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viernes, 24 de mayo de 2019

HISTORIA DE UN HOMENAJE A BLAS DE OTERO EN PUERTOLLANO


COSAS DE PUERTOLLANO

HISTORIA DE UN HOMENAJE A BLAS DE OTERO EN PUERTOLLANO


                Aquel año de 1979 fue un año especial. Las primeras elecciones municipales democráticas tuvieron lugar en abril. En junio se celebró el XXVIII Congreso del PSOE, aquel congreso en el que Felipe González dijo que había que ser socialistas antes que marxistas, para llegar a ese momento en el que ya se dice que hay que ser otras “cosas” antes que socialistas. Esa misma semana fallecía en Madrid Blas de Otero. Apenas tres años antes, lo había visto en el homenaje a Federico García Lorca que tuvo lugar en Fuente Vaqueros (Granada) el 5 de junio de 1976. Blas de Otero había sido uno de los referentes para mi generación. Al morir se pensó hacerle un homenaje en el Centro Cultural de la Villa de Madrid, pero fue tal la cantidad de personas que asistimos que se desbordaron las previsiones y los organizadores tuvieron que posponer el acto. Una semana después se celebró por fin el homenaje en la Plaza de Toros de las Ventas. Fue tal la impresión que me causó aquel acto que de regreso a Puertollano comenté a unos amigos la idea de organizar un homenaje en nuestra ciudad al poeta de la inmensa mayoría. Entre aquellos amigos se encontraba Pepe Juárez, uno de los tres magníficos profesionales que atendían la barra en el Bar Benedicto a finales de los años setenta y cuyos nombres apunto como merecido recuerdo: Pepe, Basilio y el señor Pintor (el más veterano de los tres). Pepe Juárez recibió la idea con entusiasmo y fue quien se encargó de ponerme en contacto con un grupo de personas entre las que recuerdo los nombres de Pablo Céspedes y Enrique López Buil. Pronto se unieron Paco Manzano, Alfonso Castro, Luis Fernando Ramírez y otros a los que me gustaría citar si el paso del tiempo no me hubiera hurtado el recuerdo de sus nombres.  

             Nos pusimos manos a la obra, consiguiendo que la entonces concejala de Juventud nos apoyara desde el primer momento. El grupo fue creciendo y en unos días estaba en marcha la organización del homenaje. Me encargaron un escrito para la prensa provincial, que entonces se reducía al Diario Lanza, y el martes 28 de agosto se publicó una nota de prensa informando de la intención del homenaje, de su contenido y de sus promotores. Como muchos de los que promovíamos el acto éramos entonces estudiantes o titulados sin trabajo, escribí que el acto estaba promovido “por un grupo de trabajadores y de “intelectuales” (atención a las comillas)”. No faltó, como siempre ocurre, quien quiso sacarle punta a las comillas. ¿Qué hubieran dicho si hubiera aparecido lo que alguien escribió algunos años después, calificando a los que ofrecimos aquel homenaje como “esa gauche divine puertollanera del mundo de la Cultura…”



            A los participantes locales quisimos unir algunos nombres de ámbito nacional. Pepe Juárez se prestó a ponerse en contacto con Carlos Álvarez Cruz, poeta de prestigio internacional, al que había conocido durante su permanencia en Carabanchel. Carlos Álvarez, respondió generosamente a la solicitud de Pepe Juárez y nos confirmó su participación. También se pensó en la del cantautor Adolfo Celdrán y su grupo de músicos. Para ello contamos con el apoyo de Herminia Vicente, la joven edil, responsable de la Concejalía de Juventud de la Corporación Municipal formada tras las primeras elecciones democráticas, sin cuya colaboración no hubiera sido posible llevar adelante la realización del acto, tal como tuvo lugar la noche del jueves, 30 de agosto de 1979, con la asistencia de las personas que llenaron hasta la bandera el Gimnasio Municipal.

            El homenaje consistió en la recitación de textos por parte de algunos poetas locales, entre los que se encontraba Enrique López Buil, y la escenificación de algunos textos de Blas de Otero. Este apartado teatral del homenaje “llevó el sello inconfundible y transgresor de Pablo Céspedes” tal como recuerda Alfonso Castro, otro de los participantes.


Alfonso -Castro (en el centro), con Pepe Raja y Víctor Gutiérrez

            Fue relevante la actuación del guitarrista Paco Manzano, que para entonces había ya obtenido el Premio Festival de Jerez (1975) y años más tarde consiguió el 1º Premio “Bordón Minero” Festival Internacional Cante de las Minas de la Unión. Todo un lujo del que disfrutamos quienes esa noche mágica estuvimos allí.


Paco Manzano

            Como anécdota, aquella misma noche se produjo la muerte de Celso Emilio Ferreiro, siendo yo mismo quien a la mañana siguiente le dio la noticia a Carlos Álvarez en el andén de la vieja estación de Puertollano donde esperábamos la salida del tren en el que Carlos volvería a Madrid. Este hecho quedó registrado en un poema del propio Carlos Álvarez,  publicado en  Mundo Obrero el viernes 7 de septiembre de 1979:

“-faciendo yo la vía por el  Calatraveño-
volvía hacia Madrid de Puertollano
en donde, para hablar de otro amigo
que fuera también tuyo: Blas de Otero, entre aquellas
laderas proletarias me encontraba
cuando dio, Celso Emilio, su tañido
por tu voz en silencio la campana
que en mi interior se oía.”




