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lunes, 16 de abril de 2012






GRANADA, CIUDAD CERRADA
 A mi amigo Paco González Arroyo

Granada es una ciudad cerrada, solía decir mi amigo Manolo Salinas. Málaga, por el contrario es abierta. Con el tiempo, mi amigo se fue a vivir a Málaga; y un día, que lo visité en esa ciudad, que alguien llamó la ciudad del paraíso, me dijo: Málaga es como una salchicha. No le pregunté que de qué tipo de carne, porque yo pensaba en Granada,  agua oculta  que llora. Y, después, pensé en lo bien que se estaba en Málaga aquella mañana de primavera, paseando por sus calles próximas a la Alcazaba. A mi me encanta pasear por los cascos históricos de las ciudades antiguas, quizás porque me crié en una ciudad engullida por el mal gusto y la pobreza de sus edificios, una ciudad entrañable pero sin esa belleza que tienen las ciudades que conservan sus cascos antiguos y llenos de historia.
Mi amigo tuvo la suerte de nacer en una ciudad como Granada, de vivir en un barrio de callejuelas con casas centenarias, y de habitar en una casa, con mucha historia y misterios en los rincones de sus habitaciones, en el corazón del viejo barrio judío de la ciudad que no sería nada sin el palacio que se levanta sobre una de sus colinas y sin el barrio morisco que la mira desde el frente.
Ahora, cuando voy a Granada, me gusta pasear por sus calles, por sus plazas, en esas horas tempranas en las que salen algunas mujeres a hacer la compra en las tiendas que hay en la plaza de la Romanilla y en sus calles adyacentes. Es una plaza llena de colores, de aromas y de ruidos populares que se transforman en música y en canto cuando los vendedores ofrecen los productos que tienen en sus puestos de madera a la vista de los transeúntes.
Desde la plaza de la Romanilla me dirijo a la de la Trinidad en busca del Café Goya, donde en mis años de estudiante me gustaba ir a tomar el café de sobremesa antes de encerrarme  en la biblioteca de la Faculta de Filosofía y Letras, que entonces estaba en el Palacio de Las Columnas, de la calle de Puentezuelas. Luego, por la calle de las Tablas  me  llego hasta el “Rincón de Lorca”, un restaurante nuevo que han abierto en la misma casa en la que Federico se escondió para protegerse en las primeras semanas de la guerra y donde fue detenido por unos fascistas granadinos, que lo asesinaron en la madrugada del 18 de agosto. Esta era la casa de los Rosales, una de las familias más influyentes de Granada en aquellos años, y de la que en mi época universitaria conocí a uno de sus descendientes que vivía en la calle Angulo.
Entro en  la plaza de los Lobos, donde recuerdo que se encontraba la policía armada, los grises como se llamaban entonces. Hoy ya no se encuentran aquí y la plaza se nota abandonada. Muy cerca está la Plaza de la Universidad donde en otro tiempo se hallaba la Facultad de Derecho y una de las librerías más interesantes de Granada, en el mismo edificio en cuyo ático viví en mi primer año de estudiante y desde donde se contemplaba la parte alta de la catedral.
Granada nunca me pareció  una ciudad cerrada, aunque pienso que mi amigo lo decía en un sentido figurado y, quizás sí que tiene algo de razón, tal como él entiende eso de ciudad cerrada. En esta ciudad todavía sigue presente el espíritu de los que mataron a Marianita Pineda y a Federico García Lorca. Es ese espíritu el que le da la sensación de círculo cerrado, que se rompe subiendo hasta el Albayzín y tomando unas cuantas cervezas acompañadas de unas habitas con jamón, en casa Torcuato. Entonces Granada es un sueño de jazmín que se enreda en los ojos cuando al pasar por la plaza de San Nicolás te sientas en uno de sus bancos y te quedas mirando a la Alhambra, que se encuentra en la colina de enfrente como si por ella no pasaran los años.


