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domingo, 14 de abril de 2019

ENCUENTRO EN GRANADA











                Supe que Manuel Salinas iba a ofrecer un recital de su poesía en El Ateneo de Granada y que iba a ser presentado por Álvaro Salvador. Me apetecía asistir. Era una oportunidad para acompañar a Manolo leyendo sus poemas y ver a Álvaro después de más de cuarenta años. Se lo dije a Manolo (Salinas) por teléfono y me invitó a que me llegara hasta Málaga, a su casa. Vente en el AVE y el lunes salimos en coche hasta Granada. Pensado y hecho. El domingo llegué a Málaga a medio día. Por la tarde me llevó a ver el Museo Ruso donde se expone una magnífica colección de cuadros de pintura de la que el hilo conductor es la mujer: Santas, reinas y obreras. La galería de retratos femeninos seleccionados es una muestra de la pintura rusa, con autores como Konstantin Makovski o Fedot Sichikov, además de una radiografía social a través de  personajes femeninos de todas las épocas. Entre los retratos de la muestra destaca el de una niña con una sonrisa que cautiva. Su autor es Fedot Sichikov (1870-1958). Me marcho de la exposición impresionado por esa sonrisa cuya contemplación justifica sobradamente la visita.

                El lunes por la mañana salimos hacia Granada. Un día nublado, con llovizna, que nos permitió dar un paseo por las calles próximas a Plaza Nueva. Rememoré la Granada de mis años universitarios. Comida en un restaurante popular donde disfrutamos de un estupendo cocido granadino y un riquísimo arroz con leche. En Granada siempre se ha comido bien y por unos precios honestos.

                A las ocho de la tarde llegamos a la Biblioteca de Andalucía (Biblioteca Pública del Estado- Biblioteca Provincial de Granada), donde va a tener lugar el acto organizado por El Ateneo de Granada que tiene aquí su sede. Veo llegar a Álvaro Salvador. Saludos protocolarios. No me acerco: prefiero esperar para saludarlo tranquilamente cuando termine el acto. En estos años hemos cambiado físicamente, aunque en Álvaro encuentro aquella misma seriedad que ya lo distinguía cuando nosotros éramos estudiantes de Románicas y él ejercía como profesor ayudante en la Facultad. Hoy, tanto Manuel Salinas como yo estamos jubilados en la docencia, después de ejercerla como catedráticos de Lengua y Literatura; Álvaro sigue como catedrático en la Universidad de Granada y su nombre aparece en los libros de texto como uno de los creadores de aquel movimiento poético que arrancó por los años setenta del pasado siglo en Granada: La otra sentimentalidad.

                Al escuchar hoy al catedrático de la Universidad de Granada evoco la imagen del joven profesor universitario que entonces preparaba su tesis doctoral y sin pretenderlo me vienen a la mente los clásicos versos de Manrique “como a nuestro parecer cualquier tiempo pasado fue mejor”, aunque sólo los justifico por la añoranza de la juventud. Entonces este catedrático de instituto jubilado que lo escucha no se imaginaba que cuarenta años después lo vería presentando a aquel otro joven (Manolo Salinas) convertido ya  en un reconocido  poeta. Hemos llegado a vivir un sueño que en aquellos años parecía algo inalcanzable.
               
                Durante el acto Álvaro Salvador recuerda los tiempos de juventud y desgrana algunas claves  de la poética de Manuel Salinas con el rigor que le es propio. Menciona el libro que publicaron como Colectivo 77 (la región (tachado) POESÍA más transparente), del que conservo un ejemplar, en un rincón especial de mi biblioteca, con algunas dedicatorias entrañables, entre ellas la del inolvidable Joaquín Lobato. Manuel Salinas entre poema y poema comenta algunos rasgos de su obra. Me quedo con la referencia que hace a un poeta al que admiro y a quien tuve la fortuna de conocer en Puertollano, gracias a otro magnífico poeta, Jesús Hilario Tundidor, allá por 1969 (el 16 de noviembre). Me refiero a José Hierro del que Salinas dijo durante su intervención: Y él sufrió cárceles, no como otros. Sufrió… Mejor es olvidarlo, porque él lo olvidó. Por el buen gusto y por seguir respetando lo que él hizo y sin embargo no hay ni un momento de amargura ni de hablar mal de los demás. Y por eso yo llevo en mi corazón, y,  repito, casi en todos mis libros este verso: llegué por el dolor a la alegría.

                Pienso que este verso,  - Llegué por el dolor a la alegría- del poeta castellano  al que sigue este otro: Supe por el dolor que el alma existe,  es una de las claves de la nueva etapa de Manolo Salinas, que se adentra en una poética ubicada en el ámbito de la espiritualidad (cuestión que merecería un estudio detallado), tal como puede comprobarse en sus últimos libros: Viviré del aire (2014) y en Inacabable Alabanza (2019), del que transcribo el poema “Y un no sé qué mejor”:

Y UN NO SÉ QUÉ MEJOR

La luz salta en hilos, en arroyos,
se aglomera, juega, se detiene,
caído se ha la aurora. Ahí va.
En qué lumbre de azucenas,
qué pájaro, qué temblor. Allí se alza
la espiga y el naranjel de tu pelo.
Bien sé yo. No hay calma, amor. No:
tu piel junto a mi piel es un incendio

                Una vez terminado el acto con un breve coloquio, firma algunos ejemplares de su último libro. Aprovecho para saludar  a Álvaro Salvador. No tarda en reconocerme  y hablamos de aquellos años en los que se fraguaron tantos sueños. Luego los acompaño a tomar una cerveza en uno de los bares típicos de la zona y allí nos dan las tantas de la noche en torno a la poesía.  