Poema de Carlos Álvarez, en Mundo Obrero.
           
            El homenaje a Blas de Otero en Puertollano fue un acto sencillo, que quiso ser  revulsivo, en un momento de ilusiones que abría una década, la de los ochenta, en la que hubo algunos intentos de transformación que no fraguaron. Cuarenta años después, lo recuerdo sin melancolía. Aunque ya sé que la vida es, como recuerda Leonardo  Padura en uno de sus mejores libros, la historia de una derrota, quienes organizamos aquel homenaje a uno de los mejores poetas del siglo XX, hoy casi olvidado porque ya no está bien vista esa poesía que se llamó social, lo hicimos con la ilusión que teníamos ante el futuro que se abría para nuestro país. Nos movía una doble motivación, que transcribo con las mismas palabras de entonces: por una parte, el hecho de que esta comunidad que es Puertollano es una comunidad que se interesa y necesita de la cultura, y por otra parte, su deseo de testimoniar su recuerdo al que ha sido y seguirá siendo el poeta de la inmensa mayoría, a la que Puertollano pertenece.

Queríamos que el deseo de Blas de Otero se hiciera realidad.

Que no quiero yo ser famoso,
a ver si tenéis cuidado
en la manera de hablar,
yo no quiero ser famoso
que quiero ser popular”

            Luego vendría lo que vino y asistimos con escepticismo a la confusión de lo famoso con lo popular y a la apropiación de la fiesta por los de siempre, quedándose fuera los que no supieron o no quisieron participar en ese baile de máscaras en el que acaba convirtiéndose todo sueño de juventud.

Ciudad Real, 24 de mayo de 2019

jueves, 18 de abril de 2019

PUERTOLLANO A CIELO ABIERTO, UN POEMA DE MANUEL ALCÁNTARA




A Pablo Céspedes, in memóriam 


En 1985 publiqué en la revista Estaribel un poema de Manuel Alcántara  sobre   Puertollano.  Hoy,  al enterarme del fallecimiento del escritor, quiero reproducir en El tren del último curso aquel poema con el análisis que hice en aquel tiempo. Lo publico sin cambiar una tilde, aunque el paso del tiempo podría dar lugar a otras lecturas.

PUERTOLLANO A CIELO ABIERTO, UN POEMA DE MANUEL ALCÁNTARA


            Manuel Alcántara nace en Málaga en el año 1928. Coetáneo de poetas como Agustín Goytisolo (1928), José Ángel  Valente (1929), Jaime Gil de Biedma (1929) y Jesús López Pacheco (1930), entre otros.  Todos ellos viven la guerra civil en su niñez y surgen en el ámbito de la poesía española en los años cincuenta. Y se les ha etiquetado como poetas “sociales” o “comprometidos” frente a los poetas oficiales. No es fácil encontrar el nombre de Manuel Alcántara en trabajos especializados. A este inconveniente se le ha de añadir la escasa validez de los esquemas generacionales, por lo que no pretendo, a falta de otros recursos, etiquetarlo ligeramente. También porque no es mi intención actual centrarme en el autor y sí en un poema suyo que tiene un especial interés por estar relacionado con Puertollano.

            El poema de Manuel Alcántara que transcribo es el titulado “Puertollano a campo abierto”:

Del viento o de la tierra,
solamente del viento,
de la luna metálica,
del oscuro poblado de los muertos.

De allí salieron mástiles
y campamentos.
Del azulado puerto de su nombre
marinero y minero.
De la alta mar del llano
o de los territorios de su puerto.

Hombro con hombro.
Hombre con hombre y a esfuerzo.
Barracas y tinglados
sobre los muertos.
Labriegos de lo hondo,
callados ciudadanos del subsuelo,
inventan los metálicos linajes,
la estirpe del acero,
la patria oscura del carbón dormido
junto al plomo enlunado y mal despierto,
el hierro laboral
y el manganeso
de niebla delicada
hecho con vetas de silencio.

¿Para qué sirven las palabras?

La procesión terrestre va por dentro.
Bajo la voz y escondo la vergüenza
cuando miro sus manos y mis versos.

Bajo la voz.

La bajo hasta la mina
para hablar con algún minero muerto.

            Se inicia el poema con elementos mitológicos: el viento, la tierra, la luna. La creencia de que los hijos vienen de la Tierra surge de la idea de la Tierra como madre engendradora. En la mitología clásica se les considera a los vientos hijos del Cielo y de la Tierra. Los vientos simbolizan, en general, el sentido activo o violento del aire. La luna significa el mundo de las tinieblas. Horacio la llamó “reina del silencio”. La luna está sujeta a la ley universal  del devenir, del nacimiento y de la muerte. Actividad, oscuridad, silencio y muerte configuran ese mundo cuya representación comienza en los primeros versos del poema.
            En los siguientes versos  (7-10) se desmenuza la palabra Puertollano en puerto y llano. El poeta ahonda en sus valores polisémicos y metafóricos. La palabra “puerto” ofrece los siguientes significados en el Diccionario de la Academia (RAE): 1) lugar en la costa, defendido de los vientos y dispuesto para la seguridad de las naves y para las operaciones de tráfico y armamento; 2) depresión, garganta o boquete que da paso entre montañas. Esta polisemia permite el rendimiento metafórico de los versos 9 y 10.
            En el verso 11 y 12 se inicia la epopeya de un colectivo del que se señala la solidaridad cuando escribe “Hombro con hombro”, el compañerismo y el esfuerzo en “Hombre con hombre y a esfuerzo”.