sábado, 7 de abril de 2012



SÁBADO  ROJO DE GLORIA

Hace treinta y cinco años, un sábado de gloria como el de hoy, se produjo un hecho en España que asombró a todos los ciudadanos de este país, a los de derecha, a los de izquierda y a los de centro, que entonces había muchos ciudadanos de centro.  En plena Semana Santa, Adolfo Suárez tuvo el valor de legalizar al partido político que con más saña había estigmatizado el régimen franquista.
Esta mañana he escuchado la voz de Santiago Carrillo, a quien han entrevistado en directo en una emisora de radio, y reconozco que me alegro cada vez que escucho esa voz de quien ya tiene más de noventa años de vida y que fue, y quizás sigua siendo para algunos, el enemigo público número uno en aquellos años de la dictadura. También fue el autor de un librito –“Eurocomunismo y Estado”- que llevaban en la mano muchos de los progres de entonces, allá por el filo de los años ochenta del pasado siglo, para dejar patente, en los pasillos de la universidad, que ellos también eran modernos y demócratas de toda la vida; algunos de ellos, defienden hoy, con  el ímpetu de los conversos, las políticas neoliberales con las que están desmantelando el llamado Estado del Bienestar. Y es que el tiempo, si es algo, es mudanza.
A mí, lo que más me atraía de aquel partido, aparte de otras cosa, era la entrega de aquellos militantes sencillos, obreros de pie de obra, que entregaban su tiempo y arriesgaban su vida por aquellos ideales de una sociedad sin clases, y que en los años de la Transición luchaban por una democracia para todos los españoles.
Sé que hoy todo esto ha quedado atrás, pero, tal como pinta el presente, no está claro que no sea necesario que aquellos aires de idealismo y de compromiso tuvieran que aparecer  en estos tiempos áridos y secos, donde se están imponiendo valores que fomentan el individualismo, la desconfianza y, en los que se está regresando a ese concepto de Hobbes que expresa que el hombre es un lobo para el hombre.




viernes, 6 de abril de 2012




EL PRENDIMIENTO


A mi amigo Fernando Mansilla


Placita de San José. Tarde de Jueves Santo. Los niños se reúnen para contemplar la escenificación del Prendimiento. A la puerta de la iglesia han colocado un paso en el que aparece Jesús en el huerto, acompañado de Judas. Lo más vistoso es ver la llegada de un grupo de “armaos”. Los ojos infantiles los ven como auténticos soldados del ejército de Roma. Llegan en formación; vestidos con túnicas rojas; calzados con cáligas con cintas de cuero cruzadas en sus piernas, desnudas a la manera de los legionarios romanos. Brillan sus armaduras de latón y las puntas de sus lanzas. Sobresalen sus celadas con cristas llenas de plumas de vivos colores. A su mando va un centurión, cubierto con una capa roja,  sobre un corcel blanco. Tras él camina el aquilífero que porta la insignia del águila con las alas extendidas. La escena aparece real ante los asombrados muchachos que, aun sabiendo que asisten a una representación teatral, están dispuestos a aceptar que todo forma parte de la liturgia que una y mil veces les han contado en la escuela.
Los soldados rodean a Jesús, que ora confiado entre los olivos y no recela de la llegada de uno de sus discípulos ni del beso que éste le da en la mejilla, como señal para indicar a los soldados que se trata de Jesús de Nazaret, al que han ido a prender. Judas, que así es como se llama el discípulo,  recibe un puñado de treinta monedas de plata, después de que su Maestro sea prendido por los soldados. Los espectadores aplauden entusiasmados la escena y los muchachos marchan, tras el paso y los soldados que lo escoltan, dando gritos e insultando a Judas por su traición. En la escuela les han dicho que Judas es judío, al igual que los que después pedirán la muerte de Jesús. Los deicidas son judíos, los asesinos de Dios. Y, sin saber por qué, los muchachos sienten odio por Judas y por las gentes como él.
Pero, ¿cómo es Judas? ¿Por qué ha entregado a Jesús? Cuando pasen los años, uno de esos muchachos caerá en la cuenta de que Judas no es más que  una marioneta del destino, creada para cumplir el papel de entregar a Jesús, tal como estaba escrito. Si Judas no lo hubiera hecho ¿A qué otro discípulo le hubiera correspondido  la acción de entregar al Maestro? Después, cuentan los narradores de la historia, Judas no resiste su culpa y termina ahorcándose. Pobre Judas, triste destino el suyo. Qué diferente su papel al que le estaba reservado a Pablo de Tarso, el que vivió como fariseo hasta su conversión en el camino de Damasco  donde, según su propio relato, oye una voz que le habla y le dice en lengua hebrea: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?...  
Una vez más, en pleno Jueves Santo, muchos años después, uno de aquellos muchachos vuelve a la Plaza de San José para contemplar el prendimiento. El mismo paso, otros soldados de Roma, mas ya no están los mismos muchachos esperando a que se produzca  el arresto de Jesús. Algo ha cambiado. En uno de los balcones hay una palma, símbolo de Semana Santa, pero no hay nadie en el balcón en esta tarde de jueves santo; sin embargo,  tiene la sensación de ver tras los cristales el rostro de una niña que mira asombrada todo lo que está ocurriendo en la plaza…