                A la mañana siguiente, antes de volver a Málaga con Manolo (Salinas) desayunamos en el Café Goya, lugar que frecuentaba de estudiante y donde solía encontrar a Juan Carlos Rodríguez Gómez, entonces profesor adjunto y más tarde catedrático de la Universidad de Granada. Juan Carlos Rodríguez acostumbraba  a tomar café en este lugar antes de dirigirse a la calle Puentezuelas donde impartía sus clases de Literatura en la que era la Facultad de Filosofía y Letras, ubicada en el edificio del palacio  de las Columnas hasta que en 1977 se trasladó al actual Campus Universitario de Cartuja. Hay quien todavía recuerda su  importancia en aquellas décadas de los 70 y 80, en las que desempeñó una labor importantísima en la vida cultural de Granada a la que estuvo ligado durante muchos años. Juan Carlos Rodríguez Gómez mantuvo una estrecha vinculación intelectual con el filósofo marxista Louis Althusser, con quien trabajó en París y al que  invitó para una conferencia en la ciudad de Granada en 1976 y de la que todavía conservo el texto integro en español que se nos repartió a las personas que asistimos.

                De regreso a Málaga nos detenemos en un bellísimo paraje conocido como La Venta El Pulgar -¿tendrá alguna relación con Hernán Pérez del Pulgar?- donde paso unos agradables minutos escuchando la conversación que mantiene Manolo y el anfitrión sobre temas diversos relacionados con la literatura, la filosofía, la historia del arte y otras cosas de la vida.

                Así termina mi viaje a Granada para asistir a un acto que me ha permitido un reencuentro y revivir como algo especial aquellos días de mi vida universitaria en la ciudad de El Darro y El Genil. Esta visita a Granada me ha desempolvado muchos recuerdos. Me alegro de haber venido con Manolo Salinas. Se lo agradezco.

Ciudad Real, 14 de Abril de 2019.


miércoles, 2 de mayo de 2018

REMINISCENCIAS PUERTOLLANENSES (TREINTA AÑOS DESPUÉS)


 .
                                                                                                          





REMINISCENCIAS PUERTOLLANENSES   
(TREINTA AÑOS DESPUÉS)




             A mis amigos Alejandro Monroy, Emilio Bautista, Fernando Mansilla  y Ricardo Durán.





“Idealizado por el tiempo fue
lo ingenuamente cotidiano, el barro,
la lluvia, los paisajes, la presencia
que nos dejó su hueco”.
                                               Carlos Álvarez




                “Que estés lejos siempre, siempre/ ya que verte no es soñarte. /Mucho mejor es pensarte que tenerte/Qué lejos siempre, siempre”. Estos versos del onubense Rafael Manzano quise que me sirvieran de pórtico para adentrarme en los resquicios de mi memoria al escribir desde la distancia un pequeño articulo que me pedían para el especial de la Feria de mayo de 1988.

           En aquellos días de abril, llenos de azahar y de jazmín, en Huelva, había que cerrar a veces los ojos heridos por la luz. Pinos y marismas. El mar. A la izquierda de mi estudio resaltaban las blancas casas, no muy lejos, de Moguer.

“Vámonos al campo por romero,

vámonos, vámonos
por romero y por amor…”

            La primera vez que escuché estos versos fue en una de las aulas  del viejo instituto “Fray Andrés” donde estudié el bachillerato y al que regresé años más tarde como profesor. Cinco años entre sus aulas enseñando y recordando estos lejanos y tan próximos versos  de Juan Ramón. Allí, entre el río Tinto y el Odiel, Puertollano quedaba lejos: En el norte del sur o en el sur del norte. ¿Dónde?

            Al recordar lo primero que evocaba eran las calles de mi infancia: Calle de la Torrecilla, calle de la Fuente, calle de Santa Ana, calle del Santísimo, calle de Mendizábal (donde nací), calle del Cuadro, calle de la Amargura (en la que pasé mi primera infancia), calle de la Aduana (antes de Triana y de Fermín Galán durante los años de la Segunda República), calle del Gran Capitán (donde viví). Calles y calles, calles y nombres. Reminiscencias.

            Penetrar en el laberíntico pozo de la memoria, sacar imágenes trascordadas no es otra cosa que tediar con grises anécdotas la ya grisácea realidad de la ausencia. Podemos evocar los rostros, las cosas ausentes y los espacios lejanos en los falsos espejos de la memoria y a través del lenguaje, en los no menos engañosos espejos de la escritura, intentar representar aquello cuya ausencia nos duele. Por ello llenamos con palabras los espacios vacíos, conscientes de que el nombre no sustituye aquello a lo que designa, pero con el deseo de mantener viva la apariencia de lo desaparecido y de lo ausente.

