contador de visitas

domingo, 22 de febrero de 2015







La Mancha en "Campos de Castilla"

            Recordando a don Antonio Machado en el día de su fallecimiento he desempolvado este pequeño artículo publicado en el diario “Lanza” en marzo de 1989 con motivo del 50 aniversario de su muerte el 22 de febrero de 1939 en ese pueblecito francés al que llegó junto a tantos españoles del éxodo que huían de las represalias de los que acabaron con el sueño que supuso la Segunda República Española.
            En el Congreso que tuvo lugar en Sevilla en 1989 en torno a su obra se habló de la importancia del paisaje castellano dentro de su conocido  “Campos de Castilla” y del paisaje andaluz, pero observé que nadie prestaba atención a ese otro paisaje, ni soriano ni andaluz, que aparece en la geografía paisajística de Machado. Entonces escribí sobre la presencia del paisaje manchego en los poemas de “Campos de Castilla”, en un breve artículo del que hoy entresaco algunos de sus fragmentos.
            En el itinerario que lleva desde las tierras de Soria a las de Andalucía encontramos lugares que no son las de la “Castilla mística y guerrera” ni aquellos por los que va el “Guadalquivir  corriendo al mar entre vergeles”. En el poema “Desde mi rincón”, enviado a Aranjuez con motivo del homenaje a Azorín, alude Machado a dos Castillas diferentes: la “Castilla de grisientos peñascales” y la “Castilla azafranada y polvorienta”.
            Machado había descubierto en 1907 la Castilla de las tierras altas del Duero, cuyo paisaje se conceptualiza en la primera edición de “Campos de Castilla”. El paisaje de la otra Castilla va apareciendo tímidamente pero con claridad, después de 1912, en la geografía poética de Machado. En el mencionado poema “Desde mi rincón” aparece ya esa “Castilla azafranada y polvorienta, sin montes de árboles purpurinos, Castilla visionaria y soñolienta de llanuras, viñedos y molinos.
            Otro poema, “Las encinas”, nos ofrece una breve pincelada de esta Castilla: “y del Tajo que serpea/por el suelo toledano”. En su “Poema de un día” hallamos el término manchego como signo de una personalidad  propia. Desde Baeza ese rincón “entre andaluz y manchego”, Machado realiza numerosos viajes a Madrid, por ello es lógico pensar que una y otra vez divisa, tras la ventanilla de su vagón de tercera los campos del “ancho llano/ en donde el gran Quijote, el buen Quijano/ soñó con Esplandianes y Amadises”.
            En el poema “La mujer manchega” el poeta escribe: “…Argamasilla, Infantes, Esquivias, Valdepeñas”. Esta serie de sustantivos recuerda al viajero que tiene impresión de que “el campo vuela” y anota en sus papeles los nombres de aquellos lugares que contempla, aunque sin detenerse, mientras pasa el tren “por tierras de lagares, molinos y árboles”. En este mismo poema encontramos la interpretación paisajística que Machado hace de La Mancha: Por esta Mancha –prados, viñedos y molinos- que so el igual del cielo/iguala sus caminos, de cepas arrugadas/en el tostado suelo y mustios pastos como raídos terciopelos.
            Pero hay algo que nos hace pensar que Machado conoce La Mancha mejor de lo que podría conocerla el viajero que la percibe a través de la ventanilla de su vagón de tercera. De la visión de ese “seco llano de sol y lejanía” podemos pasar a espacios más íntimos. Machado nos describe la propia casa manchega, diferenciándola de la castellana y de la andaluza: “…menos celada que en Sevilla, /más gineceo que en Castilla”. Y dentro de la casa encontramos a esa mujer manchega que “alinea los vasares, los lienzos alcanforados/cuenta las cuentas del rosario”. En un poema fechado en Venta de Cárdenas puede leerse: “Tus versos me han llegado a este rincón manchego”, mientras que en “España en paz”, que lo fecha en Baeza, utiliza la expresión “En este rincón moruno” al que don Antonio Machado ha llegado desde Soria.

           

sábado, 16 de agosto de 2014










Temprano levantó la muerte el vuelo
A Juan Manuel López Aranda, in memoriam.

