos que la configuran suban al escenario a ejecutar esas composiciones que harán que sigas presente entre ellos y nosotros.
            Compartimos tertulias e ideas comunes, pero sobre todo pudimos disfrutar durante algunos años de tu presencia, de tu amabilidad, del humor expresado en tus coplillas y, aunque yo ya no pasaré bajo aquel puente, siempre recordaré que personas como tú me hicieron sentirme orgulloso de la profesión que compartimos.
            Juan Manuel, que sigas dirigiendo con tu batuta, en el corazón de los que te seguirán queriendo y en el recuerdo de todos los que no te olvidarán, a esos muchachos y muchachas a los que dedicaste tu vocación y tu amor por la música.
            Hasta siempre, compañero.


viernes, 17 de mayo de 2013





FUE EN MAYO


“Recordar es fácil para quien tiene memoria. Olvidar es difícil para el que tiene corazón”

Gabriel García Márquez
   Cuando el hijo la mira y ve cómo transcurre su tiempo sentada en un sillón junto a la ventana por la que observa la calle en la que ha pasado la mitad de sus días, lo inunda una congoja que se derrama en su corazón. A sus ochenta y ocho años es un testigo de la historia de este país en el que ha transcurrido su existencia y en el que ha sorteado todas las dificultades con las que la vida ha ido azotándola. Nació en plena dictadura de Primo de Rivera, vio en su casa cómo se reunían dirigentes obreros y vivió en primera línea las ilusiones republicanas, luego la guerra y el apocalipsis que se llevó los sueños de los suyos.
   Como ocurre con las personas mayores, le cuesta recordar los sucesos más próximos. Si le preguntas qué ha almorzado no lo recuerda, pero puede narrarte los acontecimientos que vivió hace setenta años. La memoria reciente le falla por esas lagunas cognitivas que causa el paso del tiempo, pero el corazón le impide olvidar aquellos hechos que marcaron su infancia y su adolescencia. Evoca que en su casa había muchos libros que se perdieron después de la guerra. Entre sus lecturas preferidas se encontraban los romances en los   que siempre aparecía alguna historia triste como la de aquel prisionero que sólo sabía si era de día o de noche por el canto de una  avecica que le cantaba al alba, hasta que se la  mató un ballestero. Al escucharla, el hijo relaciona aquella triste historia con el retrato en el que aparece un rostro risueño, de  frente ancha, ojos vivos y labios con una sonrisa que llena de luz la fotografía. Se trata de uno de sus tíos, un joven de 19 años cuya historia se asemeja  a la del protagonista del romance que fue hecho prisionero por el mes de mayo cuando canta la calandria y le responde el ruiseñor, cuando están los campos en flor, encañan  los trigos y los enamorados van a servir al amor…
   Hay fechas que no se olvidan nunca. Ni siquiera cuando la memoria envejece y las neuronas se desgastan.  Ella lo sabe bien. Todavía recuerda aquel mes de mayo de 1940. Nunca lo ha olvidado. Ni la guadaña del tiempo ha logrado segar su memoria. Cuando llega el 20 de mayo afloran las reminiscencias y entonces ve cómo un grupo de fascistas españoles, vestidos con camisas azules, entran en su casa y se llevan a uno de sus hermanos, el mismo joven del retrato, con la promesa de que regresará pronto. Nunca más volverán a verlo. Mucho tiempo después saben que pasó de una cárcel a otra y que el 20 de mayo de 1940 desapareció. No volvieron a saber de él hasta que recibieron aquella nota manuscrita en la que decía con su puño y letra que iba a morir sin culpa e inocente. En la madrugada del 20 de mayo de 1940 se presentaron en la prisión un grupo de guardias civiles con la orden de recoger a los detenidos cuyos nombres  aparecían en la relación enviada desde el Gobierno militar para ser fusilados al amanecer de aquel día. Aunque la cárcel no quedaba muy lejos del cementerio, los condenados fueron trasladados en un camión militar y una vez allí los hicieron  bajar, obligándolos a caminar con las manos atadas detrás de la espalda hasta las tapias del cementerio donde el pelotón se encargaba de acabar con sus vidas.  Allí, junto a las tapias de adobe, lo ejecutaron ceremoniosamente como hacen los asesinos que revisten el crimen con los rituales de su culto y dan vivas a la muerte mientras gritan mueras a la inteligencia.
   Aquella mañana del 20 de mayo su hermano miró por última vez el paisaje donde iba a morir. Nunca había imaginado que un hombre pudiera llegar vivo al lugar adonde iba a ser enterrado. Pensaría en su madre ¿Por qué razón se piensa siempre en la madre cuando está próximo el momento de la muerte? ¿Será cierto que la existencia es la metáfora del círculo?  Todavía no eran las cinco de la madrugada. Hacía frío. Los miembros del pelotón tenían prisa en hacer su tarea y no se descuidaron en llevarla a cabo. A las cinco horas falleció a consecuencia de arma de fuego en ejecución de sentencia, según resulta de oficio del Juzgado Militar... A continuación arrojaron su cuerpo a una fosa común, encima y debajo de los cuerpos de otros fusilados, sin una sencilla caja de madera que lo protegiera del contacto directo con la tierra. Tampoco  se dignaron  en comunicar a la familia ni la hora ni la fecha de su muerte, así que nadie pudo ir a verlo por última vez ni a reclamar su cadáver.
   Cuando hoy alguien que recuerda su historia visita la tumba  donde yacen sus  restos en el cementerio de Ciudad Real, junto a los de otros fusilados por los franquistas desde que terminó la guerra hasta muy avanzada la década de los años cuarenta, y lee la inscripción que han colocado en la tapia que está al fondo -A los que dieron su vida por la libertad y la democracia- piensa que setenta y tres años después este país sigue en deuda con ellos. La losa que la cubre está llena de objetos que distorsionan la memoria de los muertos. Alguien ha permitido la proliferación de iconos ajenos a las ideas que tuvieron muchos de los que yacen ahí y la tumba se ha convertido en una feria de fetiches y confusiones. Lo que debía ser un recuerdo de la barbarie se ha convertido en una imagen de la cultura rancia que impregna este paisaje donde más que el recuerdo de los muertos importa el culto a la muerte. Sobre la losa hay pequeñas piezas de mármol en las que están escritos los nombres de algunos de los fusilados, pero otros muchos no aparecen aunque sus restos estén ahí. ¿Quién ha decidido la ausencia de todos los nombres que nadie ha escrito y que configuran esa enorme geografía del olvido?
   Hay que limpiar estas tumbas del fetichismo que las invade  y  recuperar, como ya se ha hecho en algunas ciudades como Córdoba,  esos  nombres que pertenecieron a los hombres y mujeres cuyos restos  yacen en tumbas como ésta en tantos cementerios de España, esos nombres silenciados por el miedo y la desidia, para que no permanezcan cubiertos por el olvido y la desmemoria.