            Al pensar en Puertollano siguen fluyendo en mi conciencia los recuerdos como las aguas de un río desbordado. Preciso es canalizarlo. Los nombres de sus calles están llenos de connotaciones. Imposible decir calle de la Aduana sin pensar en los helados Morán, o recordar la calle de la Amargura sin acordarse de la librería de Pizarro. ¿Cómo ir deshojando el año sin caer en la cuenta de que el 23 de enero es el Día del Chorizo; o que tal domingo es el Día del hornazo? Y que cuando llegaban los últimos días de abril muchas mujeres (a veces algún  hombre) enjalbegaban los patios y las fachadas de sus casas. A Puertollano acudían gentes de todas las partes y de todas las clases: gitanos, chalanes, feriantes, turroneros. Eran las vísperas de la feria.

            Ramón Eiroa en su novela Pozo Levante escribe: “En mayo, con la primavera, el pueblo explosionaba en un pozo de alegría y se diluían las inhibiciones. Era la feria, la feria de mayo. Otra vez volvían los perforistas y nuestros entibadores a bajar con sus hijos al pueblo –la última vez había sido por Santa Bárbara- y después de recorrer las casetas y carruseles, volver cuesta arriba con el paquete de churros recién hechos y los chiquillos desriñonados. Aún a lo lejos,  desde lo alto, se paraban para contemplar los fuegos artificiales de la plazuela de la Virgen. Por aquellas fechas las producciones bajaban, el número de heridos aumentaba y los enfermos de dos o tres días se multiplicaban. Pero ya se sabía, era la feria”. Estas breves pinceladas del escritor gallego, que vivió muchos años en Puertollano, reflejan la importancia que la Feria de Mayo tenía para este pueblo. Eran otros tiempos. En los años cincuenta y sesenta todavía conservaba la ciudad aquella pequeñita, pero coqueta, plaza de toros que desapareció víctima de la especulación. Después de su demolición asistí a una corrida que se celebraba en una plaza portátil, contemplando aquella tarde el más chabacano de los espectáculo, un esperpento irrisorio de la fiesta, algo carente de estética y grotesco: un paseíllo desordenado y sin gracia, un caballista desaliñado y a lomos de un potrenco y, al final, una excavadora arrastrando los cuerpos ya sin vida de los toros. ¿Qué había sido de aquellos troncos de mulillas atalajadas? ¿Qué había sido de aquel caballista garboso que recogía la llave de los toriles? A la demolición de la plaza de toros le siguió años más tarde la del Gran Teatro…Todo contribuía para que Puertollano no pudiera luchar contra las tempestades o barbaridades urbanísticas que se llevaron a cabo en la ciudad.

            Hoy perdurará la ilusión de los pequeños  ante el tiovivo o el regocijo de un viaje en el trenillo de la muerte, ya con otro nombre; y continuará surgiendo el mismo deseo en los niños ante el estaribel lleno de chucherías. La noria de la feria seguirá dando vueltas, unos bajándose, otros subiendo… Los que fueron niños en los cincuenta y en los sesenta recordarán sus  “ferias de mayo”, ya lejanas en el tiempo, con reminiscencias de payasos que los  hacían reír y pasodobles de la banda municipal de música que en su trayecto hacia la plaza de toros, dirigida por Don Emilio (Lozano de Sesma),  animaba con sus notas a algún que otro indeciso para salir corriendo a la taquilla y sacar la entrada antes de que comenzara la corrida, “con el permiso de la autoridad competente y si el tiempo no lo impide”, a las cinco en punto de la tarde.


jueves, 23 de noviembre de 2017

GÉNESIS DE "EL ALJIBE DE LA MEMORIA"




Después de la presentación en Puertollano de  El aljibe de la memoria algunos amigos me han pedido que les diera el texto que había preparado para el acto y que por los duendecillos que revoloteaban por mis nervios se quedó en el bolsillo. Así que aquí está para quien tenga interés en verlo.