            A Miguel Hernández, a quien tú amabas, le tomo prestado uno de los versos, de su elegía por la muerte de Ramón Sijé, para encabezar estas palabras que me pongo a escribir cuando apenas hace unas horas que me ha llegado la triste noticia de tu fallecimiento.
            Aunque siento lo que quiero expresar, no quiero caer en el tópico, en el discurso hueco donde no se distingan las voces de los ecos. Corro el riesgo de que quienes no te hayan conocido piensen que es este un ejercicio vano y rocambolesco en el que se mencionan una serie de elogios que nada tienen que ver con esas cualidades que te hicieron merecedor del respeto que todos tus compañeros te tenían y te siguen teniendo en el recuerdo. Aunque estas cosas se dicen cuando ya estás ausente, no se dicen para adular ni para pedir nada a cambio. Los elogios que se dan a quien ya no está presente para escucharlos, quizás sean el reflejo de las palabras sinceras que dejamos salir cuando no esperamos algo a cambio.
            Durante estos últimos años sabíamos de tu enfermedad, con la que has convivido épicamente, sin darle tregua en la lucha por vencerla, sin que en ningún momento dejaras de hacer aquello que formaba parte de tu vida. Tus compañeros vieron durante meses cómo asistías por la mañana a impartir tus clases  en el instituto y por las tardes viajabas en el AVE hasta Madrid para recibir el tratamiento con el que vencer esa terrible enfermedad que te amenazaba.
            Has pertenecido a un país, cuna de hombres y mujeres que como tú confirman con su vida que la especie humana es merecedora de todas las cosas buenas. Vivir para ver, para conocer personas sencillas, honestas, honradas, vocacionales, respetuosas, tiernas, solidarias, vale la pena. La existencia de seres con esos atributos me reconforta y me hace sentirme bien con la sociedad. Tú, Juan Manuel, eras de esos hombres de los que Nelson Mandela, a quien admirabas, dijo que cuando han hecho lo que consideraban como su deber para con su pueblo y su país, pueden descansar en paz. Creo que has hecho ese esfuerzo y que, por lo tanto, dormirás por toda la eternidad. Decía el poeta inglés John Donne que cuando se produce la muerte de cualquier hombre uno se siente disminuido al formar parte de la humanidad. Pero, cuando las personas que se van son como tú, la sensación de pérdida se nota más. Al haber pertenecido a una comunidad de la que también tú formabas parte, sé que tus compañeros y alumnos se sentirán – aunque algunos no sean conscientes- disminuidos sin tu presencia, sin lo que durante tus años en el instituto y en otros ámbitos has aportado a todos ellos. Por ello, cuando después de tu muerte he escuchado doblar las campanas de tu pueblo he compartido las palabras del poeta inglés y he sabido que las campanas doblaban por todos los que hemos compartido algo de lo mucho que has dado a lo largo de tu vida.
            Fuiste una persona comprometida, solidaria, afable, simpática, respetuosa, prudente y vocacional. En el medio en el que te conocí pronto llamaste mi atención y te ganaste mi respeto y el de todos los compañeros del instituto. Me hubiera gustado que los burócratas, los políticos triperos, como los llaman por tu tierra manchega, esos tecnócratas se hubieran pasado un día por tu clase y hubieran visto tu dedicación a tus alumnos, dentro y fuera del aula, que tuvieran la sensibilidad –que, como decía Cervantes, no les ha querido dar el cielo- para apreciar tu forma especial de educar, plasmada en esa maravillosa banda de música, que tú seguirás dirigiendo, con la ayuda de tu compañero Francisco, en cada una de las ocasiones que los alumnos que la configuran suban al escenario a ejecutar esas composiciones que harán que sigas presente entre ellos y nosotros.
            Compartimos tertulias e ideas comunes, pero sobre todo pudimos disfrutar durante algunos años de tu presencia, de tu amabilidad, del humor expresado en tus coplillas y, aunque yo ya no pasaré bajo aquel puente, siempre recordaré que personas como tú me hicieron sentirme orgulloso de la profesión que compartimos.
            Juan Manuel, que sigas dirigiendo con tu batuta, en el corazón de los que te seguirán queriendo y en el recuerdo de todos los que no te olvidarán, a esos muchachos y muchachas a los que dedicaste tu vocación y tu amor por la música.
            Hasta siempre, compañero.