Barradas y tinglados
sobre los muertos.

            Con estos versos se hace una tenue referencia a la existencia de cobertizos y otros tipos de albergue construidos toscamente y con materiales ligeros. En una visita a Puertollano, finalizando los años setenta, otro poeta, Carlos Álvarez, captó también esas “barracas y tinglados” y lo testimonia un poema suyo en el que escribe:

“…, entre aquellas
Laderas proletarias me encontraba
Cuando dio, Celso Emilio, su tañido
Por tu voz en silencio la campana
Que en mi interior se oía.
Laderas proletarias, barracas y tinglados
Un paisaje urbano nada idílico.”

Labriegos de lo hondo,
Callados ciudadanos del subsuelo.

            En este mundo donde el minero es ciudadano, la oscuridad y el silencio son los elementos dominantes. Ese mundo que es reflejo de una patria también oscura y en silencio.
            Y luego el poeta se pregunta: “¿Para qué sirven las palabras?”. Aparentemente no hay respuesta, pero prestemos atención al siguiente verso: La procesión terrestre va por dentro
            De nuevo el poeta nos remite a un mundo interior. Estas referencias al mundo del subsuelo son como ausencia de otro mundo del exterior que apenas se nombra. Ausencia que es constante presencia de una realidad que se presiente aunque no se nombre, que se toca y no se ve. Este verso “la procesión terrestre va por dentro” es una variante de la frase familiar “la procesión va por dentro” que refleja el sentir, la pena, la cólera o la inquietud aparentando serenidad o sin darlo a conocer…Y así las cosas, el poeta baja la voz.
            Veamos el doble sentido que puede tener el vocablo “bajar”: 1) minorar o disminuir alguna cosa; 2) ir desde un lugar a otro que ésta más bajo. El primer sentido es el que tiene en  Bajo la voz y escondo la vergüenza/cuando miro sus manos y mis versos.
            Disminuye la voz y esconde la vergüenza que siente cuando mira las manos de los mineros  -símbolo de una realidad- y sus versos –símbolo de una actitud- que adquiere carácter “social” en el sentido que el término tiene para Gabriel Celaya para el que lo “social” es un eufemismo para designar esa mezcla de indignación y vergüenza que uno experimenta ante la realidad en la que vive. En un segundo sentido el poeta baja la voz hasta la mina, el mundo del subsuelo donde tiene la esperanza de encontrar un interlocutor. Este empleo del doble sentido de la palabra, la necesidad de la ambigüedad viene de la dificultad de la censura que impide la expresión directa y clara en un tiempo “hecho con vetas de silencio”.
            Y para concluir diré a manera de epílogo, pues la interpretación del texto queda abierta, que este poema de Manuel Alcántara escrito con anterioridad a 1975 es, como cualquier otro texto literario, reflejo de un tiempo histórico determinado, tiempo donde el silencio, la oscuridad y la muerte configuraban una atmósfera en Puertollano que ha quedado registrada en el texto.


domingo, 14 de abril de 2019

ENCUENTRO EN GRANADA











                Supe que Manuel Salinas iba a ofrecer un recital de su poesía en El Ateneo de Granada y que iba a ser presentado por Álvaro Salvador. Me apetecía asistir. Era una oportunidad para acompañar a Manolo leyendo sus poemas y ver a Álvaro después de más de cuarenta años. Se lo dije a Manolo (Salinas) por teléfono y me invitó a que me llegara hasta Málaga, a su casa. Vente en el AVE y el lunes salimos en coche hasta Granada. Pensado y hecho. El domingo llegué a Málaga a medio día. Por la tarde me llevó a ver el Museo Ruso donde se expone una magnífica colección de cuadros de pintura de la que el hilo conductor es la mujer: Santas, reinas y obreras. La galería de retratos femeninos seleccionados es una muestra de la pintura rusa, con autores como Konstantin Makovski o Fedot Sichikov, además de una radiografía social a través de  personajes femeninos de todas las épocas. Entre los retratos de la muestra destaca el de una niña con una sonrisa que cautiva. Su autor es Fedot Sichikov (1870-1958). Me marcho de la exposición impresionado por esa sonrisa cuya contemplación justifica sobradamente la visita.

                El lunes por la mañana salimos hacia Granada. Un día nublado, con llovizna, que nos permitió dar un paseo por las calles próximas a Plaza Nueva. Rememoré la Granada de mis años universitarios. Comida en un restaurante popular donde disfrutamos de un estupendo cocido granadino y un riquísimo arroz con leche. En Granada siempre se ha comido bien y por unos precios honestos.

                A las ocho de la tarde llegamos a la Biblioteca de Andalucía (Biblioteca Pública del Estado- Biblioteca Provincial de Granada), donde va a tener lugar el acto organizado por El Ateneo de Granada que tiene aquí su sede. Veo llegar a Álvaro Salvador. Saludos protocolarios. No me acerco: prefiero esperar para saludarlo tranquilamente cuando termine el acto. En estos años hemos cambiado físicamente, aunque en Álvaro encuentro aquella misma seriedad que ya lo distinguía cuando nosotros éramos estudiantes de Románicas y él ejercía como profesor ayudante en la Facultad. Hoy, tanto Manuel Salinas como yo estamos jubilados en la docencia, después de ejercerla como catedráticos de Lengua y Literatura; Álvaro sigue como catedrático en la Universidad de Granada y su nombre aparece en los libros de texto como uno de los creadores de aquel movimiento poético que arrancó por los años setenta del pasado siglo en Granada: La otra sentimentalidad.