Génesis de El aljibe de la memoria

                Cuando en el invierno de 2006 comenzó a hablarse de la ley de la memoria histórica algunas personas reaccionaron negativamente ante el proyecto de ley propuesto por el gobierno de entonces presidido por José Luis Rodríguez Zapatero. Eran muchos los que pensaban que la memoria y el olvido les pertenecían. La idea de que los vencidos recuperasen su memoria y sus recuerdos los inquietaba y comenzaron a hablar de revancha y de desquite por parte de quienes habían perdido la guerra 70 años atrás. No entendían nada, no se trataba de revancha sino del derecho a la propia memoria, a la recuperación de una identidad que les había sido arrebatada tras el final de la contienda, un derecho a la reparación de su dignidad.
            Por entonces yo venía trabajando desde 1996 en la tarea de recuperar la memoria de mis seres más cercanos como un compromiso de mantenerla viva y en perenne combate contra el olvido. Fui consciente de que el silencio impuesto mediante el miedo, el terror y la represión había conducido al olvido y éste a la pérdida de la identidad de los perdedores, incluso a un sentimiento de culpabilidad en las víctimas o en sus descendientes.
            En algunas ocasiones me han preguntado los motivos por los que comencé a escribir este libro. A la hora de explicarme el porqué me doy cuenta de que no hay uno solo sino varios motivos. Uno de ellos está relacionado con el verso de Luis Cernuda, quien en 1962, algunos años después de finalizada la guerra civil, escribió un poema denominado 1936 en el que decía “recuérdalo tú y recuérdaselo a otros”. Por aquel mismo año se publicó en España una novela titulada “Tiempo de silencio”, escrita por Luis Martín Santos, que fuera director del siquiátrico de Ciudad Real durante unos meses.
            Silencio y olvido era lo que predominaba en aquella España de la posguerra. El silencio impuesto mediante el miedo, el terror y la represión de los años 40, 50, 60 y parte de los 70…
            Aunque hubo quien miró para otro lado, no toda aquella población, silenciada y paralizada por el terror, olvidaba  a pesar de que, como escribió Juan Marsé en 1962, los estaban cocinando en la olla podrida del olvido porque el olvido era una estrategia del vivir. Si bien algunos, por si acaso, aún mantenían el dedo en el gatillo de la memoria.
            Fueron ellos, verdaderos resistentes, quienes conscientes de que, tal como dijo Simón Wiesenthal, “no hay pecado más grande que el olvido”, los que mantuvieron el dedo en el gatillo de la memoria e hicieron posible que hoy sus descendientes no suframos de amnesia, la misma que les quisieron imponer a ellos los vencedores, y podamos mantener el compromiso moral de recordarlo y recordárselo a otros.
            Ese “recuérdalo tú y recuérdaselo a otros” es el alma de “El aljibe de la memoria”, donde los testimonios de quienes sufrieron  la represión son los pilares sobre los que he construido el discurso que configura el libro.
            Todos los testimonios y recuerdos recogidos, se han cotejado con las investigaciones de historiadores locales como Francisco Gascón Bueno, Agustín Fernández Calvo, Luis Fernando Ramírez Madrid, Modesto Arias Fernández, Luis Pizarro Ruiz o Julián López García, además de otros historiadores de ámbito provincial, nacional e internacional que se han ocupado de la historia de nuestro país y, muy especialmente, de la guerra civil como es el caso de Paul Preston.
            Ahora bien, aunque en el libro aparecen referencias al  movimiento obrero y otras cuestiones de la historia local, no es un libro de historia, campo en el que no soy especialista, sino memorialista. Mi única pretensión ha sido reconstruir la memoria de aquellos familiares que fueron objeto de la represión –fusilamientos, encarcelamientos, señalamientos públicos, paseos, expolios de bienes, estigmatización- de una de las dictaduras más crueles que sufrió Europa en el siglo XX.
            El proceso de escritura no ha sido  fácil, es más, diría que a veces ha resultado doloroso. Aunque me ha permitido mantener un diálogo con los ausentes, lo que resulta gratificante; cuando, más que en los acontecimientos o en las experiencias vividas por ellos, me he centrado en las emociones de angustia, miedo o sufrimiento que esas experiencias les suscitaron, he tenido la impresión de estar viviéndolas. Así ha sido posible la empatía, llegar a su conocimiento, la única manera de reconstruir la memoria con respeto y comprender aquellos silencios y olvidos.
            Al final queda como un regusto amargo de lo inútil que fue todo aquel sufrimiento y de lo necesario de la reparación, aunque retumben en nuestra conciencia los estremecedores versos de Luis Cernuda refiriéndose a España: Un día, tú ya libre/ de la mentira de ellos. / Me buscarás. Entonces/ ¿qué ha de decir un muerto?
            Ese día ya no podremos devolverles la vida, pero sí reparar su dignidad y recuperar su memoria. Este ha sido mi compromiso, contribuir con humildad, pero con decisión, a la reconstrucción de la memoria democrática de nuestro pueblo con la escritura de  El aljibe de la memoria, en el sentido de que más que nunca, la apelación a una memoria perenne debe servirnos para alertar ante los peligros presentes y futuros.


sábado, 4 de noviembre de 2017

LA MEMORIA CALLADA









EL ALJIBE DE LA MEMORIA, de Román Serrano López, publicado por Ediciones Puertollano; Puertollano, 2017.




 LA MEMORIA CALLADA


Un emotivo homenaje a toda una generación y a un pueblo, Puertollano.