viernes, 17 de mayo de 2013





FUE EN MAYO


“Recordar es fácil para quien tiene memoria. Olvidar es difícil para el que tiene corazón”

Gabriel García Márquez
   Cuando el hijo la mira y ve cómo transcurre su tiempo sentada en un sillón junto a la ventana por la que observa la calle en la que ha pasado la mitad de sus días, lo inunda una congoja que se derrama en su corazón. A sus ochenta y ocho años es un testigo de la historia de este país en el que ha transcurrido su existencia y en el que ha sorteado todas las dificultades con las que la vida ha ido azotándola. Nació en plena dictadura de Primo de Rivera, vio en su casa cómo se reunían dirigentes obreros y vivió en primera línea las ilusiones republicanas, luego la guerra y el apocalipsis que se llevó los sueños de los suyos.
   Como ocurre con las personas mayores, le cuesta recordar los sucesos más próximos. Si le preguntas qué ha almorzado no lo recuerda, pero puede narrarte los acontecimientos que vivió hace setenta años. La memoria reciente le falla por esas lagunas cognitivas que causa el paso del tiempo, pero el corazón le impide olvidar aquellos hechos que marcaron su infancia y su adolescencia. Evoca que en su casa había muchos libros que se perdieron después de la guerra. Entre sus lecturas preferidas se encontraban los romances en los   que siempre aparecía alguna historia triste como la de aquel prisionero que sólo sabía si era de día o de noche por el canto de una  avecica que le cantaba al alba, hasta que se la  mató un ballestero. Al escucharla, el hijo relaciona aquella triste historia con el retrato en el que aparece un rostro risueño, de  frente ancha, ojos vivos y labios con una sonrisa que llena de luz la fotografía. Se trata de uno de sus tíos, un joven de 19 años cuya historia se asemeja  a la del protagonista del romance que fue hecho prisionero por el mes de mayo cuando canta la calandria y le responde el ruiseñor, cuando están los campos en flor, encañan  los trigos y los enamorados van a servir al amor…
   Hay fechas que no se olvidan nunca. Ni siquiera cuando la memoria envejece y las neuronas se desgastan.  Ella lo sabe bien. Todavía recuerda aquel mes de mayo de 1940. Nunca lo ha olvidado. Ni la guadaña del tiempo ha logrado segar su memoria. Cuando llega el 20 de mayo afloran las reminiscencias y entonces ve cómo un grupo de fascistas españoles, vestidos con camisas azules, entran en su casa y se llevan a uno de sus hermanos, el mismo joven del retrato, con la promesa de que regresará pronto. Nunca más volverán a verlo. Mucho tiempo después saben que pasó de una cárcel a otra y que el 20 de mayo de 1940 desapareció. No volvieron a saber de él hasta que recibieron aquella nota manuscrita en la que decía con su puño y letra que iba a morir sin culpa e inocente. En la madrugada del 20 de mayo de 1940 se presentaron en la prisión un grupo de guardias civiles con la orden de recoger a los detenidos cuyos nombres  aparecían en la relación enviada desde el Gobierno militar para ser fusilados al amanecer de aquel día. Aunque la cárcel no quedaba muy lejos del cementerio, los condenados fueron trasladados en un camión militar y una vez allí los hicieron  bajar, obligándolos a caminar con las manos atadas detrás de la espalda hasta las tapias del cementerio donde el pelotón se encargaba de acabar con sus vidas.  Allí, junto a las tapias de adobe, lo ejecutaron ceremoniosamente como hacen los asesinos que revisten el crimen con los rituales de su culto y dan vivas a la muerte mientras gritan mueras a la inteligencia.
   Aquella mañana del 20 de mayo su hermano miró por última vez el paisaje donde iba a morir. Nunca había imaginado que un hombre pudiera llegar vivo al lugar adonde iba a ser enterrado. Pensaría en su madre ¿Por qué razón se piensa siempre en la madre cuando está próximo el momento de la muerte? ¿Será cierto que la existencia es la metáfora del círculo?  Todavía no eran las cinco de la madrugada. Hacía frío. Los miembros del pelotón tenían prisa en hacer su tarea y no se descuidaron en llevarla a cabo. A las cinco horas falleció a consecuencia de arma de fuego en ejecución de sentencia, según resulta de oficio del Juzgado Militar... A continuación arrojaron su cuerpo a una fosa común, encima y debajo de los cuerpos de otros fusilados, sin una sencilla caja de madera que lo protegiera del contacto directo con la tierra. Tampoco  se dignaron  en comunicar a la familia ni la hora ni la fecha de su muerte, así que nadie pudo ir a verlo por última vez ni a reclamar su cadáver.
   Cuando hoy alguien que recuerda su historia visita la tumba  donde yacen sus  restos en el cementerio de Ciudad Real, junto a los de otros fusilados por los franquistas desde que terminó la guerra hasta muy avanzada la década de los años cuarenta, y lee la inscripción que han colocado en la tapia que está al fondo -A los que dieron su vida por la libertad y la democracia- piensa que setenta y tres años después este país sigue en deuda con ellos. La losa que la cubre está llena de objetos que distorsionan la memoria de los muertos. Alguien ha permitido la proliferación de iconos ajenos a las ideas que tuvieron muchos de los que yacen ahí y la tumba se ha convertido en una feria de fetiches y confusiones. Lo que debía ser un recuerdo de la barbarie se ha convertido en una imagen de la cultura rancia que impregna este paisaje donde más que el recuerdo de los muertos importa el culto a la muerte. Sobre la losa hay pequeñas piezas de mármol en las que están escritos los nombres de algunos de los fusilados, pero otros muchos no aparecen aunque sus restos estén ahí. ¿Quién ha decidido la ausencia de todos los nombres que nadie ha escrito y que configuran esa enorme geografía del olvido?
   Hay que limpiar estas tumbas del fetichismo que las invade  y  recuperar, como ya se ha hecho en algunas ciudades como Córdoba,  esos  nombres que pertenecieron a los hombres y mujeres cuyos restos  yacen en tumbas como ésta en tantos cementerios de España, esos nombres silenciados por el miedo y la desidia, para que no permanezcan cubiertos por el olvido y la desmemoria.