                Al escuchar hoy al catedrático de la Universidad de Granada evoco la imagen del joven profesor universitario que entonces preparaba su tesis doctoral y sin pretenderlo me vienen a la mente los clásicos versos de Manrique “como a nuestro parecer cualquier tiempo pasado fue mejor”, aunque sólo los justifico por la añoranza de la juventud. Entonces este catedrático de instituto jubilado que lo escucha no se imaginaba que cuarenta años después lo vería presentando a aquel otro joven (Manolo Salinas) convertido ya  en un reconocido  poeta. Hemos llegado a vivir un sueño que en aquellos años parecía algo inalcanzable.
               
                Durante el acto Álvaro Salvador recuerda los tiempos de juventud y desgrana algunas claves  de la poética de Manuel Salinas con el rigor que le es propio. Menciona el libro que publicaron como Colectivo 77 (la región (tachado) POESÍA más transparente), del que conservo un ejemplar, en un rincón especial de mi biblioteca, con algunas dedicatorias entrañables, entre ellas la del inolvidable Joaquín Lobato. Manuel Salinas entre poema y poema comenta algunos rasgos de su obra. Me quedo con la referencia que hace a un poeta al que admiro y a quien tuve la fortuna de conocer en Puertollano, gracias a otro magnífico poeta, Jesús Hilario Tundidor, allá por 1969 (el 16 de noviembre). Me refiero a José Hierro del que Salinas dijo durante su intervención: Y él sufrió cárceles, no como otros. Sufrió… Mejor es olvidarlo, porque él lo olvidó. Por el buen gusto y por seguir respetando lo que él hizo y sin embargo no hay ni un momento de amargura ni de hablar mal de los demás. Y por eso yo llevo en mi corazón, y,  repito, casi en todos mis libros este verso: llegué por el dolor a la alegría.

                Pienso que este verso,  - Llegué por el dolor a la alegría- del poeta castellano  al que sigue este otro: Supe por el dolor que el alma existe,  es una de las claves de la nueva etapa de Manolo Salinas, que se adentra en una poética ubicada en el ámbito de la espiritualidad (cuestión que merecería un estudio detallado), tal como puede comprobarse en sus últimos libros: Viviré del aire (2014) y en Inacabable Alabanza (2019), del que transcribo el poema “Y un no sé qué mejor”:

Y UN NO SÉ QUÉ MEJOR

La luz salta en hilos, en arroyos,
se aglomera, juega, se detiene,
caído se ha la aurora. Ahí va.
En qué lumbre de azucenas,
qué pájaro, qué temblor. Allí se alza
la espiga y el naranjel de tu pelo.
Bien sé yo. No hay calma, amor. No:
tu piel junto a mi piel es un incendio

                Una vez terminado el acto con un breve coloquio, firma algunos ejemplares de su último libro. Aprovecho para saludar  a Álvaro Salvador. No tarda en reconocerme  y hablamos de aquellos años en los que se fraguaron tantos sueños. Luego los acompaño a tomar una cerveza en uno de los bares típicos de la zona y allí nos dan las tantas de la noche en torno a la poesía.  

                A la mañana siguiente, antes de volver a Málaga con Manolo (Salinas) desayunamos en el Café Goya, lugar que frecuentaba de estudiante y donde solía encontrar a Juan Carlos Rodríguez Gómez, entonces profesor adjunto y más tarde catedrático de la Universidad de Granada. Juan Carlos Rodríguez acostumbraba  a tomar café en este lugar antes de dirigirse a la calle Puentezuelas donde impartía sus clases de Literatura en la que era la Facultad de Filosofía y Letras, ubicada en el edificio del palacio  de las Columnas hasta que en 1977 se trasladó al actual Campus Universitario de Cartuja. Hay quien todavía recuerda su  importancia en aquellas décadas de los 70 y 80, en las que desempeñó una labor importantísima en la vida cultural de Granada a la que estuvo ligado durante muchos años. Juan Carlos Rodríguez Gómez mantuvo una estrecha vinculación intelectual con el filósofo marxista Louis Althusser, con quien trabajó en París y al que  invitó para una conferencia en la ciudad de Granada en 1976 y de la que todavía conservo el texto integro en español que se nos repartió a las personas que asistimos.

                De regreso a Málaga nos detenemos en un bellísimo paraje conocido como La Venta El Pulgar -¿tendrá alguna relación con Hernán Pérez del Pulgar?- donde paso unos agradables minutos escuchando la conversación que mantiene Manolo y el anfitrión sobre temas diversos relacionados con la literatura, la filosofía, la historia del arte y otras cosas de la vida.

                Así termina mi viaje a Granada para asistir a un acto que me ha permitido un reencuentro y revivir como algo especial aquellos días de mi vida universitaria en la ciudad de El Darro y El Genil. Esta visita a Granada me ha desempolvado muchos recuerdos. Me alegro de haber venido con Manolo Salinas. Se lo agradezco.

Ciudad Real, 14 de Abril de 2019.


miércoles, 2 de mayo de 2018

REMINISCENCIAS PUERTOLLANENSES (TREINTA AÑOS DESPUÉS)


 .
                                                                                                          





REMINISCENCIAS PUERTOLLANENSES   
(TREINTA AÑOS DESPUÉS)




             A mis amigos Alejandro Monroy, Emilio Bautista, Fernando Mansilla  y Ricardo Durán.