        

          La lectura de esta obra ha supuesto para mí un ejercicio de reflexión  que espero que sea la puerta que cierre un tema doloroso  de nuestra historia reciente y que suponga un paso adelante. Dice Juan Marsé que el olvido es una estrategia del vivir ,seguramente es cierto  y a veces resulta necesario; yo me quedo con dos ideas de tu libro: cuando hablas de la relación entre Alejandra Pérez y Justa Zamora, dos mujeres que sufrieron en distintos bandos la sinrazón de la guerra y que fueron capaces de anteponer su amistad a todo  “ los buenos no solo son buenos ni los malos sólo malos”; otra frase, al final del libro es del historiador Luis Pizarro “ No tengamos miedo a conocerla ( la memoria olvidada) ; esta y todas las que nos permitan cerrar heridas definitivamente”.
         Quizás no compartas mi opinión,- cerrar heridas, mirar al futuro- pero también sé que la respetas.
         Ahora paso a comentar varios aspectos que me han llamado la atención.
       En primer lugar el cariño, la profunda admiración hacia tu madre (“Aljibe de nuestra memoria”, título muy sugerente , el aljibe es agua en reposo que vamos extrayendo poco a poco como la memoria de Presentación callada hasta que tú la despertaste), hacia tu abuelo (para el que “nadie tiene más valor que el valor de ser hombre” “honrado a carta cabal”, “no se andaba por las ramas cuando de atajar canallas se trataba”)) y a  tu familia que sufrió con dignidad los duros momentos. En ellos he creído ver un emotivo homenaje a toda una generación y a un pueblo, Puertollano.
         Me ha sorprendido la manera de resolver el estudio minucioso, detallado, historiográfico  (documentos, fechas, fotografías) presente desde el inicio con el punto de vista más personal, con los comentarios  y reflexiones que aparecen a lo largo de toda la obra pero sobretodo en la última parte.  El narrador en tercera persona que cuenta los hechos desde fuera, se mezcla con el mismo narrador que aporta su opinión y con el narrador en primera  persona que aporta el punto de vista más histórico. También me parecen un acierto los distintos tiempos : la madre llena de dolor por la muerte de sus seres queridos en los años 39/40  y la madre hoy vista por el hijo con la nostalgia del pasado; el tío que sufre en presente y el tío que hoy rememora ese triste pasado. Todo esto explicado en una prosa culta pero no pedante; cuidada pero deliberadamente fácil  que hace que la lectura resulte amena.
         Para alguien que se ha dedicado toda la vida a la literatura es casi obligada su presencia en su forma de escribir. He anotado referencias a autores que sé muy queridos para ti: Unamuno, Machado, Cernuda, León Felipe,  Juan Marsé, Miguel Hernández ; otros más lejanos como Fray Luis de León, Bécquer o Lázaro de Tormes y entre los más actuales García Márquez o Muñoz Molina. Eso es formación y algunos dirían “deformación” profesional.
         En definitiva, creo que El aljibe de la memoria es el resultado de muchas horas de trabajo (¿Cuánto tiempo de tu vida le has dedicado?) de la que te puedes sentir orgulloso  y de la que todos podemos aprender.

Inmaculada Lamarca Maján
Catedrática de Lengua y Literatura







lunes, 12 de junio de 2017

CUANDO SE ACERCA LA ÚLTIMA LUNA







Cuando se acerca la última luna


            Hace unos días que he recibido el último poemario de Fernando Mansilla Izquierdo, publicado por la editorial UNOMÁSUNO dentro de su colección GOMA DE BORRAR, en la que hace el número 3. Es un librito de cincuenta páginas en las que aparecen los poemas, además de  en español,  traducidos al ruso por Yuri Shashkov.

            Después de una primera lectura me ha venido a la mente aquel poema de Bécquer que tantas personas habrán  leído alguna vez a lo largo de su vida:

¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul;
¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.

            ¿Y tú me lo preguntas? Poesía eres tú. Así resolvía Bécquer la cuestión sobre lo que se entendía por poesía en el siglo XIX, después de haber pasado por el denominado Siglo de las Luces durante el cual se transformó lo que hasta entonces se había entendido por poesía. El dilema entre razón y sentimiento, el romanticismo lo resuelve a favor de este último e identifica la poesía con el sentimiento, o al menos lo que hoy entendemos como poesía lírica.

            He recurrido a esta breve introducción para situarme frente a los textos del último poemario publicado por Fernando Mansilla Izquierdo con el título de “Estación término”. Son veinte poemas que forman un “icosaedro poético”, según se menciona en el prólogo que los precede, donde puede leerse que estos poemas están formados por vivencias de la realidad que se hace eco “de la melodía que da cuenta del estado del corazón”.  Bien, si estos versos dan cuenta del estado del corazón, no atienden a otro que al ámbito de los sentimientos.

            Nuestra manera de percibir el mundo depende de nuestra manera de mirar la realidad. Fue Campoamor quien decía que nada es verdad ni mentira sino del color del cristal con que se mira. Estos veinte poemas de Fernando Mansilla son una percepción del mundo a través del cristal de su mirada. Hay datos objetivos, imposible de transformar, sea cual sea nuestra voluntad de percibir la realidad, sobre cómo nos afecta  el paso del tiempo: Los años cansan y deforman…/todo se ve extraño. /La ruta hacia el nevero se hace dura…/…sólo veo a mi espalda remiendos…/y espera…/no hay misterio en las lejanas nubes…/ni en su deslucido espejo…

            El sujeto que aparece en estos poemas es un ser lleno de hartazgo y sin esperanza, que se dirige al precipicio mientras camina con la mirada hacia dentro porque fuera sólo es la vida ciega. Todas las imágenes son estremecedoras, desesperanzadoras, angustiosas, dolorosas y desgarradoras. El predominio del yo apenas deja aflorar la presencia de otras personas que podrían facilitar la comunicación a ese sujeto atormentado. Sólo aparece una tímida alusión a otra persona: “nunca debí rozar sus labios” o “no puedo pronunciar su nombre” o “como tú”.