viernes, 12 de abril de 2013






EL VERSO HERIDO

 
Acaba de aparecer en Endymion el cuarto poemario de Fernando Mansilla Izquierdo. Es un librito de veintiún poemas que, con el título de Complejo Tapiz, viene  a sumarse a la saga de los poemarios publicados por este poeta nacido en Puertollano y con residencia en Madrid desde hace ya algunos años. Según escribí en el prólogo del libro,  nos encontramos ante un poemario compuesto por  elementos diversos que se tejen para urdir la representación de un cuadro que no es otra cosa que un adorno para cubrir otra cosa. ¿Qué cubre este tapiz y qué cuadro se representa en él? Descifrar todo esto es la tarea de cualquier lector que se precie. Pero no se asusten, no es necesario que nadie se convierta en especialista; basta que leamos con intuición poética los versos de Fernando para adentrarnos en los entresijos de la elaboración de este tapiz donde se ha cambiado la lana y la seda;  el oro y la plata por elementos lingüísticos con los que el autor ha dado forma a los veintiún poemas que configuran este Complejo Tapiz  en el que bien pudiéramos contemplar la representación de una vida.

Al  redactar estas palabras para El tren del último curso, he vuelto a releer los poemas y en esta nueva lectura he descubierto lo que antes, quizás por mi responsabilidad de prologuista, pasé por alto y que ahora percibo como un verso herid0 que atraviesa todos y cada uno de los poemas: verso herido en el que afloran “perpetuas llagas de ausencias” (pág.17); “llanuras de turbio hielo” (pág.20); “las incesantes lanzadas de vinagre” (pág. 27); “golpes de sangre” (pág.32). Todas estas imágenes me hablan del dolor que rezuma en sus poemas y que permiten percibir la herida de “ese hombre roto” que  “avanza… / sin más prístino cortafuego/ que su efímera mística” de la que surgen los versos heridos que me evocan a san Juan de la Cruz “también en soledad de amor herido”.

 

 

Selección de poemas:


HE LLEGADO TARDE

Desde este mirador,
con la vista atrás,
la vida  se concentra en inconexas melodías
que recogen una danza de emociones.
Crucificado de tinieblas turbulentas y días inconscientes …
…encadenado a un universo sin lumbre,
pago aranceles de amor,
…urdo interminables autoengaños
con la baraja marcada.
Ajeno a todo me han atravesado los años…
…ahora desde la cobardía pasada
maldigo no poder interpretar otra armonía,
no apostar a otra jugada,
el vencido llega tarde.