miércoles, 28 de marzo de 2012




LA VOZ DE UN OBISPO ANTE LA REFORMA LABORAL

No quiero que llegue la fecha del 29 de marzo sin que en este humilde tren del último curso se mencione que mañana hay convocada una huelga general en este país en el que estamos sufriendo constantes agresiones a los derechos ciudadanos que creíamos estables, pero que vemos amenazados desde unos años para acá.
Mañana, algunas personas que conozco no podrán unirse a la huelga, debido a las precarias condiciones de su situación laboral; sin embargo,  su corazón estará con quienes van a secundar la convocatoria. También conozco a otros que, convencidos de que con ello defienden la política que está llevando a cabo el actual gobierno de España, acudirán al trabajo; otros porque piensan que hagan lo que hagan no sirve para nada. Y, podría seguir, con toda  una serie de casos, hasta elaborar una cadena interminable…
Estando en esta reflexión, me ha llamado la atención que de una institución, desde la que me llegan más ecos que voces, hoy haya surgido una voz que parece pronunciarse en defensa de los trabajadores, la del Obispo de Ciudad Real. Por este motivo quiero traer esa voz a esta pequeña ágora para que la conozcáis quienes os acercáis a este espacio:

No me toca a mí juzgar de la conveniencia o no, en el aspecto técnico y jurídico, de una Ley en un momento determinado en el que la sociedad entera está amenazada por una Crisis global sin precedentes en la historia humana. Los ciudadanos de la calle no tenemos elementos de juicio suficientes para dar una opinión técnica en temas cada vez más complejos. En estos momentos, nos hemos de fiar de las instituciones que deben entender de problemas de tan gran magnitud. Por esto, les debemos exigir a dichas instancias políticas, sindicales, empresariales, financieras y a los distintos colectivos de expertos que actúen con responsabilidad y, si siempre tenemos todos la obligación de construir el bien común, anteponiéndolo a intereses particulares, ahora más que nunca corresponde mayor obligación al que más puede.
Dicho esto, de lo que sí estamos en condiciones de juzgar es de la bondad o maldad de una Ley que rebaja claramente los derechos de los trabajadores respecto a situaciones anteriores, y lo peor es que llevamos muchos años ya de nuestra democracia donde siempre los perdedores en el concierto social, repito, siempre, son los mismos y siempre los más débiles.
Nadie habla de provisionalidad en las medidas que se están tomando, luego lo que se quiere hacer es establecer un "mercado de trabajo" en el que los empleadores hagan y deshagan a su antojo, olvidando que el "empleado" posible es, ante todo y sobre todo, "persona" a la que otros han dado la vida, la han educado, tiene necesidades básicas: familiares y sociales, no es una mera fuerza de trabajo que se admite o despide unilateralmente y durante un largo periodo de tiempo, pues, en un año de provisionalidad en el empleo (esto es lo que dice la Ley), puede ocurrir de todo, desde una gripe a un suceso familiar al que hay que atender antes que a cualquier otra urgencia de la vida de la empresa. Las personas no somos tan flexibles, tan elásticas, como nos quieren hacer creer.
¿De verdad no hay otras soluciones para crear puestos de trabajo? Parece mentira que a día de hoy tengamos que echar mano de usos del pasado que trajeron tanta injusticia y explotación a los trabajadores. Con estas medidas y sin meterme a profeta, se van a conseguir los mismos frutos de un pretendido bienestar, hasta es posible, pero no habremos avanzado nada en que el trabajador se sienta realizado con su trabajo y le sirva para llevar una vida estable y sin sobresaltos; que haga posible la familia, la educación de los hijos, el tejido social compacto y fuerte que hace personas y países fuertes para soportar las inclemencias de las coyunturas históricas.
Y, si no queda más remedio que aplicar hoy estas medidas, ¿no han de ser complementadas por otras en las que lo central sea la vida de las personas? ¡Tantos avances tecnológicos para esto! Da la impresión de que las sociedades desarrolladas van a ser las que más poder concentren en menos manos y esto no se corresponde con las aspiraciones de una sociedad democrática avanzada. Los jefes políticos europeos toman sus medidas por vía de urgencia sin apenas contar con los parlamentos respectivos; los poderes financieros se están concentrando en muy pocas manos. No sé si es muy descabellado pensar que, en el río revuelto de la Crisis, están pescando los más poderosos sin contar con la opinión de la sociedad.
          Elevemos nuestras oraciones para que Dios nuestro Señor cuide de los más perjudicados de esta malísima situación que ya cuenta en nuestra España con más de once millones de pobres.