            Una mirada pesimista que recuerda a Quevedo y su manera de entender la vida como un camino hacia la muerte. Llegando a este tramo de la lectura me surge la pregunta de si me encuentro ante un pesimismo realista o ante un realismo pesimista. Llama la atención la denominación negativa de los poemas: Ya no quedan; No hay fiestas; Hoy…no creo; No quiero despedirme; No sé por qué.  
           
            A veces parece que hay un poco de esperanza cuando bebe “el cáliz de claridad del día” o se extasía  “con la luz purpura de la mañana”, pero “con la noche de asfalto y el cielo sin luna llueven los arrepentimientos que desvelan y devoran cualquier átomo de regocijo”:

Un día tras otro…
pesada carga…
bebo el cáliz de claridad del día…
y la luz purpura de la mañana…
me arroba…
con secreto alborozo…
con la noche de asfalto…
y el cielo sin luna…
llueven los sentimientos…
que desvelan…
y devoran…
cualquier átomo…de regocijo

            Encuentro leves ecos de Antonio Machado como cuando escribe que “No quiero despedirme”: algo se marchita… en cada despedida…”;  o ese “como tú” de León Felipe en ese bellísimo poema “Jardines de sonatas:

Jardines de sonatas…
que nacen silvestres…
no quiebran…ni se rinden…
beben en el río y bailan al viento…
como tú…
como tú…quiero
beber en el río y bailar al viento…
cambiar en la fragua mi destino…
huir del pasado…persigue los talones…
como tú…espero el milagro

            Aparecen  rasgos propios del estilo de  Mansilla como es el uso de puntos suspensivos que proporcionan a los poemas cierta tensión y ese  tono misterioso que ya apuntaba en su libro de 1987, sobre el cual escribí hace ahora treinta años que sus poemas eran “como ex abruptos que el alma del autor arroja para liberarse de los fantasmas que se han incrustado en sus bastidores, fantasmas que nos dominan a veces: el pánico, el dolor de la ausencia, el insomnio, la sensación del tiempo perdido, los espacios inalcanzables, el deseo de volver al vientre materno…”. Curiosamente, hoy encuentro esa acción de arrojar en uno de los poemas de este último poemario: Arrojo…/ palabras al aire…/ caen componiendo versos…/ con enigmáticas profecías…/ injertan un miedo invasor…/ poco a poco…/ consume…/ y envenena la alegría…/ y…los sueños. Esto hace pensar que en la lirica de Mansilla se da una recurrencia muy en consonancia con esa idea del eterno retorno o de ese carrusel sin fin…

            Con el paso del tiempo parece que aquellos fantasmas han ido adquiriendo cuerpo y dejando de ser temas  literarios para convertirse en la cruda realidad que nos conduce a esa estación término “donde desembocan y mueren…/ flores y cardos…”.

            Quedan otros poemas, en los que también se refleja ese sentimiento más profundo, apareciendo en su escritura sin disfraz alguno, con una clara pretensión de encontrar ese bálsamo que haga reverdecer la esperanza.

            Me he pasado la mitad de mi vida explicando poemas que otros escribieron, poemas en los que se hablaba del amor, de la muerte, del dolor expresado por seres que respondieron a nombres como Garcilaso de la Vega, Francisco de Quevedo o Rosalía de Castro, siendo consciente de que los sentimientos que subyacían en aquellos textos habían sido material inconsciente, sufrido o gozado por quienes supieron transformarlo en escritura. Esta experiencia me permite hoy al leer estos poemas de estación término percibirlos como la expresión del sentimiento de alguien que sufre  la fugacidad del tiempo y la caducidad de la vida.


             