                
UN DÍA PUDE MORIR AL PIE DE TU PORTAL

 Un día pude morir al pie de tu portal,
sin darme cuenta,
porque el año del gato fui, sin saberlo, de ti herido…
… condenado a una eterna espera…
solo.
En la distancia el mañana acorta el horizonte,
… embarga la rutina.
A mi mapa ya sólo le queda finisterre…
… la rabia continúa saliendo a borbotones
como ojos de agua.
confundida con un llanto prolongado.
Bocanadas de memoria inocente,
me devolvieron a la playa,
donde nadie vuelve a nacer.
Siempre quedará aquel gorrión que cantaba junto al nido…
y un refugio de canciones de ayer.

 
SONES DE MARZO
 
Ya no laten sones de marzo…
…ni llueven constelaciones de sueños.
Pero hoy, todo se inundó de pasado.
Me descubrí estatua reflejada en la penumbra,
veleta al viento.
Quizás el azar dio la espalda a una estrella del destino
y otra estrella  forjó otros días y... otros crepúsculos.
Ahora  inoculado de olvidos,
surcan ojos infinitos
y en el desvelo acuden imborrables fulgores…
Ya nada será lo que fue,
porque cada día que pasa no vuelve nunca más,
aunque el tiempo pesa demasiado,
siempre quedará el éxtasis
de utópicas quimeras entre luciérnagas.

 

 

 

 

 

 



domingo, 24 de marzo de 2013


 
 
 
 
UNA IMAGEN DE GRAN CAPITÁN
 

Una mañana,  mi maestro de primera enseñanza equipado con su cámara fotográfica de reportero de los años sesenta me dijo que lo acompañara. Don José compaginaba su tarea docente con la de reportero en bodas, bautizos, partidos de futbol, visitas de políticos  u otros eventos que tuvieran lugar en nuestro pueblo.  Era uno de aquellos protagonistas de la España en blanco y negro que le había tocado vivir y de la que como pocos dejó reflejada en su nunca reconocida suficientemente  labor de fotógrafo. Después de dejar a uno de los mayores al cuidado de la escuela, nos dirigimos a la calle de Gran Capitán y cuál no fue mi sorpresa cuando se detuvo en la puerta de la casa donde yo vivía. Mi padre acababa de abrir en aquella calle su tienda taller de bicicletas y le había encargado un pequeño reportaje con objeto publicitario. Después de hacer diversas fotografías,  Don José me indicó que me colocara a la entrada del taller y se dispuso a sacar una imagen panorámica de la fachada principal, en la que hoy puedo ver al niño que yo era entonces. La fotografía, firmada por Rueda,  me la encontré muchos años después en una exposición que se celebró en la Casa de Cultura sobre el Puertollano de los años sesenta. A principios de aquella década, la calle de Gran Capitán ya empezaba a ser una de las vías más importantes de la ciudad. Como anécdota recuerdo que,  al ser el edificio entonces de mayor altura, en su balcón se instalaron las cámaras de televisión para tomar las imágenes de la colocación de la primera piedra de las viviendas de la Cooperativa Santa Bárbara, construidas en aquellos años por el personal de la Empresa Ramón Bahamonde. Mi padre había tenido la intuición de que por ella pasarían un día las bicicletas camino de la Refinería  y de las minas de la parte norte de la cuenca. No se equivocó y,  cuando la vieja carretera del Villar se convirtió en el camino por el que circulaban las bicicletas que utilizaban como medio de locomoción los  obreros de la Refinería y los de las minas, ya había cambiado la ubicación de su taller de la calle Juan Bravo a la de Gran Capitán, y allí estuvo hasta que las transformaciones de los sesenta se llevaron por delante los pequeños talleres que no pudieron competir con la implantación de los autobuses ni con la crisis que asoló el país en aquellos años, en los que cientos de bicicletas fueron abandonadas  al dejar de ser utilizadas como medio de locomoción hasta el puesto de trabajo y de que muchos de los que las usaban  tuvieran que emigrar de Puertollano.