“Idealizado por el tiempo fue
lo ingenuamente cotidiano, el barro,
la lluvia, los paisajes, la presencia
que nos dejó su hueco”.
                                               Carlos Álvarez




                “Que estés lejos siempre, siempre/ ya que verte no es soñarte. /Mucho mejor es pensarte que tenerte/Qué lejos siempre, siempre”. Estos versos del onubense Rafael Manzano quise que me sirvieran de pórtico para adentrarme en los resquicios de mi memoria al escribir desde la distancia un pequeño articulo que me pedían para el especial de la Feria de mayo de 1988.

           En aquellos días de abril, llenos de azahar y de jazmín, en Huelva, había que cerrar a veces los ojos heridos por la luz. Pinos y marismas. El mar. A la izquierda de mi estudio resaltaban las blancas casas, no muy lejos, de Moguer.

“Vámonos al campo por romero,

vámonos, vámonos
por romero y por amor…”

            La primera vez que escuché estos versos fue en una de las aulas  del viejo instituto “Fray Andrés” donde estudié el bachillerato y al que regresé años más tarde como profesor. Cinco años entre sus aulas enseñando y recordando estos lejanos y tan próximos versos  de Juan Ramón. Allí, entre el río Tinto y el Odiel, Puertollano quedaba lejos: En el norte del sur o en el sur del norte. ¿Dónde?

            Al recordar lo primero que evocaba eran las calles de mi infancia: Calle de la Torrecilla, calle de la Fuente, calle de Santa Ana, calle del Santísimo, calle de Mendizábal (donde nací), calle del Cuadro, calle de la Amargura (en la que pasé mi primera infancia), calle de la Aduana (antes de Triana y de Fermín Galán durante los años de la Segunda República), calle del Gran Capitán (donde viví). Calles y calles, calles y nombres. Reminiscencias.

            Penetrar en el laberíntico pozo de la memoria, sacar imágenes trascordadas no es otra cosa que tediar con grises anécdotas la ya grisácea realidad de la ausencia. Podemos evocar los rostros, las cosas ausentes y los espacios lejanos en los falsos espejos de la memoria y a través del lenguaje, en los no menos engañosos espejos de la escritura, intentar representar aquello cuya ausencia nos duele. Por ello llenamos con palabras los espacios vacíos, conscientes de que el nombre no sustituye aquello a lo que designa, pero con el deseo de mantener viva la apariencia de lo desaparecido y de lo ausente.

            Al pensar en Puertollano siguen fluyendo en mi conciencia los recuerdos como las aguas de un río desbordado. Preciso es canalizarlo. Los nombres de sus calles están llenos de connotaciones. Imposible decir calle de la Aduana sin pensar en los helados Morán, o recordar la calle de la Amargura sin acordarse de la librería de Pizarro. ¿Cómo ir deshojando el año sin caer en la cuenta de que el 23 de enero es el Día del Chorizo; o que tal domingo es el Día del hornazo? Y que cuando llegaban los últimos días de abril muchas mujeres (a veces algún  hombre) enjalbegaban los patios y las fachadas de sus casas. A Puertollano acudían gentes de todas las partes y de todas las clases: gitanos, chalanes, feriantes, turroneros. Eran las vísperas de la feria.

            Ramón Eiroa en su novela Pozo Levante escribe: “En mayo, con la primavera, el pueblo explosionaba en un pozo de alegría y se diluían las inhibiciones. Era la feria, la feria de mayo. Otra vez volvían los perforistas y nuestros entibadores a bajar con sus hijos al pueblo –la última vez había sido por Santa Bárbara- y después de recorrer las casetas y carruseles, volver cuesta arriba con el paquete de churros recién hechos y los chiquillos desriñonados. Aún a lo lejos,  desde lo alto, se paraban para contemplar los fuegos artificiales de la plazuela de la Virgen. Por aquellas fechas las producciones bajaban, el número de heridos aumentaba y los enfermos de dos o tres días se multiplicaban. Pero ya se sabía, era la feria”. Estas breves pinceladas del escritor gallego, que vivió muchos años en Puertollano, reflejan la importancia que la Feria de Mayo tenía para este pueblo. Eran otros tiempos. En los años cincuenta y sesenta todavía conservaba la ciudad aquella pequeñita, pero coqueta, plaza de toros que desapareció víctima de la especulación. Después de su demolición asistí a una corrida que se celebraba en una plaza portátil, contemplando aquella tarde el más chabacano de los espectáculo, un esperpento irrisorio de la fiesta, algo carente de estética y grotesco: un paseíllo desordenado y sin gracia, un caballista desaliñado y a lomos de un potrenco y, al final, una excavadora arrastrando los cuerpos ya sin vida de los toros. ¿Qué había sido de aquellos troncos de mulillas atalajadas? ¿Qué había sido de aquel caballista garboso que recogía la llave de los toriles? A la demolición de la plaza de toros le siguió años más tarde la del Gran Teatro…Todo contribuía para que Puertollano no pudiera luchar contra las tempestades o barbaridades urbanísticas que se llevaron a cabo en la ciudad.