Vuestro obispo,
+ Antonio.






domingo, 18 de marzo de 2012


CONVERSACIONES DE SOBREMESA


Es  la  falta  de compromiso con la vida como experiencia lo que hace que se charlotee y no se  hable. La ausencia de diálogo verdadero, esta aridez terrible que hay en la  comunicación, esta incapacidad  de comunicar, crecen solo en paridad al chismorreo.


L. Giussani



En un reciente viaje a Granada he recuperado el placer de las conversaciones de sobremesa, gracias al reencuentro con viejos amigos, amantes de disfrutar de ese tiempo que sigue a una comida. Es ésta una práctica que tenía casi olvidada, debido a una serie de circunstancias que parece que se confabulan contra los amantes de las conversaciones abiertas, sin más  condición que el respeto a todas las opiniones que los diferentes interlocutores puedan expresar.
Aunque en alguna parte he leído que son los franceses los que no conciben una comida sin que vaya seguida de una o dos horas de sobremesa, fue durante mis tiempos de estudiante donde me aficioné a esas conversaciones de sobremesa en las que fui aprendiendo el protocolo a seguir  en ellas. Dado que era frecuente que nos juntásemos personas de diferentes ideologías, tanto en lo que se refiere a la política como a la religión, se procuraba que los temas se trataran siguiendo unas reglas de respeto a las ideas y creencias de los otros, incluso a veces salían temas relacionados con el sexo, a pesar de que entre los interlocutores hubiera personas de diferentes características. Es en aquellas conversaciones donde se fue construyendo mi identidad, mi respeto a quienes tenían un sexo diferente e incluso otras tendencias en sus relaciones.
En aquellas conversaciones de sobremesa se aprendía a hablar y a escuchar; a  respetar las ideas antagónicas y las creencias diferentes a las propias. Solo cuando llegaban personas nuevas procurábamos evitar temas relacionados con la política, con la religión o el sexo; pero una vez que se daban a conocer y se integraban, esos tabúes desaparecían y la sobremesa se convertía en un ágora libre en la que todos nos encontrábamos bien.
Recuerdo que se solían evitar los chismorreos porque daban lugar a situaciones desagradables y áridas. Esto es lo que convertía aquellas conversaciones en actos de comunicación, con diálogos frescos y enriquecedores; donde solo se aburría quien no tenía nada que decir o era tan superficial y tan vano que no se daba cuenta de que allí estaba perdiendo el tiempo. Este tipo de personas no solía volver a nuestras sobremesas.
Para evitar que otras personas pudieran escuchar lo que hablábamos, procurábamos que el tono de nuestra voz no fuera alto, evitando los gritos. Todavía no he llegado a entender por qué en este país se habla gritando en los lugares públicos. Lo lógico es que durante los muchos años de dictadura hubiéramos desarrollado hábitos de hablar con tonos bajos, pero los resultados han sido los contrarios.

Saber hablar y saber callar. Mirar de frente a quien está hablando. Respetar la opinión y las ideas de los demás, pues nadie está en posesión de la verdad. Conversar en un lugar donde no se grite, donde lo que se está tratando en una mesa contigua no interfiera en la propia conversación, crea un clima adecuado y confortable que hace más agradable la sobremesa donde poder cultivar esas conversaciones en las que es posible el cambio de impresiones, la confrontación de ideas de forma pacifica, el enriquecimiento con los conocimientos del otro.

Es la conversación un tipo de interacción verbal que constituye la forma fundamental de la comunicación oral. Al conversar se pone en funcionamiento la competencia comunicativa de los seres humanos. Por otra parte, la conversación se caracteriza por ser, además de un proceso lingüístico, un proceso social, a través del cual se construyen identidades, relaciones y situaciones. Por lo tanto, en la conversación los hablantes no demuestran solo su competencia comunicativa, sino también los procedimientos empleados para la construcción de un orden social.

Cuando la conversación tiene lugar con un grupo de amigos con los que se comparte  mesa y mantel, conversando familiarmente sobre cuestiones más o menos interesantes, la dilatada y cálida sobremesa se transforma en un momento mágico y  entrañable que hay que vivir intensamente. Porque conversar no es solo hablar una o varias personas con otra u otras; también es vivir, habitar en compañía de esos otros, con los que tratamos, nos comunicamos y fomentamos amistad. Estos significados de la conversación parecen que hoy están en desuso, debido a que las realidades a las que apuntan han desaparecido a causa de las nuevas estructuras de relación que nos imponen. Sin embargo siempre quedamos los que pensamos que las palabras pueden funcionar como los retrovisores de un coche: como espejos en los que se refleja la vida. En ellas podemos encontrar esos significados que evocan realidades latentes bajo esas otras que nos imponen con nuevos significados. Recordemos que las palabras no solo sirven para señalar la realidad, también para crearla: en el principio fue el verbo.