 

 

miércoles, 13 de marzo de 2013




EL COTILLA


¡Cotilla! ¡Cotilla! ¡Cotilla! Era lo peor que se nos podía llamar. La vez que lo comprobé fue el día que se descubrió quién era el que iba diciendo cosas del buenazo de Emilio. Aquella mañana nada más llegar se acercó al chismoso y le arreó un puñetazo que nos dejó a todos boquiabiertos. Nos quedamos impresionados cuando lo vimos con el labio partido y la blusa manchada de sangre. Fue tal el susto que se llevó que no le quedaron ganas para volver a ir por ahí contando chismes de ninguno de nosotros. Desde aquel día yo aprendí que lo de cotilla debía de ser algo muy grave para que el bueno de Emilio se enfadase tanto y tuviera aquella reacción tan impropia de él.

Como en la escuela solíamos hacer muchos ejercicios de vocabulario, cuando volvimos a clase busqué el significado de la palabra cotilla y apunté en mi cuaderno: “dícese de la persona amiga de chismes y cuentos”. Hoy al recordar aquella anécdota vuelvo a buscar otras palabras con ella relacionadas y apunto que de la palabra chisme se dice que es una noticia verdadera o falsa, o comentario con que generalmente se pretende indisponer a unas personas con otras o se murmura de alguna. A la misma familia pertenecen chismear –traer y llevar chismes-, chismero –que chismea o es dado a chismear-, chismería, chismografía, chismorrear, chismorrería, chismoso, chismotear, chismoteo

De todas estas definiciones lo que más atrae al cotilla es la pretensión de indisponer a unas personas con otras, cosa que resulta perniciosa para las  relaciones sociales construidas a partir de unas necesidades solidarias, más en estos tiempos en los que las políticas llevadas a cabo en nuestra sociedad parecen estar dirigidas por chismeros cuya finalidad  se diría que es convertir nuestras vivencias cotidianas en imágenes similares a esos chismes o cuentos con los que configurarnos una realidad virtual que nos haga olvidar esa otra realidad cada día más dramática en la que estamos y de la que formamos parte como si fuéramos sujetos ausentes que no cuentan.

Con el paso del tiempo he conocido  a más de un chismoso, incluso alguna vez he sufrido en mis propias carnes las puñaladas de tan nefasta conducta. Por ello he huido siempre de ese tipo de gente que parece disfrutar hablando mal de los demás, contando dimes y diretes de quien se encuentra ausente, con la intención de ir sembrando cizaña entre unos y otros. Es una conducta reprobable, mal vista, incluso en las capas más profundas de nuestro subconsciente cultural, integrado por materiales depositados a lo largo de los siglos, a pesar de las manifestaciones que hoy se dan en determinados programas de televisión donde aparecen personas que ejercen el ejercicio del chismorreo como actividad remunerada en una sociedad donde parece que se han perdido los valores que otrora eran presentados como puntos cardinales.

La verdad es que los chismosos o cotillas no han gozado nunca de buena imagen en nuestro ámbito cultural, habiéndose siempre reprobado su comportamiento en los textos de las diversas religiones, que forman parte de nuestra cultura, y en muchas de nuestras grandes obras literarias. En relación a esto recuerdo que hablando con un amigo musulmán me refería cómo Mahoma quiso explicar socráticamente a sus compañeros el sentido  de la llamada ghiba, “hablar mal” de alguien ausente”. El Profeta les preguntó: "¿Saben lo que es la Ghiba?" Ellos respondieron: "Alá y su Mensajero lo saben mejor". Él les dijo: "Es decir algo sobre tu hermano que a él le pueda disgustar". Uno de ellos preguntó: "¿Y qué sucede si yo digo algo sobre mi hermano y es verdad?". A lo que el Profeta respondió: "Si lo que dices de él es verdad, es ghiba; y si no es verdad, es una calumnia". No es mejor la imagen que del chismoso se ofrece en la Biblia: Proverbios 16:28, “El hombre perverso promueve contienda, y el chismoso aparta a los mejores amigos”. Prov. 26:20, “Sin leña se apaga el fuego, y donde no hay chismoso cesa la contienda”. 