domingo, 7 de mayo de 2017

DOCE TRISTES CUENTOS



 DOCE TRISTES CUENTOS


Doce tristes cuentos


            Tengo en mis manos un librito de doce cuentos publicados por  Ediciones Albores del que  es autor Fernando Mansilla Izquierdo, de quien ya he tratado en el tren del último curso en otra ocasión para comentar algunos de sus poemas. El libro, con el título de Doce tristes cuentos, está compuesto por doce relatos de los que en el breve prólogo, que sirve de vestíbulo, podemos leer que “estamos ante un desfile de personajes atribulados que sobreviven a acontecimientos vitales estresantes, quizás arquetipos de mujeres y hombres en tiempos de pérdida y en vaivenes y circunloquios emocionales, que barrenan por la pendiente de las desdichas, quedándose en barbecho”.
            Las experiencias de estos personajes tienen lugar en esa gran ciudad de la que aparecen referentes habituales como la Plaza de Santa Ana o el Hotel Victoria, otras se desarrollan en Argamasilla de Calatrava, Puertollano o en otros espacios ciudarrealeños en un  claro homenaje al lugar natal del autor de los relatos.
            “En estos relatos resuena un retrato social y espiritual de fracasados y estigmatizados sociales. Si se adentran en estos doce tristes cuentos, preñados, de incertidumbre, seguro que, a pesar de todo, encontrarán que siempre hay un camino de esperanza”. A pesar de estas palabras sacadas del breve prólogo, ese camino de esperanza es difícil de encontrar en unas historias en las que la mayoría de los personajes están abocados a un destino trágico como el de esa pareja de mendigos formada por Rosario y Dionisio, que mueren carbonizados. Dora, la prostituta marcada con la culpa de la muerte de una de sus hijas por sobredosis. Fidel Paredes Bellón, el protagonista de uno de los cuentos que más me han impresionado, El sombrío jugador de ajedrez, también acaba con su vida. Gregorio, el anacoreta, personaje que tiene un referente real en un individuo que hubo en Puertollano en los años cincuenta y que vivía apartado en la Chimenea Cuadrá; quizás sea uno de los  ejemplos donde hay un síntoma de carpen diem  “porque no se sabe qué puede ocurrir mañana”. El moderno, el yonqui que acaba con su vida arrojándose a las aguas del Manzanares; o el alcohólico de Vio pasar la vida que muere en un café de Madrid en compañía del último amor de su vida, Rebeca, también alcohólica. Y así hasta llegar a María, otro personaje que encuentra la muerte atropellada en una calle de Madrid adonde desafiaba el tráfico en estado de ebriedad. Todos estos personajes son seres angustiados y acorralados que huyen de sí mismos o, en definitiva, de circunstancias segregadas desde unas relaciones sociales determinadas. El autor logra con breves pinceladas que sus  personajes salgan de la abstracción y aparezcan como seres concretos y próximos ubicados en espacios plasmados con descripciones que reflejan estados de ánimos acordes con el alma de los propios  personajes:

“A través de la cristalera se veía la plaza de Santa Ana vacía y hermosa, con una luz que la adornaba de fiesta cualquier día del año. Apenas alguna paloma bajaba a ella, escrudiñaba entre la hierba su alimento y volvía a subir hacia el tejado del Teatro Español. Durante unos segundos quedé con los ojos fijos en un árbol, seguro que no era un ciprés, pero a mí se me antojó que lo era y la plaza un parterre de un cementerio con lustrosos panteones, coronados por el Hotel Victoria.”

            Ha sido necesario que relea estos doce relatos para conseguir deshacerme del  desasosiego que me produjo la primera lectura de los mismos ya que están construidos de tal forma que es fácil que el lector no perciba cómo se desvanece ese punto que separa la realidad de los personajes de esa otra realidad en la que él se encuentra como lector. Este poder sugestivo de la lectura, capaz de romper el punto situado entre la realidad y la escritura, es posible por ese estilo directo que Mansilla plasma en la manera directa y fuerte de su modo de relatar.
            En definitiva, un libro de relatos que viene a sumarse a la  ya dilata obra del escritor puertollanense afincado hoy en la  madrileña localidad de  Pozuelo de Alarcón.