En definitiva, no dejando de mirar al retrovisor de nuestra vida podemos recuperar las imágenes de esas realidades pretéritas en las que la conversación era una acción de habitar, de vivir con los demás. Las palabras permiten evocar esas realidades, acercarlas a nuestras formas actuales y recuperarlas como actos de comunicación en los que la amistad y el habitar en compañía de otros dejen de ser realidades en desuso.

Por ello, el compromiso de provocar  situaciones en las que conversar vuelva a recuperar esos viejos significados, es un acto necesario de resistencia, frente a quienes pretenden imponer esas realidades en las que habitemos en soledad, sin comunicación.
El sentido de la conversación es hacer participe de lo que uno tiene –conocimientos, sentimientos, sueños, deseos…- a los otros, a nuestros interlocutores, a los que conocemos y nos conocen. En la conversación nos descubren y descubrimos, nos manifestamos y se nos manifiestan, hacemos saber a otros y ellos nos hacen saber algunas cosas, algunas realidades propias. En este sentido conversar es vivir en compañía de otros, morar en la palabra como metáfora de la realidad, de la sustancia, es decir, de lo que realmente importa: la vida.




miércoles, 22 de febrero de 2012

CIUDAD CON TRISTEZA


            ¿Se han dado cuenta de esa tristeza que envuelve nuestra ciudad? No tiene que ver con la estación del año en la que  los días suelen ser fríos; y este invierno los tiene, como es natural, además de grises y tristes. En esta ciudad donde la luz es una presencia constante, hoy se perciben tonalidades débiles, cenicientas. Sus calles y sus plazas aparecen apagadas, lánguidas. Sus espacios resultan aburridos, monótonos. Es como si una niebla gris envolviera sus avenidas, sus calles, sus plazas y sus edificios.
Estos son días de frío, de invierno seco e intensas heladas que  obstruyen las fuentes. Son los días propios del invierno mesetario, días que no siempre fueron tristes aunque fueran días cortos de luz. …No es el frío lo que hiela, es la tristeza. El frío es un fenómeno natural en esta época del año, más en este febrerillo el loco que es un mes imprevisible: unos días hielo; otros viento…
            Algo ocurre, que la ciudad se ha envuelto en una capa de tristeza, se echa en falta el bullicio alegre, los grupos de personas que disfrutan del ocio al aire libre. Los ciudadanos desconfían de quienes gestionan la ciudad. La sospecha cubre muchos de sus ámbitos. La avaricia, el deseo de enriquecimiento exprés ha agotado el período de abundancia, llegando el de escasez. Las previsiones de muchos han quedado destrozadas y ahora son tiempos de miseria. Se habla constantemente de crisis, de paro… La desconfianza está ganando terreno y esto lleva a mirar al otro con recelo…En algunos barrios se producen robos con violencia que hace que surja el miedo en los comportamientos sociales.