            Hoy perdurará la ilusión de los pequeños  ante el tiovivo o el regocijo de un viaje en el trenillo de la muerte, ya con otro nombre; y continuará surgiendo el mismo deseo en los niños ante el estaribel lleno de chucherías. La noria de la feria seguirá dando vueltas, unos bajándose, otros subiendo… Los que fueron niños en los cincuenta y en los sesenta recordarán sus  “ferias de mayo”, ya lejanas en el tiempo, con reminiscencias de payasos que los  hacían reír y pasodobles de la banda municipal de música que en su trayecto hacia la plaza de toros, dirigida por Don Emilio (Lozano de Sesma),  animaba con sus notas a algún que otro indeciso para salir corriendo a la taquilla y sacar la entrada antes de que comenzara la corrida, “con el permiso de la autoridad competente y si el tiempo no lo impide”, a las cinco en punto de la tarde.


jueves, 23 de noviembre de 2017

GÉNESIS DE "EL ALJIBE DE LA MEMORIA"




Después de la presentación en Puertollano de  El aljibe de la memoria algunos amigos me han pedido que les diera el texto que había preparado para el acto y que por los duendecillos que revoloteaban por mis nervios se quedó en el bolsillo. Así que aquí está para quien tenga interés en verlo.


Génesis de El aljibe de la memoria

                Cuando en el invierno de 2006 comenzó a hablarse de la ley de la memoria histórica algunas personas reaccionaron negativamente ante el proyecto de ley propuesto por el gobierno de entonces presidido por José Luis Rodríguez Zapatero. Eran muchos los que pensaban que la memoria y el olvido les pertenecían. La idea de que los vencidos recuperasen su memoria y sus recuerdos los inquietaba y comenzaron a hablar de revancha y de desquite por parte de quienes habían perdido la guerra 70 años atrás. No entendían nada, no se trataba de revancha sino del derecho a la propia memoria, a la recuperación de una identidad que les había sido arrebatada tras el final de la contienda, un derecho a la reparación de su dignidad.
            Por entonces yo venía trabajando desde 1996 en la tarea de recuperar la memoria de mis seres más cercanos como un compromiso de mantenerla viva y en perenne combate contra el olvido. Fui consciente de que el silencio impuesto mediante el miedo, el terror y la represión había conducido al olvido y éste a la pérdida de la identidad de los perdedores, incluso a un sentimiento de culpabilidad en las víctimas o en sus descendientes.
            En algunas ocasiones me han preguntado los motivos por los que comencé a escribir este libro. A la hora de explicarme el porqué me doy cuenta de que no hay uno solo sino varios motivos. Uno de ellos está relacionado con el verso de Luis Cernuda, quien en 1962, algunos años después de finalizada la guerra civil, escribió un poema denominado 1936 en el que decía “recuérdalo tú y recuérdaselo a otros”. Por aquel mismo año se publicó en España una novela titulada “Tiempo de silencio”, escrita por Luis Martín Santos, que fuera director del siquiátrico de Ciudad Real durante unos meses.
            Silencio y olvido era lo que predominaba en aquella España de la posguerra. El silencio impuesto mediante el miedo, el terror y la represión de los años 40, 50, 60 y parte de los 70…
            Aunque hubo quien miró para otro lado, no toda aquella población, silenciada y paralizada por el terror, olvidaba  a pesar de que, como escribió Juan Marsé en 1962, los estaban cocinando en la olla podrida del olvido porque el olvido era una estrategia del vivir. Si bien algunos, por si acaso, aún mantenían el dedo en el gatillo de la memoria.
            Fueron ellos, verdaderos resistentes, quienes conscientes de que, tal como dijo Simón Wiesenthal, “no hay pecado más grande que el olvido”, los que mantuvieron el dedo en el gatillo de la memoria e hicieron posible que hoy sus descendientes no suframos de amnesia, la misma que les quisieron imponer a ellos los vencedores, y podamos mantener el compromiso moral de recordarlo y recordárselo a otros.
            Ese “recuérdalo tú y recuérdaselo a otros” es el alma de “El aljibe de la memoria”, donde los testimonios de quienes sufrieron  la represión son los pilares sobre los que he construido el discurso que configura el libro.
            Todos los testimonios y recuerdos recogidos, se han cotejado con las investigaciones de historiadores locales como Francisco Gascón Bueno, Agustín Fernández Calvo, Luis Fernando Ramírez Madrid, Modesto Arias Fernández, Luis Pizarro Ruiz o Julián López García, además de otros historiadores de ámbito provincial, nacional e internacional que se han ocupado de la historia de nuestro país y, muy especialmente, de la guerra civil como es el caso de Paul Preston.
            Ahora bien, aunque en el libro aparecen referencias al  movimiento obrero y otras cuestiones de la historia local, no es un libro de historia, campo en el que no soy especialista, sino memorialista. Mi única pretensión ha sido reconstruir la memoria de aquellos familiares que fueron objeto de la represión –fusilamientos, encarcelamientos, señalamientos públicos, paseos, expolios de bienes, estigmatización- de una de las dictaduras más crueles que sufrió Europa en el siglo XX.
            El proceso de escritura no ha sido  fácil, es más, diría que a veces ha resultado doloroso. Aunque me ha permitido mantener un diálogo con los ausentes, lo que resulta gratificante; cuando, más que en los acontecimientos o en las experiencias vividas por ellos, me he centrado en las emociones de angustia, miedo o sufrimiento que esas experiencias les suscitaron, he tenido la impresión de estar viviéndolas. Así ha sido posible la empatía, llegar a su conocimiento, la única manera de reconstruir la memoria con respeto y comprender aquellos silencios y olvidos.
            Al final queda como un regusto amargo de lo inútil que fue todo aquel sufrimiento y de lo necesario de la reparación, aunque retumben en nuestra conciencia los estremecedores versos de Luis Cernuda refiriéndose a España: Un día, tú ya libre/ de la mentira de ellos. / Me buscarás. Entonces/ ¿qué ha de decir un muerto?
            Ese día ya no podremos devolverles la vida, pero sí reparar su dignidad y recuperar su memoria. Este ha sido mi compromiso, contribuir con humildad, pero con decisión, a la reconstrucción de la memoria democrática de nuestro pueblo con la escritura de  El aljibe de la memoria, en el sentido de que más que nunca, la apelación a una memoria perenne debe servirnos para alertar ante los peligros presentes y futuros.