sábado, 8 de abril de 2017

EL CORAZÓN DE UN SUEÑO






EL CORAZÓN DE UN SUEÑO

            Como escribe Eutimio Martín en “Oficio de poeta”, su magnifica biografía sobre el poeta de Orihuela, “Miguel Hernández, pertenece a esa clase excepcional de escritores cuya obra consume su vida y cuya vida consume su obra, de modo que obra y vida terminan constituyendo una sola y misma cosa”.
            Es difícil encontrar en la historia de la literatura española un autor enfrentado a circunstancias más adversas que a las que tuvo que hacer frente quien escribió, entre otras obras, “Vientos del Pueblo” y “Cancionero y romancero de ausencias”: lucho contra la sangre, me debato /contra tanto zarpazo y tanta vena; /y cada cuerpo que tropiezo y trato /es otro borbotón de sangre, otra cadena.  
            Cuando se proclama la Segunda República Española el 14 de abril de 1931 Miguel Hernández tiene ya veinte años. Aunque la República no cumplió todas las expectativas puestas en ella por las clases populares, al producirse la sublevación de julio de 1936 fueron miles de españoles de ambos sexos los que se dispusieron a defenderla frente a la intentona golpista. Miguel Hernández desde el primer momento se  incorporó a la lucha como un miliciano más, construyendo trincheras primero y desempeñando otras funciones en el Altavoz del Frente después. Muy pronto, sobre todo a raíz de la publicación de “Vientos del Pueblo” en 1937, se convirtió en el corazón lírico del sueño que para la España que Antonio Machado llamaba la España del cincel y de la maza significaba la República. Ese mismo año se le rindió un homenaje en Valencia, entonces capital de la República, donde lo declaran “el gran poeta del pueblo”.
            “Ningún poeta defendió la causa republicana con tanta entrega como Miguel Hernández, porque fue precisamente durante la Guerra Civil cuando pudo dar plena satisfacción, a nivel intelectual, económico y social, a su reivindicado oficio de poeta, cuyo libre ejercicio impediría de manera tajante el triunfo de la causa rebelde”. Todavía hoy, a setenta y cinco años de su muerte, emociona y fascina, tal como dice Eutimio Martín, en la obra de Miguel Hernández “su estrecha vinculación con la Guerra Civil, el más dramático intento del pueblo español por la defensa de una dignidad apenas entrevista”. Ese intento quedó roto con la victoria rebelde el uno de abril de 1939, pero no el sueño de aquel corazón que se sintió “pecera melancólica” y “penal de ruiseñores moribundos”.  Después de la victoria rebelde, y tras su frustrado intento de huir a Portugal, Miguel Hernández fue pasando por diversas cárceles: Huelva, Madrid, Palencia, Ocaña, hasta dar con sus huesos en el Reformatorio de Adultos de Alicante. Según Claude Couffon, en su libro “Orihuela y Miguel Hernández”, cuando Miguel Hernández acababa de ser juzgado y condenado a muerte, Rafael Sánchez Mazas, José María de Cossío y José María Alfaro[1] se presentaron en la prisión de Torrijos, Madrid, para verlo. Si Miguel Hernández aceptaba demostrar arrepentimiento, aunque fuera disimulado, ellos estaban seguros de conseguir su libertad. En el fondo, bastaba sencillamente con que él aceptara ayudarlos en sus trabajos. Miguel se encolerizó: “¿Qué trabajos?, y no volvió a abrir la boca. Más tarde relatándole el asunto a Luis F.T., un compañero de prisión, le dijo: “¡Me parece increíble que esos viejos amigos no me hayan conocido mejor! ¡Que hayan venido a verme para hacerme proposiciones deshonestas, como si Miguel Hernández fuera una puta barata! Cuando Miguel fue trasladado a la cárcel de Ocaña esos mismos escritores intentaron una nueva gestión, pero él se negó a recibirlos. A pesar de todo, consiguieron que le computaran la pena de muerte por la de cadena perpetua; pero Miguel Hernández no se arrepintió de nada ni se avino a colaborar con ellos.
            La computa de la pena de muerte por la de cadena perpetua no hizo sino alargar su agonía. Desde el primer momento de la rendición sin condiciones del ejército republicano se evidencia la intención de los ganadores de eliminar por hambre al vencido que no era fusilado. Durante la posguerra se puso de manifiesto que existía una voluntad encubierta de exterminio en las cárceles franquistas, lo que ha permitido a algunos historiadores hablar de un holocausto español. Las condiciones en las que se obligaba a permanecer a los detenidos eran las propicias para el desarrollo de enfermedades como la que acabó con la vida de Miguel Hernández. Al joven poeta de Orihuela jamás le perdonaron que hubiera puesto su talento y su arte al servicio de los vientos del pueblo y no de aquellos que estaban acostumbrados a que el arte estuviera desde hacía siglos a su servicio: Aquí estoy para vivir/ mientras el alma me suene, /y aquí estoy para morir, /cuando la hora me llegue, /en los veneros del pueblo/ desde ahora y desde siempre.”
             Entre los que jamás le perdonaron su compromiso con la República, se encontraba el canónigo Luis Almarcha, luego obispo de León desde 1944 a 1970, que había sido su valedor en los inicios literarios del poeta y que  nada hizo por él cuando le pidieron que intercediera para que Miguel Hernández fuera trasladado desde la prisión de Alicante a un sanatorio donde pudiera recibir los cuidados necesarios para atajar la enfermedad que estaba acabando con él. Almarcha no puso en salvarle la vida el mismo interés que decía tener por salvarle el alma. El 28 de marzo de 1942 llegó la muerte, cuando todavía no había cumplido treinta y dos años. Dicen que si hubiera recibido los cuidados necesarios, la tuberculosis no hubiera seguido el sino sangriento que acabó con su vida, pero quienes podían decidirlo  no lo hicieron dejando que la enfermedad hiciera el trágico papel que en otros casos realizaban los pelotones de fusilamiento.
            Desde el primer poema que leí de Miguel Hernández en aquellos años en los que no era fácil tener acceso a su obra debido a la censura tuve la sensación de que en sus escritos palpitaban muchos de los sentimientos que yo percibía en mi entorno más íntimo. En sus poemas encontraba el latido de aquel sueño que parecía roto desde el uno abril de 1939, pero que muchos  años después sigue vivo en los poemas que nos legó el poeta de Orihuela desde aquel corazón que “ayer, mañana, hoy padeciendo por todo” era  “pecera melancólica, penal de ruiseñores”. El sueño de un pueblo que,  vencido pero no derrotado, todavía se manifiesta en aquellos lectores que se acercan a  la obra del oriolano, “el más corazonado de los hombres” cuyo corazón late hoy como ayer, como latirá mañana, como lo hará  siempre…, porque

Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra,
que yo te escribiré.





[1] Todos ellos destacados miembros de Falange.