Al pasar por las calles próximas al Mercado, las más concurridas durante  los días de entre semana, en las que se encuentran los comercios más antiguos y entrañables, que eran conocidos con el nombre de sus dueños, han ido echando el cierre a medida que sus propietarios o los dependientes han llegado a la edad de jubilación; donde alguna vez existió una droguería conocida, la zapatería donde fuimos a comprarnos los primeros zapatos, son hoy locales con los escaparates vacíos y suciedad en sus rellanos.
 Una tarde de domingo ofrece las calles vacías, en los bares apenas si hay parroquianos. En los escaparates se ven luces tenues. Las pocas tiendas que hay abiertas son las que regentan los chinos.  Impresiona que en calles céntricas aparezcan numerosos locales con el letrero de se vende, se alquila o liquidación por cierre. Son muchos los transeúntes que caminan cabizbajos, abatidos, tristes; parece que  llevan la mirada ausente y apenas si se fijan en quienes  se cruzan con ellos, ni prestan atención al artista callejero que toca un violín con cara demacrada mientras mira de reojo la moneda que alguien acaba de depositar en el platillo que tiene junto a sus pies. Cada día son más numerosas las personas indigentes que mendigan una moneda para poder comer… Algunas tienen letreros en los  en los que podemos leer cosas como: NO TENGO TRABAJO. NECESITO UNA AYUDA PARA COMER. Son personas jóvenes, algunas de ellas con aspecto decoroso y digno a las que la necesidad no ha robado el pudor.
Se ve a algunos estudiantes con su mochila al hombro, que regresan del fin de semana para proseguir sus estudios en la Universidad de la ciudad. Parece un milagro que sigan estudiando sabiendo que cuando finalicen sus estudios tendrán que derribar el muro que se antepone ante su incierto mañana. La ciudad se ha convertido para ellos en un espacio inestable, inseguro, de horizonte cerrado... Saben que un día no lejano tendrán que marcharse a otros lugares donde puedan encontrar lo que aquí se les niega ¿Qué se les ofrece a esta juventud a cambio de su esfuerzo, de su sacrificio? La respuesta es insatisfacción y frustración. ¿Y los padres de esos jóvenes? Son seres desengañados, después de toda una vida trabajando, educando a sus hijos para que lograran una posición mejor que la suya y ahora los ven con sus estudios de arquitecto, de ingeniero, técnicos superiores, pero sin posibilidades. Llevan la frustración en los ojos, se nota en sus conversaciones.
Mientras tanto, la ciudad disimula con sus fiestas; oculta con su parafernalia; encubre  con su pirotecnia;  disfraza con sus apariencias  hasta que ya no sea posible fingir más  y la mentira quede al descubierto…Entonces qué… ¿Declarará enemigos a todos aquellos que pidan ser ciudadanos de pleno derecho?
En la Plaza Mayor, convertida en ágora,  se encuentra un pequeño grupo de ciudadanos, entre los que predominan los jóvenes,  sentados en el suelo; analizan los acontecimientos últimos bajo la mirada de algunos curiosos   que se acercan a ellos tímidamente… ¿Son esos que se acercan personas cínicas, resignadas, integradas? Muchos de ellos fueron, hace años, críticos, combativos… ¿En qué se han convertido los que se enfrentaron a la dictadura hace cuarenta años? ¿En ciudadanos cínicos, descreídos, conformistas, cómplices de quienes quieren desmontar los derechos que lograron sus  padres y sus abuelos? Algunos se preguntan: ¿Qué herencia dejaremos a nuestros hijos?
Es cierto que “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, pero… ¿Tanto hemos cambiado para no levantar nuestra voz ante tanta injusticia? Nos hemos acostumbrado a esta ciudad triste, sin esperanza, y parece que hemos aceptado la derrota, resignados a ver como alguien  celebra su victoria sobre quien no tiene más armas que el verso de un poeta que, a punto de perderlo todo, todavía pudo decir:  ¡dejadme la esperanza!

jueves, 16 de febrero de 2012




STELLA RUBRA



"Nada me decepciona. El mundo me ha hechizado".

No te olvido, aunque seas ya perfil de aire
que se ha quebrado al contacto de la rosa.







Al releer los poemas de San Juan de la Cruz, de Juan Ramón Jiménez, de Blas de Otero y de otros que frecuento cada vez más a menudo, voy encontrado imágenes que reproducen esas otras que guardo en mi memoria y que en definitiva forman parte de todo lo que fui en otro tiempo y de lo que ahora soy.

Es curioso comprobar cómo  experiencias  que creíamos únicas, que solo nos pertenecían a nosotros, las encontramos impresas en los versos de alguien  que nos precedió en la vida y nos asombramos cómo sus poemas hablan de cosas que pensábamos  haber vivido solo nosotros y, que sin embargo  evocan experiencias que otras personas también reconocen como propias.

Así cuando a los quince años llegaste a mi vida en aquellos días de primeros de curso, en aquel tiempo  difícil en el que me embargaba la tristeza que surgía de amarlo todo sin saber lo que se ama, tal como escribió Juan Ramón, aquellas imágenes las evoco cuando deslizo mis ojos cansados por un0 de l0s poemas de Blas de Otero:

“Tú, incólume. Tus quince años, torre de esbeltas, ágiles aiguilles: alrededor la noche. Tú, incólume. Mecida por una brisa que viene del centro de tu corazón [va y viene]: alrededor la noche. Alrededor la noche. En la ruleta del cielo ruedan, giran los astros [vertiginosamente]: Tú, incólume.
                        
La larga noche de piedra donde estábamos y en la que los corazones de los hombres que a lo lejos acechaban estaban también hechos de piedra. Aquella noche que describía Celso Emilio Ferreiro contrastaba con las risas de aquellos colegiales que vivían como en peceras llenas de colores. ¿Eran invisibles aquellos muros de piedra y las tinieblas; el suelo y las rejas; las puertas, el aire, las ventanas, las miradas? De aquella noche saliste como la estrella de la mañana, sencilla y lejana, incólume.  