También del chismoso o cotilla hay numerosos casos en nuestra  literatura. Sacando a la luz algunos ejemplos me vienen a la mente los nombres de Celestina y de Pármeno, de la Tragicomedia de Calisto y Melibea;  o el del criado Senén, de El Abuelo de Galdós, que se dedica  a transmitir información sobre los otros personajes. Su comportamiento es rechazado en palabras dichas por el personaje central, al que puso voz y rostro Fernando Fernán Gómez en la versión cinematográfica de la novela, cuando  percibe la acción del chismoso Senén como un acto de deslealtad y le expresa su absoluta repugnancia: "Tu revelación traidora resulta verdadera. Es verdad. ¡Maldito rufián, déjame! Eres una babosa perfumada…". De igual modo se entrevé la perniciosa  función de los chismes en La  Celestina, ya que los dimes y diretes de la alcahueta terminan desencadenando una serie de acciones que conducen a la destrucción de las relaciones de amistad y de lealtad, así como a la pérdida de la vida de la mayoría de los personajes que van muriendo a lo largo de la trama: ajusticiados, asesinados, víctimas de accidentes o por suicidio. El proceso puesto en marcha por un chismoso puede resultar imprevisible tal como podemos ver en el desenlace de la obra de Fernando de Rojas donde las palabras de la chismosa Celestina son “como bocados suaves, y penetran hasta las entrañas.”

 

 

 

miércoles, 6 de febrero de 2013


 
 
 
MIRANDO AL RETROVISOR
  




Nada más decir que íbamos a hablar del Desastre todos sabíamos de lo que se iba a tratar. ¿El Desastre? Con esta denominación nos referíamos a la crisis que sufrió la clase dirigente española (incluida la catalana, pues también es española) a finales del siglo XIX y principios del XX. Podemos decir que en aquellos años la corrupción política, económica y moral era algo cotidiano en las altas esferas de este país. Todos recordamos en qué consistía el Régimen de la Restauración: ahora gobiernan los conservadores, luego los liberales. En definitiva, una manera de enmascarar la realidad, pues todos ellos eran liberales y conservadores. Eso sí, con matices que los diferenciaban en pequeños aspectos; pero no en los intereses de clase que unos y otros compartían.

¿Quién defendía los intereses de la mayoría del país? A finales del siglo XIX la clase obrera estaba organizándose en sus primeras asociaciones de resistencia, que dieron paso a los sindicatos de clase y al primer partido político que nació con voluntad de defender los derechos políticos de los obreros, ya fueran del campo o de la ciudad. Los obreros y la pequeña burguesía no estaban representados ni por el Partido de Sagasta ni por el de Cánovas; o como decía don Pío Baroja en su novela “El árbol de la ciencia”, por los Mochuelos y los Ratones. Esta novela fue publicada por primera vez  en 1911, hace ahora 102 años, y al leerla podemos tener la sensación de que nos está hablando, en muchos aspectos, de la España de 2013:

“La política de Alcolea respondía perfectamente al estado de inercia y desconfianza del pueblo. Era una política de caciquismo, una lucha entre dos bandos contrarios, que se llamaban el de los Ratones y el de los Mochuelos; los Ratones eran liberales, y los Mochuelos conservadores.

En aquel momento dominaban los Mochuelos. El Mochuelo principal era el alcalde, un hombre delgado, vestido de negro, muy clerical, cacique de formas suaves, que suavemente iba llevándose todo lo que podía del Municipio.

El cacique liberal del partido de los Ratones era don Juan, un tipo bárbaro y despótico, corpulento y forzudo, con unas manos de gigante, hombre que, cuando entraba a mandar, trataba al pueblo en conquistador. Este gran Ratón no disimulaba como el Mochuelo; se quedaba con todo lo que podía, sin tomarse el trabajo de ocultar decorosamente sus robos.

Alcolea se había acostumbrado a los Mochuelos y a los Ratones, y los consideraba necesarios. Aquellos bandidos eran los sostenes de la sociedad; se repartían el botín: tenían unos para otros un tabú especial, como el de los polinesios.”

El protagonista central de esta  novela barojiana tenía una visión pesimista de la sociedad española; pesimismo que transmite a los jóvenes de su tiempo cuando estos le plantean que hay que hacer algo ante la situación en la que se encontraba el país.

“¡Qué van ustedes a hacer! ¡Es imposible! Lo único que pueden ustedes hacer es marcharse de aquí.” 

¿Es ésta la solución para la juventud de la España de hoy?