sábado, 4 de noviembre de 2017

LA MEMORIA CALLADA









EL ALJIBE DE LA MEMORIA, de Román Serrano López, publicado por Ediciones Puertollano; Puertollano, 2017.




 LA MEMORIA CALLADA


Un emotivo homenaje a toda una generación y a un pueblo, Puertollano.

        

          La lectura de esta obra ha supuesto para mí un ejercicio de reflexión  que espero que sea la puerta que cierre un tema doloroso  de nuestra historia reciente y que suponga un paso adelante. Dice Juan Marsé que el olvido es una estrategia del vivir ,seguramente es cierto  y a veces resulta necesario; yo me quedo con dos ideas de tu libro: cuando hablas de la relación entre Alejandra Pérez y Justa Zamora, dos mujeres que sufrieron en distintos bandos la sinrazón de la guerra y que fueron capaces de anteponer su amistad a todo  “ los buenos no solo son buenos ni los malos sólo malos”; otra frase, al final del libro es del historiador Luis Pizarro “ No tengamos miedo a conocerla ( la memoria olvidada) ; esta y todas las que nos permitan cerrar heridas definitivamente”.
         Quizás no compartas mi opinión,- cerrar heridas, mirar al futuro- pero también sé que la respetas.
         Ahora paso a comentar varios aspectos que me han llamado la atención.
       En primer lugar el cariño, la profunda admiración hacia tu madre (“Aljibe de nuestra memoria”, título muy sugerente , el aljibe es agua en reposo que vamos extrayendo poco a poco como la memoria de Presentación callada hasta que tú la despertaste), hacia tu abuelo (para el que “nadie tiene más valor que el valor de ser hombre” “honrado a carta cabal”, “no se andaba por las ramas cuando de atajar canallas se trataba”)) y a  tu familia que sufrió con dignidad los duros momentos. En ellos he creído ver un emotivo homenaje a toda una generación y a un pueblo, Puertollano.
         Me ha sorprendido la manera de resolver el estudio minucioso, detallado, historiográfico  (documentos, fechas, fotografías) presente desde el inicio con el punto de vista más personal, con los comentarios  y reflexiones que aparecen a lo largo de toda la obra pero sobretodo en la última parte.  El narrador en tercera persona que cuenta los hechos desde fuera, se mezcla con el mismo narrador que aporta su opinión y con el narrador en primera  persona que aporta el punto de vista más histórico. También me parecen un acierto los distintos tiempos : la madre llena de dolor por la muerte de sus seres queridos en los años 39/40  y la madre hoy vista por el hijo con la nostalgia del pasado; el tío que sufre en presente y el tío que hoy rememora ese triste pasado. Todo esto explicado en una prosa culta pero no pedante; cuidada pero deliberadamente fácil  que hace que la lectura resulte amena.
         Para alguien que se ha dedicado toda la vida a la literatura es casi obligada su presencia en su forma de escribir. He anotado referencias a autores que sé muy queridos para ti: Unamuno, Machado, Cernuda, León Felipe,  Juan Marsé, Miguel Hernández ; otros más lejanos como Fray Luis de León, Bécquer o Lázaro de Tormes y entre los más actuales García Márquez o Muñoz Molina. Eso es formación y algunos dirían “deformación” profesional.
         En definitiva, creo que El aljibe de la memoria es el resultado de muchas horas de trabajo (¿Cuánto tiempo de tu vida le has dedicado?) de la que te puedes sentir orgulloso  y de la que todos podemos aprender.

Inmaculada Lamarca Maján
Catedrática de Lengua y Literatura







lunes, 12 de junio de 2017

CUANDO SE ACERCA LA ÚLTIMA LUNA







Cuando se acerca la última luna


            Hace unos días que he recibido el último poemario de Fernando Mansilla Izquierdo, publicado por la editorial UNOMÁSUNO dentro de su colección GOMA DE BORRAR, en la que hace el número 3. Es un librito de cincuenta páginas en las que aparecen los poemas, además de  en español,  traducidos al ruso por Yuri Shashkov.

            Después de una primera lectura me ha venido a la mente aquel poema de Bécquer que tantas personas habrán  leído alguna vez a lo largo de su vida:

¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul;
¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.

            ¿Y tú me lo preguntas? Poesía eres tú. Así resolvía Bécquer la cuestión sobre lo que se entendía por poesía en el siglo XIX, después de haber pasado por el denominado Siglo de las Luces durante el cual se transformó lo que hasta entonces se había entendido por poesía. El dilema entre razón y sentimiento, el romanticismo lo resuelve a favor de este último e identifica la poesía con el sentimiento, o al menos lo que hoy entendemos como poesía lírica.