Entonces surgieron sensaciones nuevas, sentimientos que no acertaba a definir con precisión.  No sabía que existen palabras que pueden usarse como comodines en el juego de la vida. Llamar al pan, pan; y al vino, vino no es siempre la mejor baza… La metáfora, la metonimia son recursos que ayudan   a usar las palabras en partidas decisivas, pero la inexperiencia hacía que las combinara  con torpeza y, en ese juego que es la vida comencé perdiendo los primeros envites. En aquellos tiempos las palabras se utilizaban para enmascarar realidades perversas; nosotros buscábamos el significado preciso… en un mundo donde predominaba la envoltura.  

Quizás por eso pensé en cambiarte el nombre por Stella Rubra. No sospechaba toda la simbología que había en relación con aquel pentagrama que había descubierto un día dentro de un un viejo arcón, que mi madre había heredado de su madre y esta de su padre, el cual  lo heredó de su madre, María de las Mercedes Monescillo y Viso, quien a su vez lo recibió de su madre, la buena de María Viso, cuyo hijo fue Arzobispo de Toledo. Aunque aquel arcón solía estar cerrado con llave, un día me lo encontré abierto; esto me permitió indagar en su interior. Así fue como en uno de aquellos escarceos encontré restos del  uniforme militar que perteneció a uno de mis abuelos. Cuando tuve en mis manos aquellas prendas, que mi madre guardaba con profunda veneración, se me abrieron unos deseos irrefrenables de saber cosas relacionadas con aquel hombre que un día no lejano había vestido el  uniforme, del que ya solo quedaba una gorra y el correaje de cuero. La gorra tenía una estrella roja de cinco puntas, que llamó mi atención desde el primer momento. Se trataba de uno de los símbolos del Ejército de la República,  al que mi abuelo había pertenecido durante los años de la guerra.

Aquella estrella de cinco puntas era similar a la que mostraban algunos personajes de los tebeos de Hazañas Bélicas, aquella serie dedicada a la II Guerra Mundial, aunque muchos de sus episodios hacían referencia a la guerra de Corea. Como dato curioso recuerdo que los buenos eran siempre los aliados y a veces, incluso los alemanes si estos luchaban contra los comunistas. En Corea luchaban los marines americanos contra los coreanos comunistas, a los que también se denominaba diablos rojos.  En definitiva, los malos siempre eran  comunistas, que llevaban en sus uniformes la estrella de cinco puntas, igual a la que aparecía en la gorra que descubrí en el arcón de mi casa.  

La guerra civil todavía formaba parte de muchas familias españolas. El recuerdo de los que murieron durante la contienda o de los que desaparecieron en los primeros años de lo que se llamó la posguerra, los años del hambre, seguía presente en muchas casas; por otra parte, los vencedores se encargaban de mantener abiertas las heridas, haciendo constantes alusiones a los vencidos, recreándose en la celebración de efemérides relacionadas con su triunfo, como el Día de la Victoria, el 18 de julio o el Día del Caudillo, entre otras. Por ello el descubrimiento de aquella estrella roja de cinco puntas fue un hecho que despertó en mí la necesidad de saber qué había pasado durante aquellos años de guerra. En los tebeos no se hacía referencia a la guerra civil española, aunque sí se mencionaba en los textos escolares, sobre todo en la escuela primaria. Aunque los  planteamientos eran tan maniqueos, que explicaban la guerra como un enfrentamiento entre los que defendían a España y los que querían destruirla; y, como ocurría en los tebeos,  los buenos eran los llamados nacionales y los malos, los rojos.

¿Quién no recuerda aquella  Enciclopedia Álvarez? Era uno de los libros que se usaban en la escuela de aquellos años. Allí  se leía respecto a la segunda República: La segunda República se proclamó en España en 1931 y los cinco años que duró se caracterizaron por una serie no interrumpida de ataques a la religión y por abusos y atropellos de todas clases. Esta era la idea que el régimen mantenía. Según los textos de las llamadas entonces  escuelas nacionales, ante la amenaza de que España cayera en manos del comunismo, fue necesaria una reacción armada y decidida que tomó el nombre de Alzamiento Nacional. La imagen de España en aquellos manuales era una situación de desorden, de ataques a la religión y deseos de implantar el comunismo. Todo ello se simbolizaba en la estrella roja de cinco puntas, la estrella que por primera vez vi en aquel uniforme que había sido de mi abuelo. Ahí se me abren los ojos y descubro que  era de aquellos rojos de las milicias populares. ¿Quiénes eran los enemigos de España? La respuesta siempre era la misma: Los rojos: masones, liberales, comunistas, anarquistas y socialistas. Entonces eran rojos todos los que habían defendido la Republica. ¿Los rojos? En el imaginario de la época los rojos estaban relacionados con el demonio, la masonería, los rusos y bolcheviques. No me lo había inventado yo: lo decía aquel señor bajito y con bigote que hablaba del contubernio judeomasónico cuando se dirigía a los españoles todos los años por Navidad.

El descubrimiento del arcón significó un antes y un después. A partir de entonces, la estrella de cinco puntas fue para mí un icono que estimulaba mi imaginación,  y me introdujo en un mundo idealizado y espiritual, como contraposición a  la longa noite de pedra.

Así fue como aquel pentagrama se convirtió para mí en un icono transgresor en el que concentré toda mi rebeldía. La estrella roja simbolizaba la diferencia. Todo aquello que los sublevados habían transformado en la anti España, que identificaban con la República, contra la que se sublevaron para acabar con ella tras  una larga y sangrienta guerra de aniquilamiento y  exterminio.

Visto con la perspectiva del tiempo pasado, aquella transgresión era subversiva. Una estrella roja de cinco puntas, símbolo de una adolescencia rebelde, que llevaba en mi muñeca izquierda en un colgante de dos caras: en una, el pentagrama; y, en su anverso la fotografía que alguien me regaló para que no la olvidara.

Entonces no lo sabía, pero la educación escolástica con la que me modelaban me convertía en una balsa a la deriva en aquellas aguas engañosas bajo las que se movían turbulentas corrientes. Así me encontré en plena vorágine  platónica, pasada por el  místico filtro de San Juan de la Cruz:

“Cuando tú me mirabas su gracia en mí tus ojos imprimían: por eso me adamabas y en eso merecían los míos adorar lo que en ti vían”.

          Y escribí el primer poema. No fue un poema de amor. Se titulaba Amistad: en una de sus estrofas se describía cómo dos corazones se movían al mismo ritmo, unidos por el istmo de la amistad. No sé, esas cosas que se escriben en la adolescencia, pero que no se olvidan jamás. Tus quince años te permitían correr por la calle, dar saltos como una gacela y reír a carcajadas en las situaciones serias. Ponías tu alegría en cualquier parte. Eras un pájaro de libertad al que admiraba. En las clases de matemáticas conseguías que el profesor perdiera el hilo de sus explicaciones y que terminara ironizando a costa de nosotros. Un día te sorprendí con aquella metáfora en la que relacionaba unos ojos negros con los cepos del fuego. ¿Cuántos años tenía yo entonces? Los suficientes para fijarme en tu perfil griego y en aquella sonrisa que relajaba. Eras algo hortera, una hortera maravillosa que adamabas con aquellos ojos negros como tizones mi acorazonado cerebro  de adolescente.


           Recuerdo a un muchacho que  se enamoró de ti, aquel larguirucho, seco y algo estirado, que siempre parecía mirarnos por encima del hombro. Guardaba celosamente su secreto, hasta que una tarde lo descubrimos. Lo negó una y otra vez. Después de aquello se quedó  como si sufriera el síndrome de  san Pedro, esa vaga melancolía que afecta a quienes están siempre a las puertas del cielo a verlas venir y sin poder participar en los festines de los bienaventurados.

En una ocasión me dijiste que te habían dicho que no salieras conmigo porque era comunista. Pero tú no hiciste caso y siempre que me veías esperabas a que llegase a tu altura para saludarme. Pero mi timidez me impedía estar contigo más de cinco minutos y pronto ponía una excusa para marcharme. Creo que tú te dabas cuenta y te hacía gracia, pero nunca te burlaste por ello. Algunos años después nos encontramos casualmente. Ya eras una mujer. El teatro era ya una de las grandes pasiones de tu vida. Nunca más te volví a ver.

Después de muchos años todavía sigo pensando en ti con tu rebeca verde, tu falda a cuadros y tus zapatillas rojas Aquellas zapatillas cuyo color  fue el motivo por el que te llamé Stella Rubra. Tenías todos los atributos de aquel pentagrama: inteligencia, magia…  

 “Porque  recuerdo que tenías diecisiete años, y todos de oro. Y las sandalias que te ponías en primavera, pececitos rojos.”
¿Cómo es posible que no se olvide a alguien con quien solo intercambiaste unas palabras? ¿Es motivo suficiente que compartieras unos paseos por los lugares mágicos de tu vida en los que te iniciaste en los misterios del corazón? Su imborrable recuerdo después de tantos años parece decirme que sí,  aunque ahora esté arrancando días y noches de mi vida para que no me hagan llorar más unas láminas amarillas en las que un día escribí:

Tú te llamabas equis, te llamabas
estrella, paloma, trigo, mentira.
De todos tus nombres solo recuerdo
el más tuyo, el que mejor te nombraba.