            He recurrido a esta breve introducción para situarme frente a los textos del último poemario publicado por Fernando Mansilla Izquierdo con el título de “Estación término”. Son veinte poemas que forman un “icosaedro poético”, según se menciona en el prólogo que los precede, donde puede leerse que estos poemas están formados por vivencias de la realidad que se hace eco “de la melodía que da cuenta del estado del corazón”.  Bien, si estos versos dan cuenta del estado del corazón, no atienden a otro que al ámbito de los sentimientos.

            Nuestra manera de percibir el mundo depende de nuestra manera de mirar la realidad. Fue Campoamor quien decía que nada es verdad ni mentira sino del color del cristal con que se mira. Estos veinte poemas de Fernando Mansilla son una percepción del mundo a través del cristal de su mirada. Hay datos objetivos, imposible de transformar, sea cual sea nuestra voluntad de percibir la realidad, sobre cómo nos afecta  el paso del tiempo: Los años cansan y deforman…/todo se ve extraño. /La ruta hacia el nevero se hace dura…/…sólo veo a mi espalda remiendos…/y espera…/no hay misterio en las lejanas nubes…/ni en su deslucido espejo…

            El sujeto que aparece en estos poemas es un ser lleno de hartazgo y sin esperanza, que se dirige al precipicio mientras camina con la mirada hacia dentro porque fuera sólo es la vida ciega. Todas las imágenes son estremecedoras, desesperanzadoras, angustiosas, dolorosas y desgarradoras. El predominio del yo apenas deja aflorar la presencia de otras personas que podrían facilitar la comunicación a ese sujeto atormentado. Sólo aparece una tímida alusión a otra persona: “nunca debí rozar sus labios” o “no puedo pronunciar su nombre” o “como tú”.

            Una mirada pesimista que recuerda a Quevedo y su manera de entender la vida como un camino hacia la muerte. Llegando a este tramo de la lectura me surge la pregunta de si me encuentro ante un pesimismo realista o ante un realismo pesimista. Llama la atención la denominación negativa de los poemas: Ya no quedan; No hay fiestas; Hoy…no creo; No quiero despedirme; No sé por qué.  
           
            A veces parece que hay un poco de esperanza cuando bebe “el cáliz de claridad del día” o se extasía  “con la luz purpura de la mañana”, pero “con la noche de asfalto y el cielo sin luna llueven los arrepentimientos que desvelan y devoran cualquier átomo de regocijo”:

Un día tras otro…
pesada carga…
bebo el cáliz de claridad del día…
y la luz purpura de la mañana…
me arroba…
con secreto alborozo…
con la noche de asfalto…
y el cielo sin luna…
llueven los sentimientos…
que desvelan…
y devoran…
cualquier átomo…de regocijo

            Encuentro leves ecos de Antonio Machado como cuando escribe que “No quiero despedirme”: algo se marchita… en cada despedida…”;  o ese “como tú” de León Felipe en ese bellísimo poema “Jardines de sonatas:

Jardines de sonatas…
que nacen silvestres…
no quiebran…ni se rinden…
beben en el río y bailan al viento…
como tú…
como tú…quiero
beber en el río y bailar al viento…
cambiar en la fragua mi destino…
huir del pasado…persigue los talones…
como tú…espero el milagro

            Aparecen  rasgos propios del estilo de  Mansilla como es el uso de puntos suspensivos que proporcionan a los poemas cierta tensión y ese  tono misterioso que ya apuntaba en su libro de 1987, sobre el cual escribí hace ahora treinta años que sus poemas eran “como ex abruptos que el alma del autor arroja para liberarse de los fantasmas que se han incrustado en sus bastidores, fantasmas que nos dominan a veces: el pánico, el dolor de la ausencia, el insomnio, la sensación del tiempo perdido, los espacios inalcanzables, el deseo de volver al vientre materno…”. Curiosamente, hoy encuentro esa acción de arrojar en uno de los poemas de este último poemario: Arrojo…/ palabras al aire…/ caen componiendo versos…/ con enigmáticas profecías…/ injertan un miedo invasor…/ poco a poco…/ consume…/ y envenena la alegría…/ y…los sueños. Esto hace pensar que en la lirica de Mansilla se da una recurrencia muy en consonancia con esa idea del eterno retorno o de ese carrusel sin fin…

            Con el paso del tiempo parece que aquellos fantasmas han ido adquiriendo cuerpo y dejando de ser temas  literarios para convertirse en la cruda realidad que nos conduce a esa estación término “donde desembocan y mueren…/ flores y cardos…”.

            Quedan otros poemas, en los que también se refleja ese sentimiento más profundo, apareciendo en su escritura sin disfraz alguno, con una clara pretensión de encontrar ese bálsamo que haga reverdecer la esperanza.

            Me he pasado la mitad de mi vida explicando poemas que otros escribieron, poemas en los que se hablaba del amor, de la muerte, del dolor expresado por seres que respondieron a nombres como Garcilaso de la Vega, Francisco de Quevedo o Rosalía de Castro, siendo consciente de que los sentimientos que subyacían en aquellos textos habían sido material inconsciente, sufrido o gozado por quienes supieron transformarlo en escritura. Esta experiencia me permite hoy al leer estos poemas de estación término percibirlos como la expresión del sentimiento de alguien que sufre  la fugacidad del tiempo y la caducidad de